Lealtad, 1

Entre ladrillos y 'hedge funds'

Al inversor español lo que le tira es tener tierras. Sea por la tardía llegada de España a la Revolución Industrial y a las reformas liberales o sea por una historia turbulenta que ha convertido los activos financieros en papel mojado con demasiada frecuencia, los bienes raíces son la primera alternativa cuando alguien junta más de dos monedas y ha superado la etapa del calcetín. Las grandes OPV, desde el anuncio de José Luis López Vázquez y las matildes, instauraron un capitalismo popular un tanto forzado, pero basta echar una ojeada al mercado de los fondos de inversión, cautivo de las redes comerciales, para comprobar el grado de desarrollo de la cultura financiera.

En la última etapa de crecimiento económico, la bajada de tipos de interés ha formado una oleada alcista en los precios inmobiliarios que, si no es una burbuja en toda regla, se parece bastante. Con un doble efecto. Por un lado ha secado la capacidad de ahorro de las familias por la carga financiera que suponen unas hipotecas estratosféricas. Un efecto que se ha agudizado por la percepción de una mayor riqueza, que ha elevado el consumo.

Así, el ladrillo ha alejado a las familias de la Bolsa. Y no sólo porque ha sido una inversión más interesante, sino porque es una inversión obligada dado el estrecho mercado del alquiler. Por esta vía, la capacidad de inversión de los particulares en la Bolsa o en los nuevos productos financieros se ha reducido

El segundo efecto ha sido el contrario, al reforzar el patrimonio de quienes podían estar invertidos en el sector inmobiliario más allá de la vivienda habitual. Las fortunas que han desembarcado en la lista de Forbes son sólo la cara más visible. Pero no es casualidad que las grandes entidades de banca privada hayan desembarcado en España. Así, el calentón inmobiliario ha segmentado en mayor medida el mercado del ahorro, en un flaco favor a la cultura financiera del país.