Cinco Sentidos

Las joyas de la navegación se citan en Barcelona

La regata Puig Vela Clàssica reúne varios de los veleros más bellos del mundo

La mayoría de ellos, botados antes de los años cincuenta

El Hallowe’en, botado en 1926, perteneció al rey Olaf de Noruega.
El Hallowe’en, botado en 1926, perteneció al rey Olaf de Noruega.

Hubo un tiempo en el que la navegación recreativa estaba reservada exclusivamente a la alta sociedad. Los armadores entregaban a sus clientes navíos acordes a las exigencias de sus adinerados clientes, con cubiertas de bella madera pulida, herrajes de bronce cromado y acabados cuidados al detalle. Medio centenar de esas bellezas compitieron el jueves y el viernes frente al Port Vell en la regata Puig Vela Clàssica Barcelona, uno de los encuentros más importantes del mundo para los amantes de este tipo de embarcación.

El primer tercio del siglo XX se considera el de la edad de bronce de la vela. No solo por el uso que se hacía de ese material antes de la llegada del acero inoxidable y el kevlar, sino porque el avance de la ingeniería náutica posteriormente dejó obsoletos esos estilizados diseños. La navegabilidad impuso un cambio radical en la forma y distribución del velamen, adoptando el aspecto triangular de hoy. Los cascos se afilaron, perdiendo las redondeces tan características de los barcos de época. Y la madera y metales pesados se extinguieron.

Ver deslizarse entre las olas un grupo de estos veleros nos retrotrae a principios del siglo pasado. El más joven de los participantes en la regata es de los años cuarenta. El Kelpie, por ejemplo, sigue desafiando los rigores del mar pese a haber sido botado en 1903. Se mueve como uno más entre buques que conforman la flota, en su mayoría de antes de 1950. Debidamente pertrechados con velas modernas (las de algodón son demasiado aparatosas) y con los ajustes imprescindibles en la marinería, estos barcos están vivos y bien vivos.

Medio centenar de barcos clásicos conforman la flota de la regata.
Medio centenar de barcos clásicos conforman la flota de la regata.

Aunque la pesadez de los veleros clásicos y la mayor dificultad de las maniobras necesarias para su manejo les hace parecer tortugas comparados con los modelos más modernos, basta con hablar dos minutos con cualquiera de los avezados marinos que los manejan para comprobar que no lo cambiarían por un catamarán a estrenar.

“Nuestros abuelos y bisabuelos no nos enseñaron a navegarlos. La disposición de los aparejos es tan distinta a la actual que cada vez que los sacamos aprendemos algo nuevo de su manejo”, explica Marc, el miembro más joven de la tripulación del Islander, un Ketch Marconi de 17 metros capitaneado por Antonio Bellés que ha demostrado ser el más rápido en su categoría. Se trata del único de los tres barcos de su clase que se conserva. Botados en 1937, uno de ellos, que perteneció a los padres de la reina Isabel II de Inglaterra, se hundió, y el otro está desaparecido. Dicen que el anterior dueño de este dos palos dio tres veces la vuelta al mundo en solitario con él. En esta regata, sin embargo, ha hecho falta el concurso de cuatro personas para mover la vela mayor.

No es el único buque con pasado ilustre de cuantos descansan este fin de semana en el Club Nàutic de Barcelona, para mayor regocijo de turistas y aficionados. El Kelpie introdujo armas para ser utilizadas en contra del Estado Libre de Irlanda en los años veinte. El Mariette, un Cutter de 1920, fue requisado durante la Segunda Guerra Mundial por EE UU para servir como guardacostas. El impresionante Moonbeam IV, de 1920 y 35 metros, perteneció al príncipe Rainiero de Mónaco y fue escenario de su luna de miel con Grace Kelly. Y el Manitou, botado en 1937 y con una eslora de 19 metros, hizo las delicias de John F. Kennedy y, según parece, Marilyn Monroe.

Las décadas se suceden. Mientras, estos veleros demuestran en Barcelona, de la mano de la regata Puig, que siguen surcando los mares con un estilo que no igualan sus versiones contemporáneas

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