Pequeños gigantes. La Rioja Alta

Una apuesta centenaria que se rejuvenece

Con 120 años de vida, ya que la compañía se fundó en 1890, La Rioja Alta es en la actualidad la cabecera de un grupo con presencia en tres denominaciones de origen. En su nacimiento estuvo ligada a industriales alaveses y guipuzcoanos cuyos principales intereses se concentraban en el negocio de la fundición. Liderados por Daniel Alfredo Ardanza, cinco familias decidieron crear a finales del siglo XIX una compañía vitivinícola, cuyos caldos en el siglo XXI se encuentran en las mesas de los mejores restaurantes internacionales y en los estantes de los más renombrados comercios de restauración.

Su arranque en Haro (La Rioja), con un capital de 112.500 pesetas de entonces (676 euros), no fue fácil. A los pocos años de su puesta en marcha, un plaga de filoxera, el peor de los males para los viticultores, arrasó las vides y echó por tierra buena parte de las ilusiones de un incipiente negocio que empezaba a tomar cuerpo. Tras realizar fuertes inversiones en reponer nuevas parras procedentes de América, para posteriormente injertarlas con autóctonas como el tempranillo, sus gestores pusieron el acento en aumentar la oferta de vino embotellado y potenciar su calidad. A finales del siglo XIX y hasta 1930, sus caldos fueron asiduos en exposiciones y concursos, donde obtuvieron premios en Estados Unidos, Francia, Argentina y España, entre otros. Posteriormente, y con sus vinos ya consolidados, renuncia como bodega a esta estrategia que recogen sus importadores y clientes.

En el devenir de la compañía, el año 1904 es uno de sus referentes. Entonces, Daniel Alfredo Ardanza, fundador y accionista de La Rioja Alta, pacta la fusión con Ardanza, otra bodega de su propiedad. En ese ejercicio, cuando precisamente se registró una de las mejores cosechas de la historia en Haro, decidieron al objeto de dar más realce a la integración, sacar al mercado un vino especial llamado Reserva 1904 que hoy, bajo la denominación de Gran Reserva 904, es uno de sus caldos enseña.

El grupo quiere transmitir el mensaje de "nacimos en el siglo XIX, crecimos en el XX y nos apasiona el XXI"

La política actual que se aplica en las compañías por convertir en abstemios durante el horario laboral a todos sus trabajadores, eliminando la mayoría de ellos el vino en los comedores de empresa, no encontraría un lugar cómodo en la historia antigua de la compañía riojana. Según se refleja en el libro Tres siglos de La Rioja Alta S.A., la mesura en la bebida, sobre todo trabajando cerca de ella, no era, precisamente, muy extendida. "Decía Tasio, trasegador de nuestra casa a principios de siglo, que él sólo bebía al día cuatro traguitos. Eso sí, cada traguito, de cuatro gargantadas y cada gargantada de un cuartillo. Eso hace un total de cuatro litros diarios", se escribe en el libro. Sirva esta anécdota para ilustrar una pequeña parte de la evolución de una bodega que ha experimentado una sensible evolución en la organización del trabajo, sus sistemas productivos y los hábitos saludables. Hoy en día, su plantilla, con derecho a dos cántaras al mes (36 litros), se lo llevan a su casa y, además, embotellado.

Permiso del obispo

Los años transcurren, la firma supera los problemas derivados de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra Civil española y encuentra en 1940 en Cuba un importador que le permite disparar las ventas de Viña Ardanza y del vino antecesor del actual Alberdi, hasta que se produce la Revolución Cubana. Por aquella época Venezuela era otro de sus importantes mercados en América. Su blanco semidulce Radiante era utilizado en ese país por los curas durante la misa. De su idoneidad para ser utilizado en la Consagración daba fe, mediante certificado, el Obispado.

Los ejercicios que abarcan las décadas de 1970 y 1980 son los protagonistas del salto cualitativo que ha experimento La Rioja Alta. Se construyen nuevas instalaciones, se adquieren viñedos, se invierte en renovar el parque de barricas y se suceden varias ampliaciones de capital entre 1973 y 1977 de 200 millones de pesetas (1,2 millones de euros). Esta política de aumentar su músculo, tanto financiero como industrial, le ha permitido autofinanciar hasta hoy las inversiones realizadas.

La compañía vitivinícola va ampliando sus referencias. Al 904, Ardanza y Radiante, entre otros, se suma Viña Arana, que se convierte en reserva, y Viña Alberdi, que toma el testigo del otro caldo denominado Tercer Año. En 1976 da otro salto estratégico. La Rioja Alta decide poner en marcha el Club de Cosecheros para sus clientes y amigos en una decisión pionera en España. Su inspiración procede, según cuenta Guillermo Aranzabal, actual presidente del grupo, de las barricas de vino de Rioja que completaban su crianza y que habían sido reservadas por los comerciantes franceses de caldos para el posterior traslado a su país.

Uno de los primeros socios del Club de Cosecheros es el rey Juan Carlos. En su primera edición solicitó una barrica que le fue enviada con su correspondiente factura. El monarca realizó el correspondiente pago y adjuntó una carta en la que solicitaba cuatro barricas más para un pariente y unos amigos ingleses. Ahora es titular de ocho que utiliza para sus compromisos.

A principios de la década de los noventa y tras abandonar la producción de vinos jóvenes como el rosado Vicuana y los blancos Viña Arana y Viña Ardanza Blanco de Reserva, se da otra vuelta estratégica a la compañía. La Rioja Alta se arrima a la Denominación de Origen Rías Baixas y empieza a elaborar albariño en Lagar de Fornelos, un bodega tradicional cercana a la desembocadura del Miño. Compra también Torre de Oña en Páganos (Rioja Alavesa) y construye una bodega en Ribera del Duero. Adquiere más viñedos y renueva su parque de barricas. Invierte en total más de 100 millones de euros.

Su última apuesta es la innovación y las renovables que le permiten cubrir sus necesidades energéticas. También la solidaridad, a la que destinan anualmente el 0,7% de sus resultados netos.

Datos básicos

Ventas. La facturación del último ejercicio en el grupo La Rioja Alta superó los 35 millones de euros. La compañía con sede en Haro (La Rioja) cuenta con una plantilla fija de 250 personas, entre trasegadores, peones, encargados del campo, enólogos, cocineras, comerciales, toneleros, técnicos de laboratorio, guardas y relaciones públicas. Su plantilla, sobre todo la ligada a las labores del campo, se incrementa sustancialmente en época de vendimia.

Instalaciones. Las existencias en bodega (barricas y botellas) son equivalentes a ocho años de ventas, lo que da una medida de la importancia del inmovilizado en esta compañía centenaria. El grupo tiene presencia en tres denominaciones de origen. En La Rioja es propietaria de La Rioja Alta, la sociedad matriz, y Barón de Oña, situada en La Rioja Alavesa. En Rías Baixas, donde producen el albariño, es titular de Lagar de Cervera, y en Ribera del Duero, de Aster. Esta última es la más joven de sus instalaciones.

Exportación. El mercado internacional supone un 30% de su facturación. Exporta a más de 45 países, siendo Reino Unido, México, Estados Unidos, Alemania y Suiza los principales mercados. Cuenta con oficinas comerciales en América, Inglaterra y Centroeuropa.