ANÁLISIS

Reformar para restablecer la confianza

La riqueza del español es tal que permite vocablos de todo tipo para definir situaciones difíciles y polivalentes como la que atraviesa la economía española. Pero la panoplia de eufemismos (crecimiento negativo, desaceleración acelerada, flexión temporal del crecimiento potencial) no deben ocultar la realidad, que sólo tiene un nombre, y que deja de ser un tabú lentamente: crisis económica. No es exactamente una recesión, que precisa de dos trimestres encadenados de caída de la producción agregada, pero puede calificarse como tal un periodo que destruye empleo.

La crisis financiera mundial ha sorprendido a la sociedad española en la cota más alta de endeudamiento conocida, con compromisos financieros de los agentes económicos para varios años, y sin alternativa productiva a la actividad residencial, ya que la industria incluso ha entrado en recesión antes que la construcción. Si a los márgenes estrechos de las familias añadimos una oleada ingobernable de inflación importada, el pesimismo está garantizado, y darle la vuelta a las expectativas es la labor más difícil que tiene por delante el Gobierno si quiere remontar la situación.

Las medidas presupuestarias anunciadas hasta ahora son crematísticas, e incluso pueden acelerar los números rojos en las cuentas públicas, con el deterioro que puede suponer en la prima de riesgo para la financiación de la economía. ¡Cuán endeble era el superávit financiero del Estado si ha bastado una súbita contracción de la actividad inmobiliaria para ponerlo en cuestión! Con el margen fiscal agotado, tal como reconoce Pedro Solbes, no queda más remedio que poner en marcha políticas de oferta, con media docena de reformas estructurales valientes: trabajo, energía, suelo, educación, justicia, distribución comercial. Tienen coste político, tardan en surtir efecto, pero dan más consistencia a la recuperación cuando se recupere el estado de ánimo de los consumidores y los inversores.

El responsable visible de la economía ha tratado de infundir confianza en la gente, con mensajes de buena voluntad y cifras cuestionables. Pero debe pasar ya a las matemáticas, tomar la iniciativa aprovechando la inercia que tiene todo Gobierno recién salido de las urnas. Este país sólo afronta los problemas cuando hay fortaleza política o cuando la situación es crítica, y ahora coinciden ambas circunstancias. No se puede esperar, y menos transpirar interinidad en la gestión de la economía.

José Antonio Vega. Subdirector de Cinco Días