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La opinión del experto
Análisis

La alineación del ejecutivo

Javier Fernández Aguado critica a los que se ensimisman en exceso en su propia actividad, en sus decisiones, en su capacidades porque acaban cayendo en el narcisismo

Durante mucho tiempo, a causa de la influencia de ciertos escritores, el término alienación ha adquirido tintes negativos. Alienado venía a ser, sobre todo para autores de ideología marxista, alguien que no las tenía todas consigo, quien dependía injustamente de otro. De los errores económicos, sociales, psicológicos y sociológicos del comunismo dan fe los millones de mujeres y hombres que surgieron, hace casi dos décadas, tras el telón de acero, y quienes aún siguen viviendo bajo la férula de ese sistema. Esos errores estaban fundamentados en equivocaciones conceptuales. La aplicación dada al término alienación es una de ellas, no la más importante para la mayoría, pero sí para algunas personas que ocupan puestos de relevancia.

El término alienación procede del latín, qué gran desliz abandonar los estudios clásicos, alius y significa, entre otras cosas, el otro. La alienación, en una más correcta y creativa interpretación, apunta a hacerse otro, o lo que es lo mismo, a ser capaces de tomar perspectiva con respecto a uno mismo. Es decir, a contemplarse desde fuera.

La objetivación de las propias decisiones resulta esencial, principalmente cuando de lo que uno haga dependen, de algún modo, la vida y hacienda de otras personas. Quien se engolfa en exceso en su actividad, en sus decisiones, en sus capacidades, en la seguridad de la bondad de su organización, cae en lo que en la mitología clásica se denominaba el narcisismo. Esta grave patología es el caldo de cultivo en el que se labra la idolatría del líder vanidoso (si es que puede darse el título de líder al invadido de vanagloria) y se preparan los ladrillos para el ara en el que luego se inmolará a los menos adeptos (quizá los no dispuestos a aceptar mediocridad): el altar del bien organizativo. Salir de uno mismo no es sencillo. Reclama una habilidad no siempre presente: la humildad. Incluso quienes claman que ésta sea una actitud importante muestran significativos tics de engreimiento. No es lo mismo proclamar la necesidad de un hábito que asumirlo.

El narcisismo autocomplaciente centra a quien lo padece en las propias decisiones, incapacitando para la reflexión sobre la objetiva bondad o maldad, tanto técnica como ética, de lo decidido o ejecutado. Incluso en organizaciones autoproclamadas como excelentes resulta frecuente encontrar personas inapropiadamente ascendidas. En ocasiones, puede tratarse de apellidos con relumbrón, que no cubren la preparación imprescindible para estar al timón de instituciones con cientos o miles de empleados.

Más que denunciar el comportamiento de algunos, a los que apenas se les escucha, como cierto personaje, directivo de una institución española con desproporcionada marca, que se autodefine como el inventor de internet, resulta interesante clarificar cómo sería posible salir del engreimiento. De otro modo: ¿es posible alienarse, mirarse desde fuera, para mejorar en las propias actitudes y habilidades comportamentales y decisionales?

Entre los modos de hacerlo se encuentra la lectura, la música, la contemplación de la naturaleza, de la belleza, el seguimiento de la verdad y del bien. Además de todos estos medios de correcta alienación, en los últimos años ha surgido uno nuevo que está facilitando la vida a muchos directivos: el coaching.

Novedoso más que nada en el nombre, el coaching, cuando el proceso es correctamente abordado, consiente salir de uno mismo y enfocar con nuevas luces la propia realidad y los personales comportamientos. Como bien señala el refranero español, 'nadie es buen juez en causa propia'. Por eso, contar con alguien que ilumine nuestra realidad desde el exterior puede contribuir a mejorar consistentemente. Muchos son los modos de acercarse a este sistema personalizado de alienación. Ahora que estamos cerca del periodo vacacional de muchos, bien valdría echar un vistazo a obras como las de Mariano Vilallonga Coaching directivo: desarrollando el liderazgo, de Viviane Launer, Coaching, un camino hacia nuestros éxitos, de Carlos Herreros, El coaching cura, libera y subvierte o la muy reciente de Javier Andreu, Forjadores de líderes. Tampoco está de más releer a Tolstoy, La muerte de Ivan Illich, a Ivo Andric, La señorita, o La montaña de los siete círculos, de Merton. Y no deberían faltar de la maleta títulos como Lenin, de Service, Hitler de Kersaw, o las Memorias' de David Rockefeller.

Ponerse en contacto directo con quienes han reflexionado sobre el sentido del trabajo y de la vida en general, consiente adoptar decisiones más adecuadas. Haber repetido en muchas ocasiones un sendero no asegura que sea el mejor. Formación es la capacidad de una persona de repensar el mundo y de repensarse a sí mismo dentro de él. Las semanas en las que nos alejamos de las decisiones más acuciantes, consienten reflexionar sobre el camino que está recorriéndose y sobre la oportunidad de introducir variaciones. Me gusta resumirlo afirmando que quien encuentra un coach (y también quien nos aconseje periódicamente libros fructíferos, no meros best sellers) ha encontrado uno de los elementos más importantes en la propia existencia.

Javier Fernández Aguado. Socio director de Mindvalue

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