Productos financieros

Portocolom, el asesor de la Iglesia en inversión sostenible, apuntala su crecimiento

La firma cuenta con 800 millones bajo gestión y prevé duplicarlos; está especializada en asesoramiento a instituciones religiosas

Ana Guzmán e Iker Barrón, de Portocolom.
Ana Guzmán e Iker Barrón, de Portocolom.

¿Cómo gestionan sus ahorros las instituciones religiosas? ¿En qué activos invierten y en cuáles no y cómo se asesoran para realizar sus inversiones? Unas preguntas a las que trata dar respuesta desde sus orígenes de Portocolom, creada en 2008 como firma de asesoramiento independiente para instituciones y fundaciones de la Iglesia fundamentalmente y que recientemente ha evolucionado a agencia de valores para poder realizar gestión discrecional de carteras y encarar una mayor dimensión a futuro.

Iker Barrón, consejero delegado de Portocolom, se encargó durante diez años de desarrollar para Santander en Estados Unido el área de banca privada internacional para instituciones de la Iglesia. A su regreso a España decidió poner en marcha Portocolom como un canal entre las entidades financieras y las instituciones religiosas a través del cual estas firmas lograran saber en qué estaban invirtiendo. Desde entonces, la firma ha ido crecido y adaptándose a las necesidades de sus clientes y en la actualidad gestiona un patrimonio de unos 800 millones de euros. Cuantía que espera más que duplicar en los dos próximos años.

En la actualidad, el 85% de sus clientes son instituciones y fundaciones religiosas, un 5% son clientes privados persona física y el 10% institucionales. Entre estos últimos se encuentran una mutua, una banca privada Suiza –a la que asesora en materia de sostenibilidad– y Bankia, entidad a la que asesora también en dos de sus fondos en materia de inversión socialmente responsable desde 2019: el Bankia Futuro Sostenible y el Bankia Mixto Futuro Sostenible, que suman un patrimonio de más de 70 millones.

Unas colaboraciones con clientes institucionales que esperan que sigan incrementándose en los próximos años, elevando así el peso de esta área.

Tiene un acuerdo con Bankia para asesorar dos de sus fondos

Portocolom ha fijado una inversión mínima para sus clientes en cinco millones de euros, suelo que Barrón justifica en que la agencia de valores ofrece un “servicio muy especial” y en las limitaciones del equipo, formado en la actualidad por 10 personas tras integrar entre enero y marzo de este año a cuatro nuevos empleados para cumplir con los requisitos necesarios para convertirse en agencia de valores.

Señas de identidad

Pese al momento de efervescencia de la inversión socialmente responsable (ESG en la jerga), la sostenibilidad ha sido desde el comienzo una de las señas de identidad de Portocolom. “Ahora se habla mucho de sostenibilidad, pero en nuestro caso siempre ha estado presente, lo que pasa es que antes no había herramientas o recursos que ahora sí que hay”, reconoce Barrón.

Desde 2017 la firma cuenta con Portocolom Impacto, área dirigida por Ana Guzmán, que aspira a que el 100% de los activos bajo asesoramiento sean sostenibles. La firma diferencia entre inversiones de impacto y para impactar.

El primer tipo de inversiones, que supone la mayor parte, debe aportar tanto un valor económico como social. Y, para ello, Portocolom ha desarrollado un modelo propio de análisis para detectar este tipo de empresas que cumplen con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Con el segundo segmento de inversiones aspiran a alcanzar un 10% del total y que sean activos ilíquidos –como el capital riesgo– que en “su origen específicamente tengan tanto el objetivo económico como el de la transformación social o medioambiental”, explica Guzmán. Son inversiones con una declaración de principios. Este último tipo se centra en tres áreas: educación y nuevas profesiones; salud, tratamientos de terapia transgénica e inversión en eficiencia energética; y agricultura y erradicación de la pobreza.

El consejero delegado de la agencia de valores reconoce además que entre sus clientes religiosos prima la “preservación del capital”, algo que justifica en que el inversor latino tradicionalmente tiene “una importante aversión al riesgo, frente a los inversores anglosajones o asiáticos.

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