A fondo

Fracaso épico en Fráncfort

El paso en falso de Jean-Claude Trichet es inquietante. Muy inquietante. El Banco Central Europeo, hasta ahora quizás la institución europea con la credibilidad menos erosionada por la crisis (el listón tampoco estaba muy alto) parece más preocupado por mantener un equilibrio político que por tomar medidas eficaces. No se sabe qué es más grave. Si el farol sobre una intervención en los mercados que finalmente parece afectar solo a Irlanda y Portugal (en caso de ser cierto, comprar deuda de dos países ya intervenidos y cuyos bonos tienen una liquidez casi nula sería estúpido). O la obsesión por los precios (cuando la propia existencia de la moneda está en el aire). O el hecho de subcontratar al EFSF las operaciones en el mercado de bonos: Un fondo con una capacidad operativa limitada y conocida por el mercado. Como tener un fusil y disparar al enemigo con piedras para no hacer ruido. Y explicándole cuántas piedras te quedan. El mercado no es estúpido y tiene muy caladas a las autoridades europeas. El efecto de la comparecencia de Trichet duró apenas media hora. El BCE ha conseguido que el día que toma una medida destinada a suavizar la tensión de los mercados (prolongar la barra libre de liquidez), estos dejen el mundo al borde del colapso financiero. Por si fuera poco, ha admitido la existencia de divisiones en el seno de la autoridad monetaria. El fracaso es épico; el BCE ha desperdiciado una de sus últimas balas intentando jugar de farol. No solo ha perdido la baza, también ha hundido su credibilidad. Y todo por no querer molestar. A partir de ahora, si el BCE quiere influir en el mercado financiero, solo podrá hacerlo con dinero. Las palabras, hoy más que nunca, se las lleva el viento.