Una variable clave para la competitividad

España progresa en I+D, pero la i se resiste

El esfuerzo público para elevar el peso de la I+D ha llevado a España a alcanzar el noveno puesto de la producción científica mundial, con un 3,7% del total. Esa mejoría de la investigación y el desarrollo no ha sido secundada por la innovación, la i de la I+D+i.

El esfuerzo presupuestario realizado durante los últimos años ha servido para elevar el peso de la I+D en relación al PIB hasta el 1,35%, y ese avance ha llevado a España a alcanzar el noveno puesto de la producción científica mundial, con un 3,7% del total. Esa mejoría de la investigación y el desarrollo, acorde con el peso global de la economía española, se pierde, en cambio, en lo tocante a la innovación (la i de la I+D+i).

Un estudio publicado por Funcas pone el foco en algunas deficiencias estructurales que limitan esa evolución hacia la economía del conocimiento. El citado 1,35% del PIB (14.700 millones de euros, en 2008) queda todavía por debajo de la media europea (1,85%) y, sobre todo, tiene una composición perniciosa para la iniciativa privada. Así, las empresas solo financian el 45% de la I+D+i española, frente al objetivo del 66% del conjunto de la UE.

Algo parecido sucede con los investigadores: en España rondan los 130.000, casi seis y medio por cada mil trabajadores activos, lo que supera en medio punto el porcentaje continental. Sin embargo, solo 2,5 de cada mil trabajan en la empresa privada, frente al 3,9 por mil de la UE.

Motivos para la esperanza

Siempre hay asideros para quien quiera ver la botella medio llena, como el hecho de que la inversión en I+D ni siquiera llegaba al 1% del PIB hace pocos años. Incluso, en términos comparativos, la dimensión de la financiación de la I+D+i es notable: España ocupa el cuarto puesto mundial en disponibilidad de crédito privado (1,98% del PIB) y el octavo en capital riesgo (0,112%). En cambio, tres de cada cuatro empresas admitieron en 2008 no haber realizado actividades innovadoras en materia organizativa o de comercialización, y apenas un tercio se consideran a sí mismas innovadoras, frente al 42% del conjunto de la UE.

Juan Mulet, director general de la fundación tecnológica Cotec, achaca estas deficiencias españolas al escaso esfuerzo educativo (la inversión en términos de PIB se ha recortado en los últimos quince años), la pobre colaboración entre la universidad y la empresa, y un tejido productivo con escaso contenido tecnológico.

Los datos son elocuentes: solo el 1% del valor añadido bruto es generado por empresas de alta tecnología, y el 4%, por firmas de tecnología media-alta. Las cifras languidecen respecto a la media de los países más avanzados, que triplica y triplica, respectivamente, esos porcentajes. Y dibujan un escenario complicado para que España pueda competir en un entorno cada vez más globalizado en el que la diferenciación será sinónimo de supervivencia. La innovación es la clave.