Análisis

Hay que engrasar las bisagras

El respeto a los derechos de las minorías es consustancial a las democracias bien construidas. España está hecha a base de minorías de todo tipo: históricas, culturales, lingüísticas, territoriales... hasta fiscales.

Este hecho irrenunciable gana fuerza cada vez que se trata de decidir los gobernantes para los siguientes cuatro años. Pero una cosa es no conculcar derechos de una o varias minorías y otra que sean éstas las que impongan su criterio a la mayoría. El sistema D' Hondt, en el que se basa el reparto de escaños en España, lleva a la paradoja de que los partidos con representación en toda España sufren infrarrepresentación en las Cortes, frente a los que apuestan sólo por ciertos territorios. Lo saben bien las formaciones nacionalistas. En las últimas Elecciones Generales, por ejemplo, ERC consiguió ocho escaños con 652.196 votos, y PNV siete diputados con 420.980 votos. Sin embargo, IU-ICV requirió el doble y el triple de votos, respectivamente, para cinco asientos en el Congreso.

Sentadas las bondades del autogobierno, y rechazada por excluyente la unamuniana (o barojiana, que no se sabe) sentencia de que 'el nacionalismo se cura viajando', parece poco dudoso que ciertos nacionalismos empiezan a rozar en España el aldeanismo. Eso sí, un aldeanismo muy rentable, edificado sobre una sola clave: barrer para casa.

Que Jordi Pujol, con el respaldo de más de 23 años de presidencia de la Generalitat de Catalunya, pida a los votantes catalanes que reaccionen como si el PP y el PSOE les hubiesen 'escupido' es sólo un ejemplo de rumbo de las cosas. Al fin y al cabo PSOE Y PP son la opción elegida por 21 millones de votantes.

Los partidos nacionalistas hacen fiesta cuando se convierten en bisagra. Pero las bisagras también hay que engrasarlas.

Conviene plantearse si el peso electoral de los nacionalismos no está resultando una carga demasiado abultada en el funcionamiento del país. Nadie habla de arrumbar a nadie, sino de dar la medida de su verdadera dimensión. Una vez conseguido esto, los partidos territoriales, nacionalistas, independentistas o de la índole que sean podrán seguir aprovechando todos los resortes que la democracia les otorga para ejercer sus derechos.

Es evidente que esto pone de los nervios a algún que otro profesional con la política como único oficio y beneficio. Pero la democracia es el gobierno del pueblo, no de un pueblo. Y además aquí tenemos la suerte de ser unos cuantos pueblos.

Juan José Morodo Subdirector de Cinco Días