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El desierto que cría rascacielos

El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Al visitante en el Emirato de Qatar le es imposible averiguar si el río de oro negro y de millones de euros o dólares ha hecho más felices a los poco más de 300.000 habitantes autóctonos de esta diminuta península del Golfo Pérsico, poco más grande que Asturias, que han pasado de beduinos nómadas a multimillonarios mimados en el universo de las finanzas.

Los cataríes, mahometanos sunitas wahabitas, vestidos ellos con blancas túnicas sujetas por cintas de pasamanería negra, y ellas con costosos vestidos negros que las convierten en invisibles de los pies a la cabeza, gastan sus horas en alternar entre hoteles y palacios suntuosos, siempre en lujosas limusinas, y su conversación está reservada para sus iguales y para la legión de hombres de negocios que llegan hasta la capital, Doha, para hacer suculentos negocios.

Para vislumbrar desde las afueras este universo de poder y lujo acuñado en vente años, sin embargo, no hay problemas. La reserva de los autóctonos contrasta con la locuacidad de los llamados expatriados, una legión de 800.000 almas llegadas de cualquier rincón del mundo como trabajadores por cuenta ajena al calor del dinero fresco. Y los expatriados cuentan cómo era de pobre, de llano y desierto el Qatar y de diminuta la capital, Doha, cuando llegaron.

Su charla siempre se adereza con la admiración por la paranoica rapidez con la que nacen en las arenas, de la nada, rascacielos a cual más alto, a cual más lujoso, para albergar hoteles, palacios, centros de deportes, museos, embajadas, campos de golf, circuitos de carretas de coches y motos. ¡Qué importa si, al poco, se convierten en tramoya de usar y tirar! Aquí el crecimiento no tiene referencia en las necesidades, sino en el insaciable deseo de pulir dineros y gastar fortunas con el objetivo, todavía lejano, de emular en esta loca carrera al espejo hermano y vecino del Emirato de Dubai.

El paradigma de esta versión supina de boom del ladrillo es la construcción, ya muy avanzada, de la primera fase de una serie de islas artificiales, dentro de un complejo denominado La Perla, cuya inversión inicial es de 2.000 millones de euros, y en la que se han proyectado cientos de apartamentos de lujo y cinco hoteles de cinco estrellas. Enfrente de La Perla, el espejo azul turquesa de las aguas de la bahía refleja los nuevos edificios de la prolongación de la ciudad durante ocho kilómetros. Hay más de 100 en construcción, 40 de ellos hoteles, proyectados por Pei, Isozaki, Calatrava o Nouvel.

La vida diaria a los pies de este bosque de rascacielos en construcción es intensa y peculiar. Los desplazamientos se hacen en vehículo particular, porque apenas existe el transporte público. Alquilar un piso de tres habitaciones no cuesta menos de 3.000 euros al mes. El agua se consigue con plantas desalinizadoras y un litro cuesta tres veces más que el de gasolina. Para consumir alcohol es imprescindible ser expatriado y pagar una tasa de 300 euros al año. Y si quieres entrar al principal parque de la ciudad es necesario estar casado y haber salido de paseo con la familia.

El pasado invierno ha sido extremadamente frío en Qatar. Ha llovido mucho y el termómetro bajó de ocho grados. Es una versión inversa del cambio climático de las que en las latitudes egocéntricas occidentales no se habla. En todo caso, aquí lo dominante es un calor extremo y no sólo porque se alcanzan con facilidad los 50 grados en verano, sino, sobre todo, porque la humedad es del 90%. En estas condiciones tener al aparato de aire acondicionado como amigo inseparable es una exigencia de supervivencia.

Buen lugar de paso

Cómo ir. Desde hace un par de años existe una alternativa para volar directo a Asia con Qatar Airways cuatro veces a la semana (lunes, miércoles, viernes y domingo). Si bien es verdad que se trata del Asia más próxima, en el pequeño emirato de Qatar situado en la mitad de la península de Arabia y bañado por el Golfo Pérsico, además de un destino adecuado para pasar tres días, es un buen portaaviones para saltar después a Asia y a África.

Dormir y comer. Doha tiene hoteles donde elegir. Four Seasons, (www.fourseasons.com). Tiene 232 habitaciones de superlujo. A parte de una playa privada y excelentes restaurantes de comida italiana e internacional, en su spa, denominado Elmis, existen todo tipo de tratamientos e instalaciones, incluida una habitación de hielo a 15 grados bajo cero para contrastar con el calor seco y húmedo de las termas. Para degustar una buena comida con platos del país y de gusto árabe se puede acudir al restaurante Assaha en la calle Hamad Al Kabir (www.assahavillage.com).