Editorial

La percepción y la realidad de la banca

La Bolsa española ha deambulado meses, años completos, en trance lateral con precios cuasi de saldo en la mayoría de las empresas cotizadas. Pero desde los primeros días de septiembre, y tras haber intentado un despegue consistente durante al menos tres veces en el año, ha encadenado sucesivos máximos hasta acumular alzas superiores al 20% en lo que va de 2013, y consolidando al Ibex 35, por encima de los 10.000 puntos, como el índice de grandes empresas con mejor comportamiento de Europa. Es la más palmaria comprobación de que la percepción financiera que los mercados tienen de España ha cambiado radicalmente en unos meses, tal como la inmensa mayoría de los bancos de inversión indican en las últimas semanas. Es la inequívoca señal de que “es un momento fantástico para España: llega dinero de todas partes, a la deuda y a la Bolsa”, si queremos resumir el fenómeno en la versión más directa y atrevida utilizada por Emilio Botín, presidente de Santander, el pasado jueves desde Nueva York.

Ese intenso flujo de liquidez que llega a España, seguramente con la misma velocidad y caudal a los que antes la había abandonado, se está alojando de forma prioritaria, además de en las emisiones de deuda del Tesoro y de las grandes corporaciones, en el capital de las grandes empresas cotizadas, aquellas tradicionalmente más participadas por el capital externo y que en los últimos trimestres limitaban su negociación en los mercados financieros al dinero doméstico. Y han sido especialmente los bancos, los grandes y los medianos, los que más recursos han absorbido, hasta el punto de que vuelven a estar en el foco de los inversores. Esto no ocurre porque sí. Ocurre porque, además de los esfuerzos reformadores del Gobierno en varios mercados de bienes y servicios, y del auxilio financiero del Banco Central Europeo para estabilizar la provisión de liquidez a la banca, esta ha hecho un ejercicio de recapitalización y de consolidación de las provisiones por los activos más problemáticos muy importante. Nada tiene que ver el sistema financiero de hoy, en el que cada una de sus empresas cotiza en los mercados y se retrata en el escáner de los inversores, que el de hace seis años, cuando algo más de la mitad esquivaba el juicio del mercado, y una tercera parte, cajas de ahorros siempre, estaba al borde del colapso.

El precio pagado no ha sido poco, con un rescate con dinero comunitario de más de 41.000 millones de euros, y con un estigma de dudas financieras en todo el país muy difícil de sacudir. Ahora, tras un complicado trance que de paso ha limitado el número de entidades a poco más de una docena, los niveles de solvencia de la banca española son de los mejores de Europa, a juzgar por los comentarios tanto de las autoridades supervisoras como de la banca de inversión avisada, y podrá medirse de igual a igual con sus competidores alemanes o franceses en el próximo examen que el Banco Central Europeo y la Autoridad Bancaria Europea harán en 2014. En materia de solvencia, la percepción y la realidad comienzan a coincidir, y las fuertes revalorizaciones de los títulos bancarios en la Bolsa así lo reflejan, con avances medios del 40% en el último año en casi todos los casos. De hecho, los analistas estiman que sigue habiendo un trecho a cubrir entre el precio y el valor en estas compañías, que se intercambian ahora por vez primera por encima de su valor contable en mucho tiempo.

Donde percepción y realidad siguen de todo punto alejadas es en la concesión de crédito, en su papel en la economía real. Hay niveles de capital suficientes como para dar crédito, y tienen plena garantía de liquidez con las subastas vigentes y venideras del BCE; pero siguen poniendo muy alto el listón en la concesión de crédito nuevo, una variable sin la cual la propia banca verá mermas sensibles en sus balances y en su cuenta de resultados año a año y sin la cual el crecimiento de la economía se limitará a la capacidad de inversión que puede activar el ahorro acumulado por una pequeña franja de los agentes económicos en los años de crisis.

La industria financiera ha sido en las últimas décadas en España muy dinámica para movilizar la actividad, y ahora debe recuperar ese papel, o al menos caminar al mismo ritmo. La recuperación será lenta, pero de la velocidad que pueda imprimirle la banca dependerá que se consolide o no.

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