Viajes

Gotas del Ebro burgalés

El río Ebro jalona la geografía del noreste de la península Ibérica, dejando tras de sí un rastro de majestuosos parajes. Algunos han adquirido fama internacional. Otros, más humildes, quedan reservados al viajero ávido de un turismo más intimista. El norte de la provincia de Burgos está salpicado de estos pequeños tesoros ribereños.

Cañón del Ebro (Burgos)
Cañón del Ebro (Burgos)

La provincia con mayor número de municipios de España -nada menos que 371- no podía por menos que contar con una buena cantidad de secretos en sus pueblos. Al norte, a poco más de una hora de la capital, el Ebro articula en Burgos numerosas rutas rurales. Un presupuesto limitado y un solo día libre en la agenda pueden dar mucho de sí en estos parajes castellanos.

Ocho de la mañana. Comienza la ruta, con salida en Burgos. N623 en dirección a Santander, y a tirar millas. O kilómetros. En unos 50, parada de descanso en Covanera. Aún no se vislumbra el Ebro, pero el "Pozo Azul" de esta localidad merece una pausa en el camino. El coche se deja en el pueblo y toca andar campo a través. Las señales pintadas en las piedras del camino guían la marcha.

En un cuarto de hora, al final de una angosta senda de piedras y zarzales, aparece. Tal como se anunciaba. Es un pozo. Y es azul. Tan intenso como el de una playa de fondo de escritorio. El fenómeno se debe al brusco cambio de profundidad de las aguas: en 2009, el equipo del programa de TV "Al filo de lo imposible" buceó más de 3.500 metros sin hallar el final de este túnel subterráneo. Si el tiempo acompaña y se lleva ropa de baño, se puede saltar desde las rocas que rodean el pozo, del tamaño de una piscina pequeña. Si no, vuelta al coche y a la ruta.

Por la misma carretera, a 20 kilómetros y los mismos minutos está Orbaneja del Castillo. Con más casas que sus 53 habitantes censados en 2006, esta población vio en su día convivir a mozárabes, judíos y cristianos. El paso del Ebro por este enclave ha creado un complejo kárstico, donde el agua ha moldeado la tierra y las rocas, dando lugar a las formas más pintorescas. Una roca agujereada con forma de torre medieval da el apellido a Orbaneja.

El conjunto del pueblo, rasgado por una cascada que mana un agua verdosa y cristalina, está construido en la ladera de un valle. El agua fluye entre las casas formando escaleras y piscinas naturales, hasta fundirse con el Ebro. En la parte baja, un antiguo molino atestigua el uso que un día se dio a este espectacular fenómeno natural.

Es la hora del almuerzo. En la plaza, que cruza un pequeño riachuelo, hay varias terrazas y restaurantes. Caña, refresco, o aperitivo mientras se espera a que comience visita guiada de las llamadas "Cuevas de agua", situadas justo enfrente. Atención: claustrofóbicos, abstenerse. La linterna del guía es prácticamente la única iluminación en estas grutas forjadas en la montaña por el paso de un río subterráneo.

La piedra caliza huele a húmedo, y a los pocos pasos hay que agacharse. Pero la visión lo vale. Estalactitas y estalagmitas cuelgan de las paredes, que retumban con el sonido de la corriente de agua, y sus formas delirantes imbuyen de misterio las estancias que se suceden contiguas.

De nuevo en la superficie, se acerca la hora de comer. Siguiendo otros doce kilómetros al norte se encuentra Valdelateja. Con aún menos habitantes censados que Orbaneja, dista igualmente de aparentarlo. Varias decenas de casas de piedra desfilan a lo largo del río, con sus sinuosos meandros. El estilizado puente de piedra se alza imponente en el centro. Sobre él, se avista en su grandeza el intensa e imponentemente verde Valle del Rudrón, que desemboca aquí en el Ebro.

Después de un paseo para ver la diminuta iglesia y las casas colgadas sobre el río, los varios restaurantes ofrecen distintos menús para degustar la rica comida local. Por la tarde, el balneario de agua termal de Valdelateja puede ser el broche de oro para una jornada pasada por agua. La del Ebro burgalés.