Lealtad, 1

Las barbas del vecino

Cuando se conoció el dato del desplome en el número de viviendas vendidas en Estados Unidos en enero -un 16,6%-, la valoración de los analistas fue, a grandes rasgos, tranquilizadora. La desaceleración del mercado inmobiliario estaba metida en las ecuaciones, y que fuese algo más abrupta de lo esperado apenas incomoda al gestor que ve cómo la Bolsa sube sola. Ahora la crisis de las compañías hipotecarias ha llegado en mal momento. Los mercados están reponiéndose del susto, por lo que la noticia de la posible quiebra de New Century -podrían ser más- se ha tomado por las bravas.

No es para menos. El mercado inmobiliario ha funcionado para Estados Unidos como un gigantesco cajero automático. La revalorización de las viviendas y la refinanciación de hipotecas con tipos en mínimos han permitido mantener la pujanza del consumo durante años.

La crisis de las compañías hipotecarias supone un riesgo de primer orden. No sólo porque los impagos sufridos por estas compañías se pueden trasladar más arriba en la cadena de préstamos, hacia la gran banca de Manhattan, y provocar una restricción del crédito en general. También porque la ruptura de esta parte del sistema puede agravar la caída del mercado inmobiliario que comenzó el año pasado. El de las hipotecas de riesgo no un asunto baladí, sino uno de los flancos de una recuperación tan rápida como inestable.

Paradójicamente parte de la culpa de la crisis actual la tiene el propio desarrollo de la ingeniería financiera alrededor de las hipotecas. Ya se sabe que el cóctel de innovaciones financieras y mercados en ebullición suele dejar una resaca complicada. Afortunadamente, en España no existe tal desarrollo de la industria hipotecaria. Sólo queda esperar que, en un mercado que ha estado más caliente incluso que el de Estados Unidos, las entidades financieras hayan aplicado con rigor los principios de prudencia para limitar los efectos secundarios de la corrección.