Elena Hernando, directora del Museo Lázaro Galdiano

“Queremos ser el museo referente del coleccionismo”

Trabaja en el despacho que ocupó el empresario, con muebles del siglo pasado

En la madrileña calle Serrano, un gran jardín convierte al edificio en un auténtico oasis

“Queremos ser el museo referente del coleccionismo”

En la década de 1940, José Lázaro Galdiano, empresario, editor y coleccionista, decidía en su despacho qué hacer con el enorme patrimonio artístico que había ido almacenando durante toda su vida. Más de 60 años después, el palacete en el que Lázaro Galdiano vivió es un museo que lleva su nombre y que alberga las miles de piezas artísticas, entre cuadros, esculturas, armas, telares u orfebrería, que el coleccionista fue recopilando hasta su muerte, en 1947. Cuatro años más tarde abrirían las puertas del Museo Lázaro Galdiano.

Y en el mismo despacho en el que el empresario trabajaba, Elena Hernando (Madrid, 1965) lleva a cabo sus labores como directora de la galería, cargo que ocupa desde hace cinco años. Se mueve entre reuniones casi diarias, tanto con personas ajenas al museo como con aquellas que allí trabajan. Porque, tal y como comenta Hernando, su forma de gestionar el centro es muy peculiar: “Todas las decisiones que afectan al museo las tomamos entre todos los que trabajamos aquí”. Se refiere tanto a los conservadores y restauradores de las obras como a los vigilantes de seguridad y el personal encargado de la limpieza. Un grupo de 35 personas que intercambia sus conocimientos para lograr el mayor beneficio para el museo. Y también para aprender a valorar más otras profesiones en las que no se suele pensar, como la de la limpieza o la seguridad.

La mariquita que dosifica el trabajo

“Queremos ser el museo referente del coleccionismo”

A pesar de ser la directora de un museo dedicado al coleccionismo, Elena Hernando no se considera coleccionista. Guarda en su casa centenares de libros, pero solo porque es una lectora empedernida.

Fuera de su despacho, además de leer, le gusta pasar el mayor tiempo posible con sus dos hijas pequeñas. De hecho, en su mesa de trabajo, tiene un regalo que le hizo una de ellas. Es una mariquita de arcilla que Hernando utiliza de recordatorio. “Con ella aplico al trabajo el dicho de que lo primero va antes. Hay que trabajar, pero con un límite”. Y la manualidad le recuerda que el horario del despacho tiene un límite.

Cada jornada trabaja cerca de nueve horas, y uno de los puntos positivos que resalta es que su día a día es muy variado. Además de las exposiciones permanentes, el museo exhibe otras temporales que requieren de planificación y reuniones. También está inmerso en diferentes proyectos con los que lograr que el centro sea más conocido, “como ofrecer talleres para las familias u organizar conciertos en el jardín”.

Desde el centro también intentan acercar el arte a otros ámbitos. “Si hay una semana en Madrid dedicada a la mujer, mostramos el papel de este colectivo en el arte. Si hay una jornada dedicada a la gastronomía, hacemos una exposición de obras relacionadas con el sector”.

Por eso, el prototipo de director de museo bohemio y abstraído por el arte no existe en el Lázaro Galdiano. La gestión es lo primordial.

Para ello, en el museo también llevan a cabo lo que Hernando llama “jornadas de trabajo cruzado”, en las que cada trabajador acompaña a otro durante un día. “Ahí te das cuenta de lo difícil que es limpiar bien una obra y su vitrina para que pueda verse bien o lo cansado que es estar de pie durante horas en las salas”, explica desde la gran mesa circular que ocupa la mayor parte de su despacho, de forma oval y con sitio para más de diez personas, perfecta para mantener este tipo de reuniones con los empleados a modo de asamblea.

Tanto la mesa como el resto del mobiliario de la estancia datan de principios del siglo XX, cuando Lázaro Galdiano comenzó a amueblar su palacete. “No son los más prácticos para un despacho, pero sí los más bonitos”, apunta Hernando. La mayoría son muebles franceses que el coleccionista y su mujer, Paula Florido, trajeron desde París. La sala, como todos los edificios de la época, tiene techos altos y gruesos muros, con tres ventanales que dan al gran jardín que rodea el museo y que lo convierte en un auténtico oasis en la céntrica calle Serrano, de Madrid.

La mesa de trabajo de Hernando es una de las pocas cosas que no pertenecían al coleccionista. En ella, la directora tiene su ordenador, un cuaderno en el que apuntar, “ya que no me fío de mi cabeza para acordarme de todo”, y su teléfono móvil. Lo único que necesita para trabajar, junto “al buen humor necesario para llevar a cabo todos los trabajos de gestión”, dice.

Y así como ha añadido pocas cosas al despacho, también se ha deshecho de algunas. No por gusto, sino por coherencia. “Cuando llegué había dos cuadros de Lucas Velázquez que ahora están colgados en las paredes del museo”, para que puedan verlos las cerca de 50.000 personas que visitan las obras de arte cada año, y que, junto a las monedas, armas, orfebrería, vestidos, platería y joyas, conforman el legado del Museo Lázaro Galdiano. “Una colección de colecciones”, tal y como define la directora al patrimonio de la pinacoteca, que aspira a convertir el centro en “el referente español del coleccionismo”.

Todo el patrimonio, que tiene entre sus cuadros más preciados obras de El Bosco, Goya, Velázquez y El Greco, es de titularidad pública; sin embargo, la pinacoteca solo recibe del Estado un 2% de su presupuesto. “Por eso tenemos que buscar otras fuentes de ingresos, como alquilar el jardín o el auditorio del museo para realizar eventos o rodar escenas para películas”, aclara la directora.

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