Crisis en la zona euro

Grecia se rebela contra Europa

La dureza del plan de ajuste ha disparado las protestas en un país tolerante con el fraude fiscal y con gran dependencia del sector público

Todo depende del tiempo y del dinero". Con esta frase, tan categórica como esquiva, definía para este periódico el presidente de la Bolsa de Atenas, Socrates Lazaridis, la frágil situación de la economía griega. Una declaración digna de la mejor herencia filosófica del país y que encierra el convulso dilema en el que se ha debatido Grecia estos días: aceptar un severo ajuste de una magnitud capaz de atar de pies y manos la economía y los bolsillos de los griegos o rebelarse contra los socios comunitarios y la misma construcción europea y dirigir al país no solo hacia la suspensión de pagos sino a un incierto camino fuera de la zona euro. Pero ni el tiempo ni el dinero se alían estos días en favor de los griegos, que protestan con rabia contra los sacrificios que les esperan. El reloj corre rápido en contra del apretado calendario de vencimientos de su deuda pública y los recursos con los que el país ha contado en las últimas décadas no volverán a llegar ni mucho menos con la alegría de antes.

El Parlamento aprobó esta semana el plan de recortes que exigen Bruselas y el FMI, bajo la amenaza de arrojar a la economía mundial, y sobre todo europea, hacia un nuevo Apocalipsis de magnitudes comparables a la quiebra de Lehman Brothers. Pero los ajustes van más allá de las reformas estructurales del recetario habitual de la economía de mercado y ponen el foco en la misma médula espinal no ya de la economía griega sino de la propia cultura colectiva del país. A cambio de la ayuda que les salve de la bancarrota, los ciudadanos griegos deberán asumir profundos cambios en dos terrenos sobre los que gravita la situación a la que ha llegado Grecia: la exigua recaudación de impuestos y el elevado peso de la Administración. Así, el IVA en restaurantes y bares aumentará del 13% al 23%; se crea un nuevo impuesto denominado "tasa solidaria" que grava entre el 1% y el 5% de los ingresos personales; el Estado deberá privatizar empresas públicas para obtener un ingreso de 50.000 millones de euros y recortar el funcionariado en un 25%, es decir, en 150.000 empleos desde los 700.000 actuales.

"Los ciudadanos griegos sienten que la magnitud del sacrificio que se les pide y las implicaciones que este tiene a nivel europeo excede con mucho la mala gestión que se ha hecho en el país. Y esto sucede en un país donde escasea la autocrítica", señala Irene Martín, profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid y experta en política griega. El durísimo plan de ajuste de Bruselas y el FMI, que puede condenar al país a años de parálisis económica, remite a la gigantesca piedra que Sísifo debía transportar sobre sus hombros hasta la cumbre de un monte para, una vez en la cima, dejarla rodar hacia abajo. Y así hasta el infinito. "El plan de ajuste impone condiciones muy estrictas para el pueblo griego, pero también es verdad que hay cierta tendencia al victimismo. Y no hay que olvidar que Grecia es un país en el que la evasión de impuestos se tolera socialmente sin mayor problema", explica Nikolaos Georgantzis, catedrático de Teoría Económica de la Universidad de Granada.

Fakelaki es un término popular común en la sociedad griega. Significa sobrecito, el que muchos griegos entregan a los médicos de la sanidad pública cuando sufren una intervención quirúrgica o quieren asegurarse cierto trato preferente en un tratamiento médico. Y pereosi es la expresión con la que se denomina el acuerdo que los contribuyentes griegos pueden alcanzar con Hacienda, por el que se pueden pagar impuestos anuales por 3.000 euros y dar así por zanjada la declaración de la renta, al margen de la magnitud de los ingresos que se tengan. Es una fórmula perfectamente legal que da una idea de la impotencia del estado griego a la hora de establecer un sistema eficaz y equitativo de recaudación de impuestos. "Los griegos tienen la impresión de que Hacienda acaba penalizando a quienes pagan impuestos con transparencia, hay un enorme desencuentro entre el ciudadano y el Estado", explica Martín. Una desconexión que para muchos encuentra su explicación en la convulsa historia griega y en los 600 años de hostil imperio otomano. "Es algo común a los países de los Balcanes, que estuvieron bajo imperios muy crueles y en los que caló la idea de que el Estado es el enemigo", apunta Georgantzis.

La crudeza de la actual crisis también está llevando a los griegos a echar mano de la historia reciente y las exigencias de Bruselas, encabezadas por Angela Merkel, incluso han rescatado los fantasmas de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Alemania es de nuevo el enemigo y una de las dianas favoritas hacia las que se dirigen las protestas.

El vicepresidente griego, Theodoros Pangalos, recibió una arrolladora crítica de los ciudadanos griegos cuando intentó justificar que la crisis actual no resulta solo de una mala gestión política y quiso también hacer cómplice al conjunto de la sociedad. "No nos lo hemos comido juntos" es ahora uno de tantos de los eslóganes que corean los griegos en la plaza Syntagma, en respuesta a las palabras de Pangalos y a los recursos públicos y las ayudas de la UE de las que dispuso Atenas en las últimas décadas.

El desánimo cunde entre la ciudadanía griega. "La situación es muy mala, las protestas se suceden pero nada cambia", señala Eva Mavroidi, empleada de banca y residente en Atenas. El centro de la ciudad se ha convertido en campo de batalla y las calles y tiendas han perdido su bullicio habitual. Pero la vida sigue y, como sucede en estas tierras desde hace miles de años, basta ir a la costa y asomarse al mar Egeo para reconciliarse con la belleza y la armonía genuinamente griegas.

Versión helena del 15-M

La oleada de indignación que estalló en España con el Movimiento del 15-M ha arraigado en la plaza ateniense de Syntagma, aunque parte de la ciudadanía griega ya se echó a las calles hace más de un año, cuando Grecia tuvo que pedir a la Unión Europea el que por entonces se creía primer y único plan de rescate. La contestación social en Grecia es muy fuerte y es frecuente que las manifestaciones acaben en disturbios, especialmente crudos en las protestas de esta pasada semana. Basta echar un vistazo a las fuerzas policiales que rodean el Parlamento griego, ubicado precisamente junto a la emblemática plaza de Syntagma. El aspecto de los antidisturbios griegos es el de quienes están preparados para combatir las protestas cuerpo a cuerpo.

La actitud pacífica del Movimiento del 15-M ha sorprendido a una ciudadanía habituada a las protestas airadas y a las manifestaciones promovidas desde formaciones políticas. "La actitud apolítica del movimiento de los indignados es un cambio histórico para la sociedad griega", explica Irene Martín, profesora de Ciencia Política de la Autónoma de Madrid. La influencia del 15-M se deja sentir en algunos de los carteles de la plaza Syntagma, con citas en español y eslóganes como "no pasarán" o "para todos todo". Y esa afinidad se advierte también en las habituales preguntas de los griegos sobre la situación económica en España, casi en un intento de encontrar aliados o compañeros de viaje en el infortunio.

En cualquier caso, las protestas, más o menos violentas, no han conseguido frenar el aprobado del Parlamento griego al plan de ajuste, previsto en un importe de 78.000 millones de euros.