La leyenda de El Dorado cobra vida en Bogotá

La capital colombiana reúne en un área de menos de un kilómetro 250 joyerías y más de 1.500 maestros artesanos

Un joyero de La Candelaria exhibe su muestra de esmeraldas.
Un joyero de La Candelaria exhibe su muestra de esmeraldas.

En Bogotá, capital de Colombia, es frecuente encontrar, pegados, negocios que se hacen competencia directa. Es la estrategia: primero, atraer al cliente, y después, competir en precio. Así, quienes quieren comprar un instrumento musical acuden a la carrera séptima. Allí, como si bailaran un secreto vals, hay cuatro parejas de tiendas de música. Quien quiere libros va a la Avenida Jiménez, donde se pueden ver hasta cinco de estos establecimientos seguidos. Hasta los puestos callejeros de empanadas se ponen cerca unos de otros.

Pero ninguno de estos sectores se acerca, ni de lejos, a la hegemonía que han alcanzado las joyerías en la H que conforman las calles 12, 12b y la carrera sexta en el barrio de La Candelaria, a escasos metros de la Plaza de Simón Bolívar. Allí, en un área de menos de un kilómetro, 250 tiendas de joyas y más de 1.500 artesanos, según el censo de la Asociación de Joyeros de La Candelaria, tratan cada día de brillar más que ninguna para atraer la atención de los miles de turistas que recorren estas calles y cuyas compras alcanzan un valor de 21 millones de euros anuales. Para hallar la explicación a este fenómeno hay que remontarse, al menos, 4.000 años, al tiempo en que ancestrales pueblos como los Zenú o los Muiscas pedían permiso a la montaña para recoger esmeraldas del río.

“Durante muchos años, creímos que nuestro interés por las joyas provenía de los españoles, que habían aprendido a su vez de los árabes. No era verdad. Investigando, nos dimos cuenta de que lo más profundo de la cultura colombiana está en la joyería”, explica Alejandro Sandoval, profesor de la Universidad Central de Bogotá que intenta acercar la academia al mundo de las joyas.

El país cafetero, explica, es una zona geológicamente privilegiada. Entre sus inmensas cordilleras es posible encontrar oro, plata, tantalio (el origen del coltán), rubíes y, sobre todo, esmeraldas de la mejor calidad. Como consecuencia, además de las muchas tiendas que trabajan esta piedra, en Bogotá hoy es posible encontrar el Emerald Trade Center, el mayor espacio esmeraldero de Latinoamérica. Y no solo eso. Por ejemplo, en la plaza de Chiquinquirá, una localidad al norte de Bogotá, los autóctonos venden a los turistas pequeñas piedras preciosas. Lejos de ser un lujo, las joyas suponen para muchas zonas una forma más de subsistencia.

Proceso de fundición de la plata.
Proceso de fundición de la plata.

Los españoles descubrieron pronto los dones de esta tierra. Tras siglos de exterminio indígena y un expolio que inundó Europa de las joyas americanas, hacia el 1700 los jesuitas encargaron una imagen de la Virgen María para la iglesia de San Agustín, en la Plaza de Bolívar. La figura, de 80 centímetros, debía presentar una gran corona verde compuesta por 1.486 esmeraldas gota de aceite, piedras de una pureza extrema. La enjundia del encargo atrajo al centro de la ciudad a los mejores joyeros, y la calle número 12 sería ya para siempre la Calle de los Plateros.

“El gremio de los joyeros es muy fuerte en Bogotá. En 1860 casi destruyen la ciudad”, relata Sandoval. El motivo, cuenta, fue un intento de industrializar un orgulloso oficio. Aún hoy lo es. Al lado de Sandoval asiente Carlos Chávez, profesional de las joyas desde hace 28 años, que empezó de recadero y hoy es presidente de la Asociación de Joyeros de La Candelaria. “El cliente ha cambiado mucho. Antes se llevaban lo que veían, y ahora vienen con el modelo de lo que quieren para que lo repliques. Muchas parejas fabrican sus propias argollas de matrimonio”.

Un joyero autentifica la validez de sus esmeraldas.
Un joyero autentifica la validez de sus esmeraldas.

El método con el que trabajan los bogotanos se ha transmitido de generación en generación, y procesos como el pulido de piedras o la elaboración de filigranas decorativas tienen un origen milenario. En cada pieza está en juego el orgullo de la casa. Lo sabe bien Beatriz González, que trabaja desde hace 40 años en la joyería de los Manosalve, la más antigua de la ciudad: abierta en 1905, va ya la cuarta generación. “Los hijos insisten en comprar piezas a otras tiendas para venderlas, pero a sus 75 años, el señor Juan Manosalve lo prohíbe”, explica al González, y cuando lo hace señala un inmenso reloj que preside la estancia: “Tiene más de 100 años, y aún funciona. Quisieron comprarlo por 120 millones de pesos [31.000 euros]. Pero no se vende, es una cuestión de orgullo. Pues con las joyas hechas fuera de aquí, igual”.

En el Taller del Orfebre, el negocio de Chávez, también existe una pieza intocable. Se trata de un collar en oro amarillo y esmeralda con forma de mariposa. “Vale unos 3.000 euros, pero un día un español me ofreció 10.000, y dije que no”. Rodeado de piedras preciosas, subraya, “nuestro valor reside en la tradición, en lo intangible”.

Los españoles, entre los mejores clientes

Ventas. En un día normal, una joyería del barrio de La Candelaria en Bogotá puede recibir entre cinco y diez compradores, lo que supone una facturación semanal aproximada de entre 130.000 y 150.000 euros para cada uno de estos negocios. Entre los principales clientes, subrayan en la Asociación de Joyeros de La Candelaria, se encuentran los estadounidenses, los japoneses, los italianos y, también, los españoles: “En España se valora mucho el arte que hacemos. Vienen porque nuestras piedras preciosas les salen más baratas que en Europa y son de mejor calidad. Una vez, un español llevó por 10 millones de pesos [2.500 euros] todo un juego de esmeraldas para su mujer y sus hijas. Les merece mucho la pena”, explica Beatriz González, con 40 años de experiencia vendiendo joyas en La Candelaria. En 2018, Colombia exportó 126 millones de euros solo en esmeraldas, según Fedesmeraldas.

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