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Destinos románticos

París, Verona e Isla Mauricio constituyen tres destinos internacionales ideales para celebrar en pareja el 14 de febrero, día de San Valentín

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Destinos románticos

Lo de menos es saber quién fue San Valentín. Tampoco es cuestión de averiguar qué centro comercial mercantilizó la devoción del santo, un mártir cristiano ejecutado en Roma en el siglo III d. C. por casar en secreto a los soldados, a quienes el emperador prohibía el matrimonio. El caso es aprovechar una ocasión favorable para brindar a nuestra pareja una prueba de cariño. Y ¿qué mejor forma de hacerlo que escapando de la maldita rutina, esa quinta columna de tantos fracasos amorosos? Cualquier lugar puede ser romántico, si uno quiere; algunos lo son por definición, como quien dice. Por ejemplo, los tres destinos que aquí proponemos.

Paris a Deux

Puede resultar un poco tópico, pero pocos se resisten al hechizo que ejerce la ciudad del Sena sobre los enamorados -el Sena, tan presente en los argumentos de todos los chansoniers-. Lo cierto es que ese flechazo ha pasado de ser un asunto personal a casi una cuestión de Estado o municipal, por lo menos. Durante el mes de febrero -y no sólo el día 14- un total de 215 hoteles, 15 restaurantes y varias decenas de empresas de ocio (excursiones por el río, cabarets, etc.) se suman a la campaña Febrero, mes romántico que promueven las autoridades turísticas de la ciudad. Descuentos de hasta un 30% en los hoteles, desayuno gratis (sin diamantes), una botella de champán o un ramo de rosas. En los restaurantes, un menú Especial San Valentín incluirá sorpresas y regalos, golosinas, música. También muchas tiendas, entre ellas las célebres galerías Lafayette, propondrán regalos irresistibles. Hasta el Instituto Francés se apunta a la promoción, con cursos intensivos de tres semanas para extranjeros que quieran aprender a declararse en francés.

En casa de Julieta

Verona es la cuarta ciudad más visitada de Italia, y ello se debe en buena parte a ser la patria de los amantes más célebres del mundo, Romeo y Julieta. Una historia de amor que pudo tener algo de real, puesta en papel por un tal Luigi da Porta; con una traducción de dicho relato, William Shakespeare compuso su propia pieza de teatro, la más grande historia de amor jamás contada. La mayoría de turistas que llegan a Verona recorren aprisa sus muchos y valiosos monumentos (la Arena o anfiteatro romano, el teatro romano, la catedral y las iglesias medievales, los palacios renacentistas) para no perderse por nada del mundo la casa de Julieta. Está a un paso de la Piazza delle Erbe (antiguo foro romano y ahora zoco) y siempre está a rebosar. En el cortile (patio) hay una estatua de bronce de Julieta; la tradición manda hacerse una foto con ella y rozarle los pechos. Para entrar en los aposentos hay que pagar. También se visita la tumba de los amantes en la cripta de San Francisco. Y se puede emular sus flirteos por el Lungádige, el paseo que acompaña el discurrir del río Adigio, con puentes, bancos y discretos jardincillos.

La isla del amor

La pusieron de moda algunos protagonistas de crónicas del corazón, que elegían este apartado paraíso para hacer que escondían sus romances o pasar su luna de miel. Las autoridades locales (Mauricio es independiente desde 1968 y no es más grande que la isla de Menorca) se dieron cuenta del filón que eso podía suponer y sacaron a relucir un mito galante: el de Pablo y Virginia. Una trágica historia de amor novelada por Bernardin de Saint Pierre sobre un hecho real: un naufragio que habría tenido lugar en las costas de Mauricio. Con un clima de envidiable dulzura, todo el perímetro de la isla se ha ido poblando con más de un centenar de hoteles y resorts de fábula cuyos inquilinos pueden vivir en una burbuja de ensueño, con playas y jardines privados, golf, spa, wellness y una cocina muy cuidada. Y si se asoman al interior de la isla, descubrirán una sociedad permisiva y mestiza, donde se mezclan iglesias, mezquitas, pagodas chinas o templos hindúes con mansiones coloniales, ingenios azucareros, volcanes dormidos o el romántico Jardin des Pamplemouses, que tanto inspiraba al poeta Baudelaire.