A fondo

El presidente quema sus naves

A José Luis Rodríguez Zapatero le gustan las sorpresas, los golpes de efecto, y una remodelación de Gobierno que se precie debe reunir esas dos condiciones. Estas y otras apreciaciones de mayor calado es lo que lleva a intuir a sus colaboradores más cercanos que el presidente dice la verdad cuando niega su intención de cambiar el Gabinete a corto plazo. No porque el que hay esté vivo, sino más bien porque cualquier novedad orientada a infundir ánimo y a enterrar el sentimiento de fin de ciclo quedaría barrida si saliera mal cualquiera de las citas a las que Zapatero está convocado en breve.

La más cercana, a la que él mismo concede mayor importancia, se ventilará en el Congreso el próximo miércoles, 14, con motivo del debate sobre el estado de la nación. De los cuatro duelos de esta naturaleza que ha protagonizado como presidente, este será el más difícil, no sólo por la dificultad que entraña explicar una conducción tan vacilante de la política económica, sino porque los principales grupos parlamentarios sacarán conclusiones, algunas de ellas decisivas, sobre ese grado de depresión que Felipe González ha llegado a observar recientemente en el jefe del Ejecutivo.

En esta ocasión, constatan fuentes socialistas, Zapatero no sólo tendrá que convencer al PSOE de su buen estado de salud, pues también estarán muy pendientes del mismo los dos grupos nacionalistas de los que dependerá a partir del miércoles, 21, la continuidad o no de la legislatura. Ese día se votará en el Congreso la reforma laboral y también el techo de gasto para 2011, auténtica antesala de la negociación presupuestaria.

CiU y PNV intentan evitar a toda costa un PP con mayoría absoluta, una clave que marca la legislatura

Será, pues, clave para el presidente del Gobierno ganar este debate frente a Mariano Rajoy, ya que la lógica y creciente resistencia de CiU y del PNV a escoltar a Zapatero en momentos de tantas turbulencias se multiplicaría en caso de que a la tribuna de oradores subiera un presidente débil e inseguro, frente a un líder de la oposición crecido y con ganas de balón. De hecho, el manual aconseja seguir con tanta o mayor atención las intervenciones de Josep Antoni Durán i Lleida (CiU) y de Josu Erkoreka (PNV), ya que ambos son los depositarios de la llave que le permitirá a Zapatero mantener o no abierta la legislatura.

Los dos partidos nacionalistas se retratarán en este debate y, de forma más concreta, unos días más tarde cuando finalice el plazo de enmiendas parciales (miércoles, 21) a la reforma laboral y se celebre, en la misma jornada, el debate del techo de gasto. En el Gobierno se da por hecho que CiU defenderá iniciativas muy nítidas para aproximar más aún la reforma laboral al prisma de los empresarios y que votará negativamente el techo de gasto, influenciado por la gestión que Artur Más ha decidido hacer de la sentencia del Estatuto en plena campaña electoral catalana. El salvavidas tendría que venir en buena lógica, pues, del PNV, de ahí la llamada que le hizo Zapatero hace dos semanas al presidente de este partido, Íñigo Urkullu, para pactar no sólo los Presupuestos de 2011, sino el guión hasta el final de la legislatura. La respuesta del PNV, primero en privado y, después, en público, fue directa: cualquier acuerdo habrá de tener en cuenta la evolución política en el País Vasco. Y aquí Zapatero se encuentra con un problema de cierta envergadura. Si bien estaría en condiciones de convencer al PSE para blindar al PNV en las diputaciones de Álava y Guipúzcoa a un año escaso de las elecciones locales, un compromiso necesitado de dosis de confianza por parte del nacionalismo vasco, nunca se atrevería a entregar en una bandeja de plata la cabeza de Patxi López, porque ello sería tanto como dar la espalda a todo el partido, convencido de que la experiencia vasca es casi el único éxito incuestionable de Zapatero desde 2004.

Más incertidumbre

Este complicado mapa de operaciones está contribuyendo a alimentar la incertidumbre dentro de un Gobierno interino y de un PSOE enfermo de inseguridades que está dispuesto a afrontar como un mal menor la singular convocatoria de huelga general fijada por los sindicatos para el 29 de septiembre. El Gobierno es consciente de que necesita a UGT y a Comisiones Obreras para amortiguar el impacto social de sus medidas de ajuste y las dos centrales saben también que precisan de Moncloa para disimular su miedo ante una protesta que tiene muchas posibilidades de fracasar. Los dos sindicatos ven como Zapatero está a punto de colarles un gol por la escuadra sacando la reforma laboral por la puerta de atrás del Senado a mediados de agosto y observan en la reforma de las pensiones que se anunciará también con la canícula su última oportunidad para caldear un poco el ambiente y poder abordar, por lo menos, una huelga general en la que responda el transporte. Las nuevas tecnologías ya no les deja fácil el apagón televisivo que tanto impresionó en 1988 a Felipe González.

El Grupo Socialista afronta con un nudo en la garganta las sesiones parlamentarias que restan hasta agosto y teme en otoño un escenario enrarecido en el que no cabe descartar, pese al optimismo de Zapatero, unas elecciones generales anticipadas. José Montilla tiembla ante esta posibilidad. El fin de la legislatura podría precipitarse, según el análisis compartido en los cuarteles generales de los dos grandes partidos, en el caso de que CiU y el PNV atisbaran el peligro de tener que aguantar en Madrid un gobierno del PP con mayoría absoluta. Ninguno de los dos está dispuesto a colaborar en esta excursión que pretende hacer Rajoy porque ambos degustaron el plato que José María Aznar les condimentó entre 2000 y 2004 y salieron vacunados para siempre de la experiencia. Por eso es tan decisiva la actuación que tenga Zapatero en el debate del estado de la nación.