A fondo

Solbes y Pizarro, duelo entre caballeros

El mejor ejercicio, quizás, para evaluar el impacto que el fichaje de Manuel Pizarro por el PP puede tener sobre la campaña y los resultados de marzo consiste en mirar cómo le ven en el PSOE quienes van a tener que afrontar el ímpetu con el que el ex presidente de Endesa ha aterrizado, por sorpresa, en la política. En un primer momento, la inmediatez ha llevado a los responsables socialistas a acentuar a modo de argumentario lo que podrían ser los flancos más débiles del nuevo candidato: prototipo de la confusión entre economía y negocios, mezcla de intereses públicos y privados, aspirante a ministro hipotecado por la ley de Incompatibilidades, militante de la catalanofobia y, por añadidura, amigo de José María Aznar, su principal avalista para acceder al carné recién estrenado del PP.

Más de un dirigente del PSOE afirma en privado que detrás de este manual de campaña hay que considerar también la potencia de saque de un personaje muy correoso, hábil donde los haya, acostumbrado a mirar a los políticos al uso por encima del hombro y, sobre todo, de vuelta de todo, virtudes relativas que podrían tornarse en defectos si el interesado las gestiona mal de aquí al 9-M pero que, en todo caso, están amparadas por quien salta al ruedo electoral con el sosiego que da disponer de un patrimonio envidiablemente nutrido.

De algunas de estas virtudes ha dado cuenta Pizarro a políticos de todas las tendencias durante dos actuaciones estelares suyas relativamente recientes: febrero de 2006, donde expuso en el Senado su papel en las opas sobre Endesa, y agosto de 2007, cuando explicó en el Parlamento catalán los apagones de los que los grupos nacionalistas culpaban entonces a la eléctrica. En ambos casos, Pizarro salió vivito y coleando. No se dejó morder, admite uno de los dirigentes socialistas que recuerdan bien aquellos episodios y que ha recomendado ahora a los estrategas de su partido que no menosprecien la influencia que puede tener Pizarro en una campaña electoral con resultados tan ajustados como los que predicen las encuestas.

Quien duda de la experiencia de Pizarro en política no sabe de lo que habla. Es evidente que el entrenamiento que tuvo en Endesa desde que Gas Natural presentó su frustrada opa le ha servido para alimentar sus reflejos más que todas las experiencias que ha cosechado a lo largo de su dilatada carrera profesional. æpermil;sta arranca en la Secretaría General Técnica del Ministerio de Administración Territorial, con la UCD, momento en el que conoce a Aznar, por aquel entonces portavoz de asuntos autonómicos de Alianza Popular. Sigue con su desembarco en la Bolsa de Madrid, donde le ayudó su condición de fundador de Ibersecurities, después en Ibercaja y, por último, con sus responsabilidades en Endesa, BME y Telefónica, esta última las más efímera de todas. Estos destinos le han facilitado una capacidad ilimitada para hacer amigos en la política, en la empresa y en los medios de comunicación, de todos los colores y tendencias. Son los que le han dado fama de cabeza brillante, de buen analista y de liberal sin complejos.

Si en la campaña electoral se confirma que su fichaje un tanto improvisado obedece al interés de Mariano Rajoy de situar el deterioro económico en el centro del debate, a Pedro Solbes, aseguran en el PSOE, le tocará espabilarse y entrar también de lleno en la pugna electoral, posiblemente con más esfuerzo del que él mismo había previsto. Ya lo ha hecho retándole el viernes a un primer duelo público. Los estrategas del PP, con el consultor Pedro Arriola al frente, tienen perfectamente identificado por donde pueden intentar erosionar el merecido prestigio del vicepresidente económico ante unos electores que pueden llegar a sentir miedo de que la crisis perjudique su bolsillo. Para empezar, Solbes no es un hombre de grandes mítines, mientras que Pizarro sí puede dar juego como agente electoral. Pero, además, se insiste en el PP, si la Bolsa continúa su desplome y las malas noticias de los bancos estadounidenses siguen influyendo de forma negativa sobre las perspectivas internacionales, puede llegar un momento en el que las encuestas reflejen un vuelco alimentado por el pesimismo y, sobre todo, por la desconfianza de los ciudadanos en la gestión de la política económica que realiza el Gobierno.

En el equipo del PP que ha elaborado el programa económico hasta la irrupción de Pizarro en escena, se reconoce la ventaja que existe frente al PSOE a la hora de ofrecer al electorado medidas más ambiciosas de las que está dispuesto a digerir el propio Solbes. El compromiso de dejar exentos en el IRPF los primeros 16.000 euros o de rebajar hasta 10 puntos el Impuesto sobre Sociedades es mucho más entendible que el de condicionar cualquier rebaja fiscal a la existencia o no de margen presupuestario. El alcance del programa electoral es, de hecho, el gran debate interno que se está librando en el PSOE desde hace meses, pues unos compromisos timoratos pueden calmar a los más ortodoxos, pero contribuir también a que se pierdan las elecciones, reflexiona un veterano diputado del partido.

En previsión de acontecimientos y también de la evolución de las encuestas, tanto el PP como el PSOE han presentado, de momento, programas incompletos que irán rellenando sus principales líderes a conveniencia, a medida que se acerque el 9-M. En medios, ésta será, sin duda, una de las campañas electorales más potentes que encararán el PSOE y el PP, aunque los principales focos de atención terminarán polarizados en los debates televisados que Zapatero y Rajoy celebrarán el 25 de febrero y el 3 de marzo.

Pero, pese al deterioro de la coyuntura, en la contienda económica no todo son ventajas para el PP. Pedro Solbes no es sólo más conocido que Pizarro, sino que es uno de los miembros del Gobierno que goza de mayor popularidad en todos los sondeos. La insistencia de Zapatero en seguir contando con él en la próxima legislatura, prescindiendo de otras alternativas ya quemadas o de inferior categoría, no ha sido casual y ha descansado no sólo en la necesidad de transmitir un mensaje de tranquilidad al mundo del dinero, con lógicas preferencias por un perfil tan neutral como moderado, sino también en el traslado de confianza a los ciudadanos.

Su papel en la polémica opa sobre Endesa fue mucho más discreto que el de otros miembros del Gobierno, la misma actitud que terminó poniéndole también en valor en otras operaciones financieras que se vieron frustradas en la primera parte de la legislatura. Al contrario que Pizarro, Solbes nunca dio el salto a la empresa privada y siempre prefirió surcar las aguas de la administración, primero como asesor de Leopoldo Calvo Sotelo en el Ministerio de Relaciones con las Comunidades Europeas, desde el que se comenzó a preparar el ingreso de España en la UE, y más tarde desde los Ministerios de Agricultura y Economía en la etapa de Felipe González. A esta experiencia sumó después su responsabilidad como comisario europeo de Economía, cargo al que le aupó José María Aznar formando pareja con la ya fallecida Loyola de Palacio como comisaria de Agricultura.

Cuando al inicio de la transición, en 1975, Juan Miguel Villar Mir aceptó pilotar el Ministerio de Economía en el primer Gobierno de la Monarquía, su decisión de aparcar sus responsabilidades empresariales duró sólo un año. En el PP no se descarta que el horizonte político de Pizarro sea mucho más largo, con independencia de que Rajoy gane o no las elecciones. Tal vez ello dependa de cómo termine su duelo con Solbes, aunque el carácter de servidores públicos que ambos se arrogan no les mueva a un enfrentamiento demasiado cruento. Todo puede quedar entre caballeros, aunque el ambiente reinante no les acompañe.