De viaje

Australia, de cine

El reciente estreno de 'Australia', apoyado por una fuerte campaña de las autoridades turísticas de aquel país, reclama la atención del mundo sobre sus paisajes de ensueño.

La comedia romántica de Baz Luhrmann que se acaba de estrenar es la producción australiana más ambiciosa (ha costado casi 95 millones de euros), interpretada por dos paisanos, Nicole Kidman y Hugh Jackman, y rodada en medio centenar largo de escenarios. Tal vez el hecho de que se titule precisamente Australia tenga algo de simbólico. O mejor, de homenaje y reconocimiento. Ya en los años ochenta el cine australiano se había hecho notar con directores como Peter Weir, el actor, director y gran pionero Mel Gibson, y películas precursoras como El piano, Mad Max, La boda de Muriel o la irreverente cinta de culto Priscila, reina del desierto, entre otras.

Pero ha sido en estos últimos años cuando la carrera del cine australiano parece haberse acelerado. Hasta el punto de convertirse aquello, para algunos, en la cuna de un nuevo Hollywood. Una fábrica austral de sueños de donde proceden estrellas que flirtean con los Oscar, como los propios Nicole Kidman y Hugh Jackman, Cate Blanchett (la mejor, según los expertos), los galanes Russel Crowe, Sam Worthington o Heath Ledger, Naomi Watts, Geoffrey Rush... En Australia se han rodado muchas superproducciones de éxito (El regreso de Superman, La guerra de las galaxias, Matrix, Misión: Imposible...) y esta última, Australia, que es un auténtico álbum, o atlas, de paisajes australianos.

Algo tendrán éstos, cuando la Unesco ha incluido una docena en sus listas de Patrimonio de la Humanidad. Cinco de esos parajes distinguidos se encuentran en Queensland, uno de los seis estados en que se divide el país y que ocupa, él solo, una extensión en la que cabría siete veces el Reino Unido, o seis veces Italia. Los más notorios, sin duda, son la Gran Barrera de coral, la mayor del mundo, y el conjunto de bosques pluviales: contrariamente al estereotipo seco y desértico, Queensland es un territorio tropical, con verdor lujurioso, calor y humedad, una especie de California australiana donde reinan los cuerpos bruñidos por el sol y el lema es pensar a lo grande (think big).

Pero las imágenes más conocidas y 'reconocibles' del perfil australiano son las de sus rocas singulares y sus desiertos rojizos. La más emblemática, sin duda, Ayers Rock, que los aborígenes llaman Uluru y consideran sagrada: un monolito que se alza hasta 348 metros y parece un camaleón, cambiando de tono (del más chirriante bermellón al siena, gris o incluso negro) según la luz que sobre él se despeje. No está solo: en el mismo Parque Nacional se pueden ver otras formaciones caprichosas, como Las Olgas o Kata Yuta; y más al norte, el impresionante Kings Canyon (que recuerda tanto al del río Colorado), amén de otros cañones, gargantas y parajes vírgenes donde se podría rodar un filme sobre la creación del mundo sin nada que cante en el horizonte.

Y luego están las ciudades, que también sabe explotar la industria del cine. La reciente Australia se abre con imágenes de la bahía de Sídney -aunque no se deje ver su icono más célebre-, la âpera del danés Jorn Utzon en forma de cisne o barco de velas desplegadas. Melbourne, con su skyline de rascacielos y su aura de metrópoli financiera puede emular a las más poderosas (visualmente) ciudades americanas, lo mismo que Brisbane o Perth. Mientras que Cairn, Port Douglas o la propia Adelaide encierran todo el encanto de las estaciones coloniales de recreo. Hay que ver Australia, y si puede ser al natural, mejor que en la pantalla.

Guía para el viajero

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