Utilizar la crisis para impulsar la transición energética en Europa

Las grandes empresas están focalizándose en la descarbonización de la electricidad, cuando existen otras palancas valiosas

La dependencia energética de Europa está a la orden del día, pero no es algo nuevo. En 1990, primer año del que Eurostat ofrece datos, el 50% de la energía consumida por los 27 provenía de fuera. Hoy en día, el dato está cerca del 60% y, aunque la reciente situación de pandemia mundial rebajó la demanda de electricidad durante varios meses, ya hemos vuelto a los niveles anteriores.

Si nos fijamos en el mix energético, el 35% de la energía consumida en el Viejo Continente viene del petróleo y derivados, otro 24% de gas natural, un 17% de renovables, un 13% de energía nuclear y un 11% de combustibles fósiles sólidos. La parte correspondiente a las renovables y a la energía nuclear la tenemos cubierta, en su mayoría, con la producción interna. Sin embargo, otras energías como el petróleo, el gas natural o los combustibles fósiles debemos importarlos, y la realidad es que el principal proveedor es, de lejos, Rusia.

Lo importante de estos números no es la dependencia en sí, sino lo que ocurre cuando esta dependencia se ve afectada. En el momento en el que se produce una alteración del orden habitual, sea porque existe un conflicto, porque alguno de los proveedores decide cambiar sus políticas de exportación o porque exista un fallo en el suministro, el equilibrio entre energía, economía y sociedad se desvanece. Así, no solo aparece la inestabilidad en el suministro energético, sino que se producen fluctuaciones en los precios que repercuten en el incremento de la inflación, comienzan las restricciones al consumo (sobre todo para determinados segmentos de la sociedad), los conflictos interterritoriales o los desplomes bursátiles.

¿Y si queremos poner solución a esta problemática? Nos encontraríamos entonces ante dos líneas de acción complementarias.

La primera, más a corto plazo, es aquella en la que aún no podremos disminuir la dependencia, pero sí diversificarla para garantizar el abastecimiento: estabilizar la situación. Un ejemplo de ello son los acuerdos con terceros, como la reciente firma entre Qatar y España para el suministro de GNL, que nos permitiría sumar otro agente a Argelia y EEUU, los principales actores que nos proporcionan la mayor parte del gas; o el impulso al Plan de Asociación Estratégica con Argentina, con el que España apuesta por incrementar la cooperación en el ámbito digital y en el de la energía, en particular “en los sectores del gas y el litio”.

La segunda línea de acción consiste en perseguir la autosuficiencia, o lo que es lo mismo, impulsar la transición energética. La Comisión Europea lleva años activando la aprobación de planes nacionales que definan la hoja de ruta de cada Estado en materia energética. En la misma línea, se ha anunciado recientemente el ya por todos conocido RePower EU, un macroplan de 300.000 millones de euros para acelerar la reducción de la dependencia europea del petróleo y el gas ruso, con especial hincapié en el aumento de las renovables, diversificación del suministro energético de los proveedores a corto plazo y promoviendo la eficiencia energética. Otro ejemplo de la apuesta por la transición es la reserva de fondos, como los NextGen EU, lanzados en 2021, cuyo objetivo es la recuperación frente a los efectos económico-sociales del Covid-19.

El sector energético es, sin duda, referencia en cuanto a innovación y digitalización. Sus avances en esta materia (realidad virtual, digital twins, automatización, etc.) sirven de modelo para, evolucionándolos, dar solución a necesidades de otros sectores como el transporte o la industria. ¿Por qué no se aprovecha para impulsar la transición? Porque tiene un coste, porque requiere regulación, porque necesita de un ecosistema de actores comprometidos que apuesten por ello.

Resulta curioso que, al ser preguntadas por las herramientas para garantizar el impulso a la transición energética, las principales compañías siguen hablando únicamente de descarbonización de la electricidad, porque existen otras palancas que podemos activar. España, por ejemplo, tiene objetivos claros con respecto al desarrollo de gases renovables, pero aunque el horizonte es 2030, se cubrirán de sobra el próximo año, únicamente con los proyectos que alguna de las grandes compañías tiene en marcha. Los objetivos a futuro de los estados miembros deben ser ambiciosos. Es necesario que la apuesta por la transición sea real y esté respaldada por una regulación clara, concisa, que favorezca el siguiente paso.

Existe un planteamiento consolidado que habla de tres drivers para disponer de un ecosistema energético sostenible: verde, económico y seguro. Apostar por la búsqueda de las tres C: clean, cheap, caring, nos llevaría a un mayor cuidado del medio ambiente, mayores índices de intrageneración de empleo y, por supuesto, mayor seguridad ante la rebaja de la dependencia externa ¿Qué necesitamos para ello? ¿se trata de tener capacidad de inversión? ¿debemos desarrollar alguna tecnología a nivel europeo? ¿es necesario disponer de capacidad de producción de componentes, hardware, etc. en Europa para controlar toda la cadena de valor? ¿O sería mejor tener compañías global champions que nos permitiesen ser competitivos?

En Europa llevamos tiempo persiguiendo objetivos que cada año parecen más lejanos, procurando ser verdes, gestionando las políticas internas para depender menos de agentes externos. Puede que sea esta la definitiva; aprovechemos la oportunidad y aceleremos por fin la tan preciada transición ¿Podremos? Al menos debemos intentarlo.

Tania Sepúlveda Cuesta es Principal del área de energía en Metyis