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Los bancos que pincharon la burbuja de Aramco y cómo Riad forzó una operación con "familiares y amigos"

Tras cuatro años de trabajos, el rechazo extranjero a la valoración de dos billones dejó fuera de la operación a la banca de Wall Street

Imagen del anuncio de salida a Bolsa de Aramco.
Imagen del anuncio de salida a Bolsa de Aramco. EFE

Achintya Mangla, uno de los banqueros más veteranos de JP Morgan, fue el encargado, en una calurosa tarde de otoño, de dar la noticia: los inversores internacionales no valorarían Aramco en los dos billones de dólares ansiados por Riad. La serie de improperios lanzada por su interlocutor, Yasir Al-Rumayyan, presidente de Aramco, conmocionó a los endurecidos banqueros de inversión presentes.

Al-Rumayyan tenía, a su vez, la ingrata tarea de dar la mala noticia a su jefe, el príncipe heredero Mohamed bin Salman. Éste, que insistía desde hace tres años en esta estratosférica valoración desde que propuso sacar a Bolsa el gigante petrolero, había despedido recientemente al anterior presidente de Aramco, Khalid Al-Falih, y no dudó, hace dos años en decretar arresto domiciliario para varias decenas de las personas más poderosas del país, si bien en lujosos hoteles de cinco estrellas.

Meses antes, Al-Rumayyan sí había escuchado lo que quería oír. El rango inicialmente establecido por Wall Street era de entre 1,7 y 2,4 billones de dólares, según las personas involucradas en el proceso. Pero a medida que la venta se acercaba, la valoración se volvía insostenible. En septiembre y principios de octubre, los banqueros de Aramco recorrieron el mundo tanteando a gestores de fondos de Boston, Londres o Tokio. Todos consideraron la valoración demasiado alta. En Suiza Pictet calculó solo 800.000 millones de dólares.

Una hoja de cálculo, consultada por Bloomberg, resumía las respuestas de gestores desde Capital Group hasta BlackRock. El consenso rondaba los 1,2 billones, con algunos gestores más generosos, como Franklin Templeton, rondando los 1,5. El problema se resumía en una palabra: dividendos. Con 2 billones de dólares, Aramco pagaría a los accionistas un 4%, muy por debajo de Exxon, Royal Dutch Shell, Chevron y otras grandes petroleras. Algunas gestoras, como Wellington Asset Management, afirmaba que los dividendos deberían aumentar hasta el 7% u 8%; eso suponía una valoración de unos 900.000 millones de dólares.

Aunque Mangla rompió la burbuja de los dos billones, no fue el único que intentó explicar la realidad a Al-Rumayyan. Antes, Jonathan Penkin, un banquero senior en Goldman Sachs, fue instruido para no volver a hablar en las reuniones, después de sacar el espinoso tema en octubre. También fue apartado Motassim Al-Ma'Ashouq, ejecutivo de Aramco que se había reunido con inversores extranjeros durante el road show preparatorio. "Arabia Saudí siempre ha tenido este problema: la toma de decisiones de arriba hacia abajo", explica Karen Young, especialista en Oriente Medio del American Enterprise Institute. "Hay una cultura del miedo. Los tecnócratas inteligentes y capaces no se sienten cómodos hablando".

Riad no tuvo mejor suerte con los inversores estratégicos, aspirantes a accionistas de referencia. Los colocadores tiraron anzuelos desde China hasta Singapur, pasando por Rusia. En todas partes recibieron poco más que cortesía.

Al-Rumayyan, de 49 años y sin experiencia en la industria, se vio traicionado por los mismos banqueros de Wall Street que le habían dicho que era posible conseguir una oferta pública inicial de 2 billones. El reino afrontaba una disyuntiva: o seguir adelante con una valoración menor o retrasar la operación, quizás para siempre. Riad optó por una tercera vía: ignorar a los extranjeros y vender las acciones en casa. El gobierno presionaría a las familias locales ricas, muchas de las cuales vieron a algunos de los suyos encerrados en el Ritz-Carlton de Riad en 2017, a algunos amigos de la región, incluyendo fondos controlados por los gobiernos de los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait. Aun así, la valoración se quedó en 1,7 billones de dólares. Aun siendo una sombra del plan inicial, la operación permitió a bin Salman cantar victoria: ha sido la mayor OPV de la historia recaudando 25.600 millones de dólares y Aramco es la empresa más valiosa del mundo. En su segunda sesión en Bolsa ya ha tocado la ansiada cifra.

La lectura es distinta en Wall Street. Tras el colapso de WeWork y el pésimo debut de Uber, Aramco es otro borrón. Tras ofrecer valoraciones poco realistas para entrar en la operación, los bancos más famosos del mundo fueron incapaces de cumplirlas. Ahora, muchos bancos se enfrentan a la posibilidad de que no les paguen por casi cuatro años de trabajo.

La operación estaba en marcha desde principios de 2016, cuando bin Salman aseguró al periódico The Economist que esperaba que la privatización ayudara a su campaña Visión 2030. La valoración y la plaza elegida para cotizar atascaron el plan. A principios de año, el entonces presidente de Aramco y ministro de petróleo, Al-Falih, creía que la oferta pública inicial estaba congelada, quizá para siempre. Pero el príncipe Al-Rumayyan, que dirigían el fondo soberano saudí, seguían siendo entusiastas.

Tenían la ayuda de Michael Klein, un veterano de Wall Street que asesoró directamente a Aramco con la selección de los colocadores. Junto con Lazard y Moelis, Al-Rumayyan nombró a la firma de Klein asesor financiero independiente. Klein no disuadió a los saudís, según varias personas, Klein frustró los intentos de tener una discusión con el gobierno saudí sobre la valoración.

Mientras el trabajo se había ralentizado, el príncipe insistía en una venta para principios de 2021. Pero el riesgo de guerra comercial entre Estados Unidos y China amenazaba el precio del crudo y, por tanto, la valoración de Aramco. "El palacio real entró en pánico", aseguró una persona que trabajó en la OPV. "Vieron dos opciones: apresurar la salida u olvidarse hasta mucho, mucho más tarde".

Al-Rumayyan, convencido de que el tiempo acababa, convenció al príncipe de que si quería sacar Aramco debía ponerlo al mando. Al-Falih fue destituido como presidente de Aramco el 3 de septiembre y reemplazado por Al-Rumayyan. Sin apenas tiempo, la empresa descartó una colocación en el extranjero. Pero Al-Rumayyan aún quería los dólares internacionales, por lo que contrató a casi todos los bancos de Wall Street: Goldman Sachs, Morgan Stanley, Bank of America y JPMorgan.

Al-Rumayyan y Amin Nasser, el CEO de Aramco, pensaron que la operación sería más sencilla; unos meses antes, la empresa había vendido su primer bono internacional, suscrito de forma masiva. Pero Aramco no estaba preparada. Pese a cuatro años de trabajo, los ejecutivos tenían problemas para responder a preguntas simples de inversores, el equipo legal no cumplía los plazos y no había argumentos de peso para la valoración de 2 billones de dólares. El 14 de septiembre, una flota de aviones teledirigidos atacó el corazón mismo de la industria petrolera saudita: la gigantesca planta de procesamiento de crudo en Abqaiq, en el desierto oriental del reino. La mitad de la producción de Aramco fue eliminada en minutos.

Culpó a Irán

El reino culpó a Irán por el ataque, y bin Salman aseguró que un retraso de la OPV sería una victoria para Irán. El nuevo ministro de Petróleo, el hermanastro del príncipe heredero, el príncipe Abdulaziz bin Salman prometieron que el daño podría arreglarse en semanas. A los banqueros de la oferta pública inicial se les ordenó seguir trabajando. En paralelo, Riad rebajó los impuestos al petróleo y se ofrecieron incentivos a los inversores. La operación se anunció el 4 de noviembre.

Pero los inversores extranjeros seguían siendo más que escépticos, y tras una reunión en la madrugada del 17 de noviembre, Arabia Saudí decidió reducir el tamaño de la OPV y cancelar los planes de venta en el extranjero. El road show por Londres y otras capitales financieras fue cancelado, y los bancos de Wall Street, que tanto habían luchado para estar en la operación, apartados de esta.

La salida a Bolsa se convirtió en lo que el príncipe Abdulaziz describió como una OPV de “familiares y amigos”. Quedó en manos de inversores minoristas locales, ricos saudíes y gobiernos regionales. El Gobierno incluso gastó más de 2.000 millones de dólares en efectivo. Incluso se hizo un intento infructuoso de persuadir a Qatar, aún bajo el bloqueo económico de Riad. La operación salió adelante, y el príncipe bin Salman ha visto cumplido su deseo. En una conferencia de prensa en la sede de la OPEP en Viena, el príncipe Abdulaziz regañó a la prensa internacional por su cobertura de la operación y dijo que la empresa cotizaría a más de 2 billones de dólares en pocos meses. Lo ha conseguido, aunque brevemente, en su segundo día.

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