Los directivos no van al parque
No hay semana en la que un pequeño escándalo no salpique la brillante e importante carrera de un alto directivo. Y es una pena que algunos deslices acaben con la trayectoria de ejecutivos que han tenido que librar cientos de batallas. El enésimo caso, y uno de los más torpes que se recuerdan, ha sido el de John Browne, uno de los ejecutivos más admirados en Gran Bretaña por ser uno de los artífices de la modernización de BP, a la que ayudó a convertirse en el segundo grupo petrolero del mundo.
Pues bien, todos esos méritos se han ido al garete por culpa de una pequeña mentira, que ha puesto en la palestra todo el currículo e intimidades de este alto directivo. Browne intentó pararle los pies a un ex amante, que pretendía vender sus intimidades al tabloide The Mail On Sunday. Hasta ahí nada que objetar, pero Browne recurrió a la justicia, con el fin de que el joven canadiense desistiera de su intención de airear los trapos sucios de la relación y de revelar información privilegiada conseguida al calor de los abrazos. Y cometió un gravísimo error: mentir sobre la forma en la que conoció a su amante. Un detalle nimio que le ha puesto contra las cuerdas.
Durante dos semanas sostuvo que había conocido a su pareja en un parque londinense. Me imagino que Brown habrá leído La biblioteca de la piscina, magnífico libro de Alan Hollinghurst, donde el protagonista, un homosexual veinteañero, acude a románticos parques londinenses en busca de una aventura.
Le debió parecer menos escabroso ese encuentro que contar la verdad: que lo había conocido, como tantas personas se conocen, mediante una cita a través de un página de servicios de contacto de internet. Fue pillado, pero sus disculpas no sirvieron, y ya se sabe que quien miente una vez no está exento de volver a hacerlo.
No debería haber sido tan ingenuo porque internet deja rastro y es muy fácil comprobar si una persona ha utilizado determinados servicios. Pero a él le debió parecer mejor idea contar lo del parque, aunque sin duda es un detalle que sorprende. Nunca he visto, tampoco soy muy asidua, a ningún alto ejecutivo de paseo por ningún parque. No me los puedo imaginar tomándose la tarde libre y acudiendo, por ejemplo, al madrileño parque del Retiro a dar de comer a las ardillas. O a ligar.