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Discusión profesional

Martín Largo nos introduce en una ciudad y en un ambiente muy sorprendentes y atractivos. No hay playa ni mar, pero sí un bosque separado del paseo marítimo por una ornamentada barandilla. Es tradición que todos los domingos los ciudadanos se congreguen en él y se diviertan con sus entretenidas atracciones. Ninguna es tan emocionante y, sobre todo, tan culta como la que protagonizan los ancianos don Benedicto y don Mario.

Si bien es cierto que nuestra ciudad no ha sido bendecida con la cercanía del mar, no lo es menos que tan penoso contratiempo no nos impide disponer de un encantador paseo marítimo, el cual, aunque naturalmente no lleva a ningún lugar, permite al paseante, a poco que reflexione, y gracias a su ingeniosa construcción, dar media vuelta y volver sin más al punto de partida. No es la menor de nuestras formas de esparcimiento el consabido paseo dominical, que, sobre todo cuando llega el buen tiempo, congrega a muchos de nuestros conciudadanos en la estrecha franja empedrada que constituye propiamente el paseo, que discurre entre las fachadas de nuestros más bellos y nobles edificios, por un lado, y, por otro, el tupido bosque que viene a ser el confín último de nuestra ciudad, un confín que, pues aquélla fue construida en parte sobre una colina, se encuentra a una altura notablemente inferior a la del paseo, y separado del mismo por un antepecho o, lo que es igual, una barandilla de piedra muy ornamentada en la que ciertas figuras en relieve, talladas artísticamente, describen la historia de nuestra ciudad.

Es de admirar la animación que presenta los domingos el paseo, con los niños y adultos, vestidos a menudo con sus trajes de baño, degustando algún refresco, algún tentempié tradicional, de los que el más popular es sin duda la almendra garrapiñada, o deteniéndose con curiosidad ante una cualquiera de la gran variedad de llamativas atracciones que, tales como los vuelos y las acrobacias de los saltimbanquis, el tiroriro de la banda de música, y la destreza de los malabaristas y sus monicacos, amenizan el día hasta la puesta de sol. Y, pese a todo, no sería exagerado afirmar que ni tales atracciones, en el fondo corrientes en cualquier paseo marítimo, ni el propio paseo, ni la festiva impresión del conjunto serían gran cosa si se les privara de un curioso fenómeno que, sin ser único o exclusivo de nuestro paseo, constituye sin embargo su gran atractivo, el alma, por así decirlo, de los domingos de nuestra ciudad.

Desde muy temprano pequeños y mayores se apresuran hasta el paseo a fin de colocarse en una de las primeras filas para contemplar el espectáculo, y también desde muy temprana edad nuestros conciudadanos, ya que tal espectáculo se repite de manera idéntica desde que tenemos memoria, han esperado durante generaciones el paseo del domingo no a causa de sus entretenimientos vulgares, en los que se puede poner sólo una pequeña ilusión, sino con el comprensible anhelo de presenciar una vez más la pintoresca escena que tiene lugar cada vez más o menos a mediodía, precisamente a la hora en que el paseo, al que entretanto ha ido afluyendo multitud de curiosos, algunos de ellos con el loable propósito de mostrar a sus hijos recién nacidos, por primera vez, el extraordinario fenómeno, está más concurrido. En principio nada llamaría la atención en esas dos figurillas dispares que caminan en dirección contraria y a buen paso, en línea recta y sin distraerse con nada de lo que aparece al alcance de su vista, salvo quizá la determinación y la energía de sus zancadas, como si tuvieran prisa por proceder a la representación que inevitablemente debe producirse a la mitad del paseo y como si ésta debiera suceder siempre por vez primera. Por lo demás, ambas figurillas, altísima y esquelética una, con los cabellos crespos y rizados cayéndole sobre frente y ojos, y rechoncha y esférica la otra, lo más parecido que pueda imaginarse a una nuez con pies, asemejan entre nosotros a espectros de una vida ultraterrena, con sus pesados ropajes de otra época y sus andares precipitados y altivos, como inspirados por una misma idea fija.

Sus nombres son don Mario y don Benedicto, aunque a decir verdad ya nadie recuerda si son estos sus nombres verdaderos o si son sólo los que les han asignado nuestros antepasados. Caminan desde una gran distancia, o más bien desde dos lejanías aisladas e inaccesibles, ajenos a todo menos a ese andar de autómatas, como si ellos mismos ignorasen que están condenados a encontrarse, lo que no impide que, a medida que se acercan, un brillo salvaje y furibundo aparezca en sus ojos. Poco después, el particular sonido de la muchedumbre al agolparse anuncia sin lugar a dudas la proximidad del encuentro.

Al principio los dos personajes parecen sólo vislumbrar vagamente al otro, como si éste no pasara de ser un accesorio más del paisaje. Luego, sin embargo, se dedican mutuamente una mirada en la que empieza a insinuarse un poco de interés, el cual es subrayado por un paulatino retardamiento de la zancada. Por fin, al llegar a la misma altura, ambos personajes parecen disponerse a acelerar el paso, apartando la vista el uno del otro. Esta impresión, sin embargo, dura sólo unos segundos, porque entonces don Mario, con un veloz movimiento que provoca los primeros aplausos de la multitud, da un cuarto de vuelta y se acoda en la barandilla, adoptando en el acto una inmovilidad perfecta que haría pensar a cualquiera que llegase con retraso que permanecía ya ahí desde hacía rato, quizá desde la víspera, absorbido por un difícil pensamiento que podría escapársele al menor descuido.

Entonces don Benedicto se detiene y vuelve lentamente sobre sus pasos, o más bien rueda como una bola de billar sobre el suelo empedrado. En el mayor silencio, porque para entonces los espectadores llevan ya unos minutos conteniendo la respiración, se desliza hasta situarse a la espalda de don Mario, y permanece así, con los brazos cruzados, su espalda contra la del otro, hasta que de la multitud, incapaz de contenerse por más tiempo, surge algo así como un resoplido, un gemir impaciente o un jalear rítmico. Entonces don Benedicto, con un brusco movimiento felino, se vuelve hacia su oponente con los brazos abiertos y con el evidente propósito de aferrarlo con todas sus fuerzas, gesto que en parte, si bien es de admirar en él su precisión, queda deslucido a causa de su reducida altura, lo que le permite agarrarse sólo a una pierna de don Mario, un poco por encima de la rodilla.

El propietario de ésta prueba entonces a zafarse por el sencillo procedimiento de elevar la pierna por encima de la cabeza de su adversario, pero sin éxito, tal es la fuerza con la que el otro la tiene cogida, consiguiendo sólo mantener la pierna doblada y a gran altura, lo que le impediría por completo mantener el equilibrio si no fuera porque para entonces sus dos manos se enganchan como dos tenazas del cuello de don Benedicto, cuyo esférico rostro empieza a adoptar entonces una coloración violácea. Es entonces cuando se observa, por la disposición de los personajes, que la muy justa intención de uno no es otra que la de arrojar al otro por encima de la barandilla, hacia el fondo marino poblado de castaños, y la del otro, no menos justa, la de estrangular a su rival, manteniéndose entretanto en tierra firme a ser posible.

Durante un momento no se aprecia mayor variación en la escena, a no ser el temblor que acomete a las dos figuras a causa del esfuerzo, y casi parecería que la representación va a concluir así, con esa especie de curiosa pose escultórica, cuando de la diminuta boca de don Benedicto, convulsionada por la lucha y ya casi lívida a causa de la falta de aire, surge, como si surgiera de lo más profundo de un océano, un sonido ronco que, tras una breve vacilación, como si la voz temiese no ser capaz de dar a su insulto la entonación debida, acaba por articular un aullido discernible que es a la vez de dolor y de gozo: '¡Costumbrista!'.

En ese momento se escucha la primera verdadera ovación, a pesar de que los brazos del exhausto don Benedicto parecen aflojarse. '¡Costumbrista!', repite un coro de incondicionales admiradores, lo que provoca un levísimo movimiento de la cabeza de don Benedicto, el cual, si bien resulta un poco ambiguo, debe interpretarse como una reverencia.

A esto sucede un silencio expectante, durante el cual los ojos de los espectadores se clavan en la figura de don Mario, y especialmente en su rostro, que entretanto manifiesta los signos de estar tratando de encajar el ignominioso insulto. Después, de un modo casi imperceptible, la pierna doblada empieza a balancearse lentamente, adquiriendo en su vuelo cada vez una mayor altura. Y es ahora cuando llega el momento más delicado de la representación, que exige la máxima sincronización de brazos, piernas y cabezas. Para entonces, como es natural, ha vuelto a imponerse un silencio completo, lleno de tensión y de terror, y a la vez esperanzado.

Por fin el vuelo de la delgada y oscilante pierna alcanza su mayor altura, y luego, tras permanecer una décima de segundo suspendida en el aire, se deja caer violentamente justo hacia la mandíbula de don Benedicto, quien tuerce la cabeza en el momento justo para evitar el contacto de su boca con la suela del zapato de don Mario, aunque no, por desgracia, con la suficiente energía como para eludir el golpe, que recibe directamente en la oreja izquierda.

A continuación la boca abierta de don Benedicto aprisiona la parte de su rival que tiene más cercana, lo que provoca un grito desesperado de éste, el cual resuena en todo el paseo de un modo también insultante pero a la vez triunfal: '¡Formalista!'. A lo que, tras un breve silencio, el coro responde como un terrible eco: '¡Formalista!', escuchándose acto seguido una estruendosa salva de aplausos. Todavía en esa incómoda posición las cabezas de los contendientes, sin dejar de exhibir una profunda angustia, se inclinan una y otra vez mostrando su agradecimiento y a la vez tratando de discernir cuál de los dos disfruta de las preferencias del público. æpermil;ste, como ocurre con todos los públicos, es veleidoso e inconstante, lo mismo en sus aborrecimientos que en sus favores, por lo que siempre resulta difícil advertir cuál de los dos rivales es su predilecto, si es que lo es alguno. Por lo demás, estas discusiones profesionales entre escritores resultan agradables en el momento de su apoteosis, pero pierden su atractivo pasado algún tiempo.

Los espectadores empiezan a disgregarse y ya sólo se oye un tímido aplauso aquí y otro allá, o bien algún joven trata de impresionar a una muchacha repitiendo uno de los gestos realizados antes por los contendientes, levantando exageradamente una pierna o encogiéndose y haciendo rechinar sus dientes. '¡Costumbrista!', o bien: '¡Formalista!', se oye todavía aisladamente a los lejos. Pero nada de esto impide que las cabezas de los contendientes prosigan con sus reverencias hasta que se ha alejado el último de sus admiradores. Luego, abandonan su pose escultórica, se alisan las ropas a la vez que comprueban el estado de sus heridas, se cubren éstas con unos pañuelos que previamente han desdoblado con la mayor parsimonia y, sin dignarse mirar a su adversario, reanudan la marcha en la misma dirección que llevaban antes de encontrarse, devueltos ya al anonimato de nuestro paseo marítimo.

A un lado y a otro vuelven a formarse corros en torno a la banda de música, a los saltimbanquis y a los titiriteros. En esta época, como en todas, la gente, olvidadiza de natural, vuelve a sentirse atraída por los entretenimientos vulgares, y sin embargo nadie duda que tampoco está de más un poco de cultura de vez en cuando.