La cantante soul británica muere en su casa de Londres

Amy Winehouse se une a la maldición de los 27

Desde la tarde del sábado, el maldito club de los 27 tiene un nuevo miembro: Amy Winehouse. Agrupa a estrellas del rock que alcanzaron la gloria en su juventud más temprana, y al llegar a esos 27 años perdieron la vida para cumplir con el lema rompedor que llama a morir joven y dejar un cadáver bonito.

Antes que ella, ya pertenecían al club mitos de la categoría de Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, el Stone Brian Jones o el cantante de Nirvana, Kurt Kobain. A diferencia de ellos, la forma de interpretar de Winehouse debe catalogarse de soul, aunque sus desgarradas letras y su imagen pública la integran perfectamente en el significado rebelde que un día tuvo el rock&roll.

A fin de cuentas, ella nunca ocultó sus problemas, e incluso los convirtió en alguno de sus mayores éxitos, como los temas Rehab (rehabilitación) o You know I?m no good (ya sabes que no soy buena), un tema en el que reconoce haberse tratado "como sé que no debería".

Apenas dos discos y una leyenda, trabajada por los hechos que una y otra vez situaban a Amy como carne de trituradora de juguetes rotos. El alcohol, la heroína y la cocaína formaban parte de su dieta habitual, dejando marcas tan notables como su bochornoso último concierto, en Belgrado, cuando apenas podía tenerse en pie y no recordaba las letras de sus propias canciones.

Al margen de la tragedia personal, la Winehouse deja para la Historia una maravillosa voz de negra en un cuerpo de blanca, algo parecido a lo que en su día significó Elvis desde el punto de vista técnico. Lástima que no pudiera huir de su malditismo. En ese aspecto debería servir de ejemplo: Pete Townshend, guitarrista de los Who. En la maravillosa My Generation, el inglés cantaba la arrogante frase juvenil I hope I die before I get old (espero morir antes de hacerme viaje). Por suerte, no cumplió su autoprofecía. Winehouse sí.