Del eje franco-alemán al eclipse total
José Luis Rodríguez Zapatero fue aceptado en Bruselas como una bocanada de aire fresco tras el deterioro de la relación entre José María Aznar y las principales capitales europeas. El líder socialista aprovechó su primera cumbre europea, en junio de 2004, para retirar el veto español al proyecto de Constitución europea y dejar claro que España renunciaba a sus coqueteos con Londres y Washington y volvía a situarse en la órbita del eje franco-alemán. La apuesta, sin embargo, no daría los réditos esperados y España ha acabado descolocada en una Unión multipolar que gira en torno a Berlín y en la que Zapatero no ha logrado brillar. En la primera legislatura, el presidente del Gobierno se volcó en la agenda nacional, forzado tal vez por la feroz oposición del PP. Europa quedó en segundo plano, con las negociaciones de los presupuestos (2007-2013) como único interés. Y Zapatero logró su objetivo de evitar que España se convirtiese en contribuyente neto.
Pero el descarrilamiento de la Constitución y la renovación del eje París-Berlín (con la llegada al poder de Sarkozy y Merkel) reclamaba de Zapatero un esfuerzo de recolocación que no parecía dispuesto a hacer. Los continuos tropiezos en la relación con la canciller alemana (con la opa de Eon sobre Endesa como punto más bajo) dejaron a Zapatero entregado a una relación casi exclusiva con el presidente francés, aliado imprescindible en la lucha antiterrorista.
La progresiva ausencia de España de los foros de decisión culminó en el primer semestre de 2010, cuando el país asumió por cuarta vez la presidencia rotatoria de la UE. Los precedentes anteriores auguraban una presidencia fuerte, con la premisa, además, de que en su segunda legislatura Zapatero intentaría dejar su impronta en la escena internacional. No fue así. El semestre estuvo marcado por la falta de iniciativa, con la brillante excepción de la propuesta para realizar tests de estrés al sector bancario. El perfil tan bajo se achacó al nuevo esquema institucional (con el nombramiento de un presidente permanente del Consejo Europeo). Pero la excusa quedó en entredicho tan pronto como España pasó el relevo a Bélgica.
La presidencia semestral como la recta final de Zapatero en Bruselas ha estado marcada por una crisis en la que España empezó como alumno aventajado (con superávit fiscal, una deuda pública del 40% y unos bancos limpios de productos tóxicos estadounidenses) y acabó bajo la tutela de Alemania. Zapatero entendió en la cumbre del 7 de mayo de 2010 que la bonanza había terminado. Y aquella noche del viernes al sábado, cuando anunció en Bruselas a altas horas de la madrugada, un repentino y brusco recorte del déficit, quedó claro que Europa, a la que había descuidado, acababa de apagar su estrella. Durante estos siete años, Zapatero ha sido un líder popular en muchos países, en particular en Italia. Se le vio, sobre todo al principio, como el representante de una nueva escuela política, centrada en los derechos sociales y las libertades individuales. Durante la campaña para las presidenciales francesas, tanto el candidato conservador, Sarkozy, como la candidata socialista, Segolène Royal, llegaron reclamar como propios el ideario zapaterista.
El presidente del Gobierno, sin embargo, no ha rentabilizado a nivel institucional ese carisma. A menudo se ha atribuido esa falta de protagonismo en Bruselas al hecho de que no hable inglés, aunque se olvida que esa carencia no impidió a Aznar, que en su etapa como presidente tampoco lo hablaba, convertirse en una pieza a tener en cuenta en cada reunión. Zapatero, más bien, se ha conformado con ejercer de europeísta sin percatarse de que en la capital europea la partida se juega en clave de intereses nacionales aunque se busque un objetivo común. La agenda de Bruselas no ha sido su prioridad y prefirió dejarla en manos de la vieja guardia del PSOE (Javier Solana, hasta finales de 2009, y Joaquín Almunia).