¿Cuánto poder tiene internet para evitar que olvidemos?

La red ha conseguido que las líneas entre lo cierto y lo falso, lo actual y lo desfasado, se diluyan

Imagen de unas instalaciones de Google en Francia.
Imagen de unas instalaciones de Google en Francia.

La vida de una persona pasa por muchas etapas: las hay buenas, malas y regulares; las hay que recordaremos siempre por lo satisfactorio de la experiencia y otras que hubiésemos deseado no tener jamás. E internet está ahí para recordárnoslas casi todas, incluso aquellas donde por alguna razón exógena nos hemos visto envueltos en ellas sin buscarlo. ¿Es esto justo? ¿Debe nuestro pasado digital perseguirnos afectando a nuestre presente y futuro vital?

El derecho al olvido surge a raíz de una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ante un conflicto judicial entre la Agencia Española de Protección de Datos y Google. Uno de estos casos que se escalaron nivel europeo fue el de Mario Costeja. Mario se dio cuenta que cuando tecleaba su nombre en Google, entre los primeros resultados aparecía un embargo realizado por la Seguridad Social sobre sus bienes por unas deudas impagadas en el año 1998. La información era cierta y, además, la ley obligaba a su publicación. El tribunal europeo decretó el derecho al olvido el cual supone la obligación de Google, como altavoz de la información, a eliminar el nexo, o como lo describe la palabra técnica, desindexar, con el fin de esconder esa información que, por otro lado, es ya antigua y cuyo protagonista ya hizo frente a su deuda.

Encontramos numerosos casos del día a día, como por ejemplo el de Arturo P. Se había casado en Paraguay con una mujer de aquel país y a los años se divorció. En España las sentencias de divorcio se publican en el BOE. Con ayuda de la desindexación hizo “desaparecer” dicha sentencia. Sin embargo, Paraguay, país que no está bajo el amparo de la legislación europea, sigue publicando su sentencia de divorcio en los primeros resultados de la búsqueda.

Si nos vamos al panorama de personajes famosos, los casos son igual de numerosos. Encontramos por ejemplo el de una actriz española que realizó en redes un comentario sobre un jugador de futbol que se consideró con tintes racistas. La consecuencia de la reacción masiva a sus tweets fue su desprestigio personal, lo que llevó a la cancelación de varios contratos profesionales. Al final un hecho anecdótico sacado de contexto afectó negativamente a sus posibilidades de encontrar trabajo.

Otro caso de gran repercusión fue el de la también actriz Ana Allen, conocida por su papel en la serie Cuéntame cómo pasó. Con el fin de darse caché publicó que se había trasladado a vivir a Estados Unidos donde ya tenía proyectos con importantes estrellas del panorama internacional. Este hecho era mentira. Es cierto que ella cometió un error, pero ¿quién no lo ha cometido alguna vez? El acoso que sufrió en las redes la obligó a retirarse varios años de la industria.

Según Wikipedia, “la cultura de la cancelación es un neologismo que designa a un cierto fenómeno extendido de retirar el apoyo, ya sea moral, como financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones, independiente de la veracidad o falsedad de estos”. Este último punto es crucial. Internet ha conseguido que las líneas entre lo cierto y lo falso, lo actual y lo desfasado, se diluyan. Y dónde parece que la única verdad es lo que aparece reflejado en el buscador estando durante mucho tiempo disponible para todos. Ya no es suficiente “tirar el periódico del día a la basura” para pasar al siguiente gran titular.

Alejandro Abascal, CEO y fundador de Remove Group

Normas
Entra en El País para participar