Entrevista
Enrique del Río, fundador de WeCollect.
Enrique del Río, fundador de WeCollect.

Del Río: “Comprar arte emergente es como financiar una ‘startup”

Enrique del Río dirige WeCollect, una asesoría que forma en arte a los coleccionistas

Siendo muy joven, poco después de licenciarse en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, Enrique del Río (Madrid, 1984) comenzó a adentrarse lentamente en el mundo artístico. Tras un par de aventuras empresariales y viajes, fundó hace algo más de un año WeCollect Club, un espacio dedicado a los amantes de este sector a la par que asesoría para los coleccionistas, del que es consejero delegado. “Me di cuenta de que la gente me pedía consejo sobre obras y artistas. Había interés al mismo tiempo que un fuerte desconocimiento, porque muchos perfiles interesados y dispuestos a invertir en arte no habían pisado nunca una galería o una feria”, cuenta.

Con ese objetivo, para asesorar a los coleccionistas, nació la firma. “El coleccionismo es algo que surge por la pasión por el arte, pero también puede haber formación en torno a él, más aún en un momento en el que prácticamente todos los sectores requieren de conocimiento y estudio. Se puede aprender a coleccionar”, prosigue Del Río. Así, a la compañía formada por cuatro miembros, se le unen otros tantos asesores expertos en las diferentes ramas que giran en torno al mundo del arte: “Desde entendidos de las tendencias y artistas emergentes hasta expertos en subastas, pasando por un jurista experto en Derecho del Arte y gestión mercantil y fiscal, técnicos en restauración, logística, transporte o antigüedades”.

Eso sí, en la valoración de una obra, Del Río y su equipo no entran. “Se puede aprender sobre los mercados del mañana, sobre hacia dónde va el coleccionismo, las últimas tendencias a nivel emergente, la pintura, la fotografía…”, cuenta. Todo esto, claro está, enfocado a la inversión y al mercado. “A nosotros nos llega quien quiere comprar una pieza concreta o alguien que quiere iniciarse en este mundo”. A partir de ahí, cuenta, los expertos estudian al cliente, sus gustos, sus posesiones, qué quiere, hasta dónde está dispuesto a arriesgar, y se le asesora. “Le hacemos diferentes propuestas sobre artistas actuales que creemos que van a funcionar”, explica Del Río, que asemeja esta situación con el mundo de la empresa. “Comprar obras de un artista consagrado es como comprar acciones de una empresa sólida y asentada: ganas seguro, pero de forma leve y lineal. Invertir en arte emergente es como apostar por una startup. Si aciertas, ganas mucho más”.

Por eso, el día a día de Del Río y su equipo se mueve entre galerías, museos, subastas y las casas de los coleccionistas. “La mitad de los días estamos fuera. Los martes con un curso en el Museo Lázaro Galdiano, los jueves de visita a galerías, los sábados vamos a estudios artísticos… Esto es el centro de operaciones”, cuenta desde la oficina en la que trabajan, un espacio de coworking en pleno Paseo de la Castellana que sirve como punto de reunión y como base. “Nuestro lugar de trabajo verdadero es allí donde está el arte, por eso solo necesitamos una oficina bien comunicada y cómoda como esta para poder llevar a cabo el resto de tareas”.

Del Río cuenta, además, lo rápido que han crecido en tan solo un año: “El mundo del arte mueve millones de euros, pero detrás hay poca gente. En una galería trabajan tres, cuatro personas; una feria como ARCO la montan unas 15. Nosotros ya somos cuatro en la firma, junto al resto de asesores”. Por eso, un espacio así es lo que, al menos por ahora, necesitan. Más aún, recuerda Del Río, con lo que supone trabajar junto a emprendedores de otros sectores. “En este tiempo he aprendido nociones de informática, programación y compartido experiencias. Nunca viene mal estar bien rodeado”.

Una firma a bolígrafo con valor sentimental

Del Río: “Comprar arte emergente es como financiar una ‘startup”

Sobre la mesa de trabajo de Enrique del Río hay un ordenador y unos pocos papeles. El escaso tiempo que pasa en la oficina hace que no tenga demasiado decorado su espacio de trabajo. Salvo por un objeto que se convierte en la excepción que confirma la regla. “No tiene ningún valor económico, pero sí un gran valor sentimental”. Se refiere a una lámina que plasma una impresión del artista inglés Richard Hamilton, fallecido hace cinco años y que ya está considerado como uno de los grandes del mundo del arte.

Cuenta Del Río cómo, poco después de licenciarse en la Universidad, hace unos siete u ocho años, acudió a la presentación de una de las primeras exposiciones contemporáneas que acogía el Museo del Prado, dedicada a Hamilton. En la entrada recibió una de las láminas que regalaba la pinacoteca con una reproducción del homenaje que el pintor inglés hizo a una obra de Picasso, homenaje a su vez de Las Meninas de Velázquez. “Para mi sorpresa, éramos un grupo muy reducido, y allí estaba Hamilton, que me firmó la lámina como si de un original se tratase”.

Más allá de eso, Del Río confiesa ser como la mayoría de los coleccionistas. “Los que no tenemos mucho dinero no podemos comprar impulsivamente, tenemos que medir cada compra y estudiarla antes”. Así son, afirma, la mayoría de los coleccionistas en España.

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