CincoSentidos

Sin palabra

No se debe mentir, y menos a las personas que nos quieren, porque, en ocasiones, se pueden producir tragedias. Y ésta que se nos narra es culpa del elegante y sofisticado Ernesto, siempre rodeado de objetos exclusivos. Ha anunciado a su hermana Marta que pasará con ella las vacaciones en su ciudad debido a un enorme cansancio. Cuando lo están celebrando

con champán, ella vislumbra la figura de un jinete que se aproxima.

En la penumbra de la habitación, sentado sobre la cama revuelta, fumaba con profundas y espaciadas caladas. Los delgados hilos de humo tejían un tapiz ondulado frente a la luz filtrada por la persiana. En la mesilla, junto al teléfono descolgado, relucían las llaves del Ferrari. Debajo, en el suelo junto a sus pies, descansaba un juego de maletas de cuero; sobre la cama, otra sin cerrar aún mostraba una bolsa de aseo, ropa interior, un mazo de papeles y un portafolios.

Tiró la colilla y la chafó con la suela del zapato. Sacó la cartera del bolsillo del pantalón y revisó su contenido; extrajo los billetes y los contó separándolos con sus dedos finos y elegantes para guardarlos de nuevo. Se puso en pie y comenzó a cerrar la maleta, pero lo pensó mejor; revolvió entre los papeles y encontró tres o cuatro tarjetas de crédito. Jugó a encestarlas en la papelera colocada junto al escritorio, al otro lado de la habitación. Ninguna entró.

Fuera, Ernesto respiró el aire fresco. Aún era temprano y el sol no había empezado a calentar. Introdujo el equipaje en el maletero y permaneció un instante observando la casa de piedra, rodeada de árboles. Después entró en el coche y arrancó.

El restaurante servía en el primer piso y el comedor disponía de un gran ventanal con vistas a una de las calles principales. En otro tiempo, Marta se hubiera sentido cohibida ante las atenciones del maître, entre la elección y la cata del vino, la degustación de trabajados aperitivos, el uso de la extravagante vajilla y la contemplación del recogemigas y demás adminículos característicos de locales como aquel. Nada de eso le preocupaba ahora, había descubierto que a la mayoría de la gente le ocurría lo mismo: la ignorancia de la exquisitez daba paso a toda una serie de humoradas que convenían en el absurdo de la situación. 'La naturalidad siempre vence', pensó.

Un joven camarero se acercó por segunda vez con la libreta de pedidos en la mano, y ella, resignada, respondió que esperaba a una persona y le dio las gracias. Se entretenía arañando un panecillo caliente (tuvo la visión fugaz de una casa en la pradera, el humo saliendo por la chimenea) y llevándose miguitas a la boca. Sonrió y contempló la calle a través de la antigua vidriera pulcramente reformada. Dos o tres veces la asaltó la idea de encender un cigarrillo, pero la descartó, esperaría hasta la sobremesa. Estaba intentando controlar el vicio, que últimamente se le había desatado.

Volvió la cabeza y le vio acercándose con el paso enérgico, ágil; el pelo castaño revuelto sobre la frente. Parecía más joven de lo que era en realidad. Le hacía gracia la seriedad aparente de su hermano, aquella seguridad en sí mismo que impresionaba a los demás. Ella lo veía al mismo tiempo como el niño que había sido. La compenetración entre ellos no había desaparecido desde que jugaran juntos a indios y vaqueros en aquel pequeño pueblo del norte. Seguía siendo su hermano menor, a pesar de que ahora viviesen a 300 kilómetros de distancia.

-¡Ernesto! -se levantó y le abrazó. Después sujetó su nuca y le plantó tres o cuatro besos en la mejilla-. ¡Hermanito!

-¡Jau, jau! -replicó él, riendo abiertamente, correspondiendo a los achuchones-. Estás muy guapa -añadió, sentándose a la mesa sin dejar de mirarla.

-Tú tampoco estás mal. ¿Qué tal el viaje, cansado?

-¡Qué va! Conduje sin prisa, relajado, disfrutando de las vacaciones -contestó, extendiendo las manos en un gesto de reposo, y después, con un guiño cómplice-; veo que ha elegido un bonito saloon, señorita.

-Mmm... Sí, no está mal. Sepa usted que en esta aldea la hospitalidad es ley, forastero -secundó ella, mostrándose digna, afinando la voz.

Ernesto, complacido, hizo una seña al camarero y miró a su alrededor; los escasos clientes comían instalados en la zona umbría del comedor: una pareja con un bebé que canturreaba en su cochecito, tres hombres vestidos con elegantes trajes de verano, un atlético anciano sonrosado, luciendo gorra y bermudas, la cámara de fotos sobre la mesa.

-Tu llamada fue una sorpresa. Aún estoy asombrada. ¿De verdad sigues queriendo pasar el mes de agosto aquí, conmigo?

-Pues claro que sí.

-Es que mi vida no es muy divertida. Se resume en dos simples actividades. Por la mañana, el trabajo; por la tarde, la playa, con algunas excepciones. Yo no puedo elegir la fecha de mis vacaciones, como algunos privilegiados... -se quejó-. ¿Estás seguro de que no te aburrirás? Tengo la impresión de que la vida de un corredor de bolsa es mucho más intensa, más... no sé... emocionante y original que la de una simple enfermera.

-Qué absurdo -Ernesto se revolvió incómodo en la silla-, no quiero que digas esas cosas. Vamos a estar juntos y a disfrutar, ¿de acuerdo? Y para celebrarlo, comenzaremos por una botella del mejor champán -afirmó, dirigiendo la petición al camarero que acababa de llegar junto a la mesa.

Marta saboreó el champán y miró hacia la calle. A esa hora de la tarde el movimiento era escaso debido al calor. Enfrente, la fachada de piedra blanca deslumbraba. Resultaba agradable el contraste con la temperatura que el aire acondicionado proporcionaba en el interior. Una calma pesada cubría la avenida; algún que otro coche se deslizaba ocasionalmente sobre la corriente de cemento. En la lejanía, una figura atípica avanzaba lentamente, con el movimiento de una barcaza que bordeara la orilla estéril, un pequeño mástil vertical sobre el horizonte. Marta parpadeó antes de comprender que se trataba de un jinete. Sobre el caballo tordo intuyó el dibujo del ala de un sombrero, el destello de una espuela al compás del trote desganado.

Se quedó con la boca abierta, porque un estruendo terrible de loza rota resonó por todo el local. El atribulado camarero, con el rostro congestionado por la vergüenza, se afanaba en recoger los fragmentos de la torre de platos que había dejado caer. El bebé rompió a llorar con un ímpetu desmedido para su tamaño.

-Pobre nene, se ha asustado -comentó Marta, encogiéndose de hombros-. ¿Cómo dices? No te oigo.

-Que-ha-ce-ca-lor -vocalizó Ernesto, resoplando, intentando hacerse entender sobre el llanto desconsolado de la criatura y el ruido de la vajilla.

-El aire -asintió Marta, señalando hacia arriba-. Lo han desconectado o está averiado. Sí, se nota mucho.

En una esquina, el maître amonestaba enérgicamente al muchacho, que mantenía clavada la vista en el piso, mientras el rubor le invadía las orejas. Resultaba difícil reanudar la conversación en aquel ambiente repentinamente tenso.

-Siempre decías que era una vulgaridad ir de vacaciones en agosto, cuando lo hace todo el mundo. Caravanas y rebaños de turistas por todas partes. ¿Qué dices ahora?

-Ya me conoces -suspiró él-. Tengo un lado excéntrico, y otro ligeramente masoquista. En serio -continuó, mirándola a los ojos-. He pasado una temporada agotadora, necesito descansar. Estoy quemado.

-De eso me encargo yo. Tú no te preocupes por nada. Volverás al trabajo como nuevo -garantizó Marta, mientras le acariciaba una mano.

-Ya -respondió Ernesto, lacónicamente, apurando su copa de un trago.

Se encontraba sentado frente a la puerta de la sala. De pronto su rostro se transformó: primero en un gesto de sorpresa y de repugnancia después. Su mano izquierda había soltado la de Marta y estrujaba el mantel, como si aferrándose a aquel trozo de tela intentase evitar una caída en el vacío. Su hermana volvió la cabeza.

La figura del vaquero se recortaba bajo el marco de la entrada. Era un hombre fornido; el rostro macizo y mal afeitado y los ojos enrojecidos acentuaban su porte amenazador. Se había echado el sombrero hacia atrás, colgando sobre la espalda embutida en una levita mugrienta. Debajo de la camisa arrugada, abierta hasta el pecho, asomaba una pelambre negra y rizada acorde con el cabello crespo de su cabeza. De una de sus manazas colgaba un maletín negro. El forastero avanzó hacia la mesa, castigando el delicado parqué con las botazas de cuero.

-¿Qué haces tú aquí, hijo de puta? ¡Dios! Teníamos un acuerdo... ¡Me cago en la leche! ¡Cabrones! No tenéis derecho a inmiscuiros en mi vida, a perseguirme como a un criminal. Os acordaréis de ésta, te lo juro por...

Ernesto se había levantado de la silla y chillaba desgañitándose, ante la expresión petrificada de Marta, que no apartaba la vista del intruso, consciente de que todas las miradas del comedor confluían en ellos.

-Tienes una deuda, amigo -el hombre sonreía torvamente y hablaba lento, masticando las palabras-, y las deudas se pagan, amigo. No hay acuerdos que valgan para un hombre sin... palabra.

Un pesado silencio cubrió la sala, incluso el niño había dejado de llorar, hundiendo aún más a los testigos en su estupor. El calor era sofocante. Ernesto se acercó a pocos centímetros de aquel rostro. Marta observó una pequeña gota de sudor suspendida bajo la afilada nariz de su hermano, quien susurró con voz ronca:

-Escucha, cerdo. Deja de llamarme amigo, ¿entiendes? O te parto la boca. ¿Lo has entendido? ¡Yo no soy tu amigo! ¿Lo has comprendido bien? -escupía entre dientes, con los puños enrojecidos y apretados contra las piernas.

Sonreía. Ellos siempre sonreían. Sin dejar de mirar a Ernesto, dejó el maletín en el suelo y muy despacio, con el dedo índice, dibujó una línea en su propia garganta torciendo la boca a un tiempo. A continuación, el desconocido se llevó la mano al cinto. Bajo el sucio gabán, Marta vislumbró la culata de un revólver, y medio metro detrás, la cubeta del champán cargada de hielo sobre su delgado fuste de aluminio.

Sin pausa, actuando con movimientos precisos, arrastró una silla para situarla tras el hombre que amenazaba a su hermano. Se subió encima. Inclinándose ligeramente agarró con las dos manos el pesado recipiente, lo elevó hacia lo alto y lo estrelló con aplomo contra la nuca del pistolero, que se precipitó hacia delante fulminado, con el ruido seco de un fardo. Uno de sus pies golpeó el maletín, que cayó a su lado dejando al descubierto una leyenda en el dorso, grabada sobre la piel en caracteres dorados: 'La fiebre del oro, cobro de morosos'.

Ernesto enmudeció.

Marta, de pie sobre la silla, advirtió confusamente cómo el maître se dirigía hacia ellos acompañado de un hombre trajeado; ambos tenían cara de pocos amigos. Los clientes, curiosos, abandonaban sus mesas. Se inclinaban sobre el hombre tendido, rodeándolo. El anciano turista no daba crédito a su buena suerte, el flash de su cámara congeló la escena.

-Está muerto -sentenció el dueño del restaurante, dirigiendo una mirada grave hacia su socio.

Sobre el ulular de la sirena de un coche de policía, se oían las campanadas del reloj de la catedral. Marta contó cuatro. Encendió un cigarrillo y esperó, asomada a la ventana, sin pensar en nada; abajo, en la calle, un caballo relinchó. Tras ella, su hermano sollozaba. Alguien había conectado de nuevo el aire acondicionado.