El deterioro de las finanzas públicas

Una moneda imprescindible

Los mercados sumen al euro en la mayor crisis en su década de historia, pero confirman su carácter de parapeto para países como España

El euro, tal vez el mayor hito de la Unión Europea desde su concepción hace más de medio siglo, acaba de cerrar su semana más decisiva. Los ataques de los mercados a Grecia y otros países cuyas finanzas públicas levantan sospechas (España, Portugal e incluso Italia, entre ellos) llevaron hace siete días a que los miembros de la UEM diesen un paso decisivo para su autoprotección. Con la ayuda del Fondo Monetario Internacional, los países miembros se comprometieron a avalar con hasta tres cuartos de billón de euros a quienes sufran ataques en los próximos tres años. Es un movimiento clave para reforzar una moneda que, en sus diez años largos de historia, nunca estuvo tan cuestionada.

En la tormentosa reunión del Ecofin del 8 y 9 de mayo, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, llegó a amenazar con sacar a su país del euro si no se llegaba a un acuerdo para salvaguardar a los miembros amenazados por los mercados. En el otro lado del eje principal de la UE, influyentes medios alemanes reclaman a Angela Merkel que recupere el marco. Pero el corazón de Europa sigue apostando por la moneda única, hasta el punto de comprometer cantidades de dinero mareantes para defenderla. No digamos los países como España, donde el Gobierno ha asumido un recorte social sin precedentes que pone en solfa su política económica previa.

Una historia de éxito

Los tipos bajos ayudaron a la burbuja inmobiliaria

Con sus pros y contras, lo cierto es que sigue habiendo cola en la puerta para entrar en el club, cuyo próximo miembro será Estonia, desde el 1 de enero. Que lo pregunten en Islandia, otrora uno de los países con mayor calidad de vida del planeta, hoy masacrado por los mercados. ¿Qué tiene, entonces, el euro, para que tanto se sacrifique por él? Pese a sufrir hoy su mayor crisis, la suya es una historia de éxito, como demuestra su valoración frente a la libra esterlina o el dólar, y el creciente reto que plantea a esta última como moneda de reserva global (en diez años el euro ha pasado de representar el 18% al actual 27%).

Aunque suene casi a broma en medio de la actual tormenta, su mayor incidencia práctica tiene que ver con la estabilidad. Sólo una unión que agrupa a la mayor zona comercial del planeta podría permitirse crear un cortafuegos frente a los mercados con las dimensiones del mencionado. Respecto a países como España, que todavía sufren los ataques en forma de prima de riesgo y caídas bursátiles, la sola idea de soportar una situación como la actual con la peseta de parapeto produce pavor.

De forma paralela, la cesión de soberanía monetaria limita la volatilidad de la moneda. Cierto que dicha cesión impide capear los temporales recesivos con devaluaciones (como venía siendo tradición en España), aunque existe un amplio consenso en considerar que esos movimientos producen ganancias a muy corto plazo y siembra dificultades mayores para el medio y el largo.

Pero la estabilidad no se limita a la protección. El control de precios fue, desde la concepción del euro, uno de sus principales objetivos (el número uno para la política del Banco Central Europeo). Los resultados en este extremo saltan a la vista: la inflación media de la última década apenas superó el 2% entre los países de la zona, cuando en los años 90 alcanzó el 3,3%. Incluso en España, que ha sufrido un diferencial frente a la media sólo corregido en el último año, las subidas de precios han sido muy inferiores a las registradas hasta 1999. La persistencia del diferencial ha drenado competitividad a la economía, pero dicha merma era superior antes del euro.

Algo parecido puede decirse respecto a las cuentas públicas: pese a la situación actual, lo cierto es que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento sirvió durante muchos años para acelerar el saneamiento de las finanzas públicas, llegando a un déficit medio del 0,7% en 2007 (España llegó a cosechar un superávit superior al 2%). Las cuentas se han ido a pique, pero ¿la persistencia de las monedas locales hubiera permitido incurrir en menos déficits para capear la mayor recesión global en ocho décadas? Probablemente, no. Otra de las vertientes positivas de la moneda común es precisamente esa característica: elimina los costes de intercambio de moneda y los riesgos anejos, facilitando un comercio interno que se ha incrementado en cerca de diez puntos en la última década.

El reverso de la moneda

Un último punto de ventaja teórica del euro se tornó en pernicioso para España y algunos otros países periféricos, demostrando que toda moneda tiene su reverso: el brusco descenso de los tipos de interés, que llegaron a ser negativos en términos reales. El acceso a unos costes de financiación mucho más bajos de los idóneos para las condiciones internas impulsó un proceso de apalancamiento de empresas y familias que, a la postre, explica por qué la crisis está golpeando más fuerte, en términos de empleo o déficit, que en países como Francia o Alemania.

La burbuja inmobiliaria y su posterior explosión fueron el ejemplo más claro y más sangrante de lo que, en definitiva, significa vivir por encima de las propias posibilidades. En los años de bonanza, no era raro que las entidades bancarias ofreciesen ampliar la hipoteca para la compra de muebles o de coches que el ciudadano de a pie rara vez rechazaba. El euro permitió entonces un círculo vicioso de endeudamiento, déficit corriente y protección que exacerbó los desequilibrios de la economía española. Un reverso tenebroso que no debe ocultar que cada uno de los agentes económicos tiene su parte de responsabilidad. La del euro no es la mayor.

Las pensiones, escollo español

Elena Salgado presentará hoy a Eurogrupo y mañana a los de los 27 países de la UE las medidas de ajuste fiscal adicional definidas por el Gobierno, y que fueron exigidas por los principales socios europeos como condición para aprobar el plan de blindaje del euro. La batería de medidas propuestas por el Gobiernos recoge la reducción de la inversión pública, la congelación de las pensiones, la supresión del cheque-bebé y una rebaja media del 5% en los sueldos de los empleados públicos. El paquete será definitivo el próximo viernes en Consejo de Ministros, y posteriormente será sometido a votación en el Congreso. La congelación de las pensiones cuenta con un rechazo generalizado, ya que tanto Partido Popular como Convergencia i Uniò e Izquierda Unida han manifestado su disconformidad. El PP propone no tocar las pensiones a cambio de reducir 400 millones más la ayuda al desarrollo, así como las subvenciones a organizaciones sociales, sindicales y partidos políticos.