Llega a Madrid la ópera de Wagner más esperada

El Teatro Real ofrece siete funciones de ‘El oro del Rin’, dirigida por el canadiense Robert Carsen, y el director de orquesta español Pablo Heras-Casado

Cultura
El tenor Samuel Youn, en el papel de Alberich, con las tres hermanas que custodian el oro del Rin.

Es uno de los montajes operísticos más complejos y, por tanto, más esperados de la temporada en Madrid. Desde este jueves y hasta el 1 de febrero, el Teatro Real ofrecerá siete funciones de El oro del Rin (Das Rheingold), del siempre cuestionado Richard Wagner (Leipzig, 1813-Venecia, 1883). Se trata de la primera de las cuatro óperas que conforman el ciclo El anillo del Nibelungo, que se presentará a lo largo de cuatro temporadas sucesivas. De la dirección musical se ocupa Pablo Heras-Casado (Granada, 1977), principal director invitado del Real, quien dirige su segunda obra wagneriana en el citado teatro, tras El holandés errante, y de la dirección de escena, Robert Carsen (Toronto, 1955).

La producción, estrenada en 2000 en la Ópera de Colonia (Alemania) y repuesta en diversas ocasiones, traslada al mundo real la visionaria y desoladora alegoría wagneriana, en la que la degeneración moral conduce a la devastación del planeta y a la extinción de la humanidad. Así de trágico. Porque “cuando extraes el metal sin brillo del agua y lo pones al sol estás perdido, ya que se convierte en oro que reluce maldito, y la avaricia de este destello no solo destruye a quien la persigue, sino al mundo”.

Es un extracto de la obra, premonitoria del devenir de la humanidad, en la que Wagner trabajó durante 25 años para plasmar la expresión más completa y compleja de los sentimientos, pasiones e instintos del ser humano, a través de un enredo alegórico inspirado en la mitología nórdica, germánica y en relatos medievales. Para la consecución de esta magna empresa de casi 16 horas de música escénica, el compositor alemán escribió el libreto, compuso la partitura e hizo erigir un teatro en Bayreuth para que su obra de arte llegara en condiciones óptimas al espectador.
Dejó además una ingente cantidad de acotaciones, opúsculos y cartas que nutren desde entonces los miles de estudios, interpretaciones y exégesis de la tetralogía que mantienen vivo su inagotable manantial dialéctico.

Al Teatro Real de Madrid llega con el patrocinio de la Fundación BBVA y con una innovadora y moderna puesta en escena, a cargo, además de Carsen, de Patrick Kinmonth. Arranca con una impactante escena que se convierte en una dura crítica a la sociedad actual, a la codicia y al afán por destruir con suciedad y sin ningún tipo de miramiento el planeta en el que vivimos. De hecho, es algo en lo insiste el director, que ya dirigió en este foro Dialogues des carmélites (2006), Katia Kabanová (2008) y Salome (2010), quien coloca al espectador frente a un mundo contaminado y obsesionado por el poder y la ambición desmesurada. La obra, estructurada como los antiguos dramas griegos, con tres tragedias y una sátira, El oro del Rin ocupa un lugar singular como prólogo explicativo de la saga que se desarrollará en La Valquiria, el origen del héroe, Siegfried, su glorificación, y El ocaso de los dioses, su muerte y cataclismo final.

Aunque el libreto de El oro del Rin nació después de las otras tres óperas, su partitura fue la primera, y en ella Wagner presenta magistralmente las decenas de motivos conductores que aparecerán con todo tipo de metamorfosis en las jornadas posteriores, creciendo en complejidad y depuración. A lo largo de casi dos horas y media, la música fluye sin interrupciones, a través de una densa red de texturas armónicas y de temas entrelazados por una orquesta compuesta por más de 110 músicos.

El oro del Rin se distingue también del corpus de las otras tres óperas por su ritmo dramático acelerado, su humor, cinismo y su contenido más alegórico que humano. En él se rompe la relación idílica del hombre con la naturaleza, cuando el oro que iluminaba las aguas del río se convierte, bajo la fría mirada de la razón, en un objeto valioso y codiciado, desencadenando las luchas de poder que alejarán al hombre del amor, de la naturaleza y de la armonía primigenia. La vida misma.

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