Rebeca Minguela: “Evitamos los juicios binarios: decir si una empresa es mala o buena”

Su compañía ha levantado cerca de 100 millones de euros de capital y está valorada en unos 400 millones

Rebeca Minguela, consejera delegada y fundadora de Clarity AI.
Rebeca Minguela, consejera delegada y fundadora de Clarity AI.

Rebeca Minguela (Cuéllar, Segovia, 1981) es una de las empresarias de mayor éxito de España y una de las mayores expertas mundiales en inversión sostenible y de impacto. Hace cinco años fundó Clarity AI, una firma dedicada a recabar todos los datos empresariales sobre métricas vinculadas con la contaminación, la gobernanza y los efectos de las compañías sobre la sociedad, para después agregarlos y distribuirlos a bancos, fondos de inversión y gestoras de activos interesadas en estas métricas ESG (ambientales, sociales y de gobernanza, por sus siglas en inglés).

La empresa, en la que Minguela sigue siendo accionista mayoritaria, ha ido atrayendo a todo tipo de inversores en sus rondas de financiación. Entre ellos, a la mayor gestora de activos del mundo, BlackRock; al gigante japonés Softbank; al operador de la Bolsa alemana (Deutsche Börse), y a varias firmas de capital riesgo españolas (Kiwo, Mundi Ventures, Seaya...). En total han levantado cerca de 100 millones de euros y en la última ronda se valoraba la compañía en 400 millones.

¿Cómo va la empresa?

Al ser una entidad no cotizada no damos cifras de ingresos. Sí que puedo comentar que damos servi­cio a clientes que gestionan un patrimonio por encima de los 40 billones de euros. Tenemos oficinas en Nueva York, París, Londres, Madrid, Abu Dabi...Ahora somos 280 empleados. Y hemos ido duplicando equipo cada año.

El acuerdo estratégico con BlackRock fue un espaldarazo...

Sí, porque además de entrar en nuestro capital, han incluido a Clarity AI en su plataforma de análisis de riesgos Aladdin, lo que nos da mucha visibilidad. También trabajamos con los grandes intermediarios de fondos, como Allfunds. En el caso de BlackRock, tengo que decir que son unos socios muy buenos y tienen una preo­cupación genuina para que las inversiones tengan un impacto sobre las personas y el planeta. He llegado a reunirme con su consejero delegado, Larry Fink, y mi percepción es que su compromiso es total.

¿Con quién compiten? Con MSCI, con Sustainalytics...

Bueno..., estas firmas se dedican sobre todo a hacer ratings. Tienen analistas que evalúan a una compañía en términos ESG para luego conseguir una determinada puntuación. Nuestro enfoque es distinto, porque nosotros lo que hacemos es agregar todos los datos que encontramos sobre ESG en nuestra plataforma para luego ofrecérsela a nuestros clientes y que ellos los analicen con su propia metodología.

¿Estados Unidos se ha quedado rezagado respecto a Europa en cuestiones de ESG?

En temas de clima y transición energética, tal vez. Pero en cambio, han hecho avances muy importantes en cuanto a la diversidad en los órganos de gobierno, por el impulso del movimiento Black Lives Matters, o en la integración del colectivo LGTBI. De todas formas, sí que tengo la impresión de que Europa está intentando abarcar muchos temas. Al final, en la definición de inversión sostenible se meten demasiadas cosas, y no es fácil el tratar de reducirlo todo a una única métrica.

Quien mucho abarca, poco ­aprieta...

Así es. Además, el mundo de la sostenibilidad y la inversión de impacto es un ámbito relativamente nuevo y altamente complejo. En él se mezclan análisis muy variados, desde la huella de carbono a la paridad en los consejos de administración o la lucha contra de la desigualdad. Hay algunos ámbitos en los que ni siquiera hay un claro consenso científico o político sobre cómo tratarlos... Por eso no tiene mucho sentido ser reduccionistas. Nosotros hemos desarrollado una sofisticada plataforma de análisis de sostenibilidad porque huimos de los juicios binarios. Aquí no se trata de decir si una empresa es mala o buena, sino de ofrecer herramientas para contribuir a cuidar mejor del planeta y de las personas.

¿Es optimista sobre el desarrollo regulatorio en esta materia?

Sí, en general sí. Es verdad que hay muchos frentes abiertos, y que a veces puede llevar a confusión. Hay iniciativas supranacionales, regulaciones europeas, etiquetas verdes nacionales... Muchas veces hay incongruencias. Pero también es normal. Lo importante es seguir avanzando e ir solucionando los problemas que nos vamos encontrando.

¿La guerra de Ucrania ha trastocado la inversión en ESG?

Evidentemente ha puesto en cuestión algunos temas. Por ejemplo, el uso del gas natural. Cada vez se va viendo más como una energía de transición hacia una economía sin emisiones contaminantes. Realmente contamina un 50% menos que las centrales de carbón, por ejemplo. Pero es un asunto donde hay un debate abierto.

A veces se dan algunos pasos hacia atrás...

Sí, cuando se produce alguna polémica, como la pasada semana. En H&M estaban utilizando una calculadora de CO2 para ver la huella de carbono de sus productos, pero han dejado de usarla porque tienen dudas sobre si los resultados son los correctos. Estos casos generan escepticismo en el mercado. Gente que dice: “Lo ves, si ni ellos saben lo que están calculando”.

¿Y cómo se puede luchar contra esas dudas?

Con datos, datos y más datos. Con homogeneización de análisis. Con debate. Hay que ser conscientes de que los cálculos que hacemos no son la verdad absoluta, sino una aproximación. Como ocurre en tantos y tantos campos. Por ejemplo, el dato de inflación. Para calcularlo hay que recabar miles de precios de todo un país, hacer ponderaciones, suposiciones... y al final tienes un dato que es útil, que la gente entiende. No quiere decir que todos los precios suban a esa tasa, pero la gente entiende que es una aproximación. A eso tenemos que aspirar en la inversión sostenible.

¿Es necesaria una mayor coordinación?

Ya hay algunas iniciativas internacionales que tratan de homogeneizar criterios, como el Global Reporting Initiative, que busca estandarizar los informes sobre sostenibilidad que hacen las empresas. Pero a la vez hay que ser conscientes de que es una realidad muy compleja. Por ejemplo, tras los 14 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas hay 169 metas concretas.

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