Frank Stronach

El poder de los accesorios

El presidente de la canadiense Magna se ha hecho con Opel. Más madera para su ego. Planea la incertidumbre sobre Figueruelas.

El poder de los accesorios
El poder de los accesorios

Guárdese este papel", aconsejó una vez Frank Stronach a un periodista en referencia a una cuartilla en la que garabateó su nombre. "Algún día valdrá mucho dinero", apostilló. Se dice que el ego del presidente de Magna Internacional, la tercera mayor fabricante de componentes de automoción del mundo, es del tamaño de las montañas que siembran su Austria natal. Y el episodio del papel no es más que un botón de cómo se las gasta el hombre mejor pagado de Canadá, apodo que hace referencia al título de la única biografía no autorizada publicada sobre su persona -el resto las encargó y financió él mismo-. El magnate logró convencer esta semana al Gobierno alemán de que su compañía era la mejor situada para adquirir Opel y, sobre todo, para mantener los 27.000 empleos germanos de la filial europea de General Motors. Berlín cayó seducida por el canto de sirena tirolés del empresario canadiense.

¿Y qué hay de los 7.500 trabajadores de la planta aragonesa de Figueruelas? El Gobierno no descarta conceder avales a la automovilística, tal y como Alemania ha dicho que hará, para garantizar su continuidad. En todo caso, hasta que Magna no cierre el contrato de compra de Opel, cosa que se espera para septiembre, no se sabrá en qué condiciones queda la continuidad de la fábrica aragonesa.

En cualquier caso, los analistas empiezan a cuestionarse que Magna pueda cumplir con su promesa: mantener los empleos de la filial de GM. Sobre todo porque la operación está financiada por capital ruso e incluye el uso de plantas de producción del país de los Urales. La tentación de fabricar a bajo coste en el Este será, pues, como mínimo tentadora.

Una cosa es cierta: Stronach ha dado la sorpresa al coronar la cima de la montaña en que se había convertido la venta de Opel. Y ha llegado por delante del consejero delegado de Fiat, el italiano Sergio Marchionne, otro avezado transalpino que curiosamente también emigró a Canadá. Marchionne abandonó la puja en el momento en que GM pidió que el comprador aportase 300 millones de euros de manera urgente, antes de percibir el crédito puente de 1.500 millones prometido por Berlín al que se haga con Opel. Aunque, en palabras de Marchionne, hasta que no se cierre el trato no da el tema por concluido.

Pero incluso la cordillera de los Alpes estuvo a ras de suelo antes del choque de placas continentales que la originó. Detrás del gran ego de Stronach descansa un hombre que tuvo que cruzar el Atlántico para buscarse la vida. Franz Strohsack -así se llamaba antes de emigrar a Canadá- nació en 1932 en Kleinsemmering, un pequeño pueblo austriaco. Se crió en el seno de una familia de clase media-baja. Le tocó vivir los rigores de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial. Su madre le envió a un taller a trabajar como aprendiz de técnico herramentista con 14 años recién cumplidos, cosa que más adelante le serviría para montar su imperio. A los 21 decidió ir a probar suerte a Canadá. Llevaba consigo una maleta y entre 50 y 200 dólares -el mismo Stronach se ha contradicho en diferentes ocasiones-.

Como no hablaba ni francés ni inglés, el austriaco decidió desembarcar en Toronto, la gran urbe de Canadá. Pasó un tiempo fregando platos en un hospital hasta que encontró trabajo en una tienda de herramientas. Al ver que el dueño no gestionaba el negocio de manera eficiente decidió abrir su propio taller en un garaje. Pronto tuvo a 20 personas trabajando para él. Su secreto vender más barato que los demás, fuese como fuese.

Los verdes bosques de Ontario, similares a los de su tierra, debieron inspirar a este emprendedor, que en 1956 ya había fundado junto a un socio Multimatic. En 1969 fusionaron la empresa con Magna Electronics, una pequeña empresa de componentes de automoción. Y ahí empezó su imperio. Magna tiene hoy unos 83.000 empleados en 24 países.

Es la tercera empresa del sector de componentes, teniendo a las tres de Detroit (GM, Ford y Chrysler) y a Volkswagen, BMW y Toyota como principales clientes. Y componentes no son sólo retrovisores o manecillas de puertas -lo que produce precisamente la planta de Polinyà, Barcelona, que emplea a 700 trabajadores-. También diseñan y fabrican, por ejemplo, sistemas de suspensión hidráulica. La gran variedad de componentes que ofrece Magna da una idea de por qué a las automovilísticas se les llama montadoras.

Sea como fuere, Stronach decidió regresar a Austria en los años noventa, ya de multimillonario. Y lo hizo por todo lo alto. Eso sí: en los ochenta, antes de dejar Canadá, probó fortuna -sin éxito- en política. Fue candidato al Parlamento Canadiense primero con los conservadores y más tarde con el Partido Liberal. Fracasó. No como su hija Belinda, cara habitual en los periódicos canadienses -la prensa rosa le atribuye encuentros íntimos con Bill Clinton-, que fue ministra entre 2004 y 2008 con los liberales, no sin antes haber sido diputada con los conservadores, como manda la tradición familiar.

Frank Stronach cumplió el sueño americano. Volvió a Austria para ampliar el negocio de Magna, para lo que absorbió Steyr -una compañía del sector de tamaño medio dedicada además a la fabricación de armas-. Pero también dio rienda suelta a sus caprichos. Presidió la bundesliga austriaca, patrocinó al Austria de Vienna y fundó Magna Entertainment, una compañía de apuestas deportivas que entró en bancarrota el pasado mes de marzo. Planeó la construcción de un gigantesco parque de atracciones que no se llegó a construir. Su último proyecto: lanzar una bebida energética, Frank's Energy Drink.

Stronach siempre ha hecho gala de su peculiar modo de gestión, la empresa justa, un reparto de los beneficios entre trabajadores, dirección e inversores. Si Magna acaba comprando Opel veremos cuan justo será con los trabajadores que herede.