CincoSentidos

La hora de la verdad

El protagonista se hizo artificiero porque no había sudado nunca en su vida. En su profesión, una sola gota puede conducir a que todo se vaya al garete. Además tiene buenas manos y la cabeza muy fría. Un día del mes de febrero lo llamaron para sacar a un hombre de un coche. Salvarlo era sumamente difícil, por no decir imposible. Hacía mucho frío. Al final del todo pensó que estaba muerto y se secó el sudor que le corría por el rostro.

Me hice artificiero porque no sudo nunca. Ni haciendo deporte, ni en la sauna, ni en un vagón del metro con el aire estropeado en hora punta, ni cuando estoy desarticulando un mecanismo que puede explotar en cualquier momento. He visto tíos muy buenos en lo suyo a los que se les ha ido todo al garete por sudar. La gota que nace de pronto en medio de la piel, que brota, como suele decirse y si hay algo que puede definirse como brotar es eso, esa lágrima fuera de su sitio que engorda y se cuelga del pliegue de la frente como un nido de arañas que crece y crece y amenaza el éxito de lo que hacen las manos. Porque las manos saben de esa gota. Tiemblan un poco, imperceptiblemente, al mismo tiempo que ella, y tienden a enjugarla a pesar de que saben que no pueden, que no deben. En mi profesión, las manos lo son todo. Ni siquiera una cabeza fría sirve para gran cosa sin unas manos hábiles, de esas que actúan por sí mismas, con su propia sabiduría infalible. Yo tenía buenas manos y una cabeza fría. Y jamás he sudado.

Recuerdo que era febrero cuando nos llamaron para sacar a aquel hombre del coche. Uno de los febreros más fríos que se recuerdan, decían a todas horas las radios y la tele. Había estado nevando cuarenta y ocho horas seguidas, y las calles del centro estaban llenas de quitanieves a la deriva y de huellas embarradas.

Los muy hijos de puta habían hecho un trabajo de primera. Lo habían forrado de goma y lo habían encadenado al volante de manera que cualquier intento de sacarlo de allí haría que explotasen él, el coche y el edificio que se alzaba sobre la columna del parking a la que habían adosado toda esa mierda: uno de esos edificios modernos, engendrados por un genio que un buen día va y decide que va a hacer un edificio íntegramente apoyado en una columna.

Un trabajo de primera. Los llamábamos hijos de puta, pero yo los admiraba. Para mí, no eran enemigos, sino rivales. El que se carga un tío de un tiro, ése es mi enemigo. Pero el que maquinaba una cosa como ésta era mi rival. æpermil;l sembraba una semilla de terror que yo podía desbaratar. Mal que bien, me daba una opción. Y también, pensaba a veces -cuando volvíamos al cuartel y nos íbamos de cabeza a las duchas, los demás con la ropa pegada al cuerpo y yo tan campante-, esas veces pensaba que el que construía todo el mecanismo con tanta paciencia, con tanto primor, con tanto odio, imagino, ésa era, en realidad, mi razón de ser.

El caso es que en el parking aquel de los demonios hacía más frío aún que en la calle. Habían puesto a tope el sistema de ventilación porque aquel hombre se ahogaba encadenado al volante y temían una crisis. Cuando llegamos estaban allí los nacionales. El médico le estaba tomando el pulso, pero no se lo encontraba, decía. Era uno nuevo, muy joven. 'Cómo le va a encontrar el pulso si él mismo está temblando'. Efectivamente, el pobre temblaba de la cabeza a los pies y le cogía al hombre la mano como con asco, como si fuera a explotar por ahí. Hubiera sido cosa de risa, si no fuera por lo que era. Me acerqué con el jefe y vi que, a pesar de haberse quitado la cazadora y una bufanda, tenía la cara empapada de sudor; las manos le resbalaban en la muñeca del otro. 'Tienen que sacarle pronto de aquí', dijo. 'No me diga', respondió el jefe. No le gustaba la gente que se ponía a sudar a las primeras de cambio, decía. Por eso me llevaba siempre con él.

El edificio había sido desalojado, pero los coches seguían en el parking. Los perros acababan de dar la segunda pasada olisqueando los bajos, cuando de la rampa de acceso nos llegó un alboroto inesperado: una rubia, toda melena y tacones, hecha una loca. Ni sé cómo había podido llegar hasta allí. Quería sacar su coche, decía. Llevaba un abrigo de piel hasta los pies y accionaba un mando a distancia. Cuatro metros más allá, un BMW descapotable guiñaba los intermitentes. Cuando vio el coche con el hombre dentro, se abalanzó hacia él, 'Pero ¿qué le están haciendo?', gritaba, y hubo que sujetarla hasta que se calmó. Miré al hombre, que la miraba a ella: tenía la cara surcada por mil ríos de sudor y la mirada fija, una mirada insondable y quieta, como si ya estuviese muerto y le diese mucha vergüenza estarlo. He visto esa mirada otras veces, pero nunca con esa intensidad: la mirada del que pide disculpas por el modo ridículo en el que va a morir. La mujer, medio derrumbada en el suelo, medio sujeta por el jefe, lloraba asumiendo poco a poco lo que estaba pasando. Lo conocía, por supuesto: conocía al hombre atrapado en el coche; todos lo conocíamos, todos nosotros y todo el país. Era increíble que esto pudiera pasar, decía ella, era increíble, lo repetía mientras lloraba destrozándose el maquillaje, olvidada ya de su BMW, 'Es increíble que esos hijos de puta -los llamó como yo pero con mucha rabia- hayan podido llegar hasta aquí'.

En fin, para nosotros, a partir de ese momento, aquel tipo que sudaba y nos miraba ya casi desde el otro lado tenía que ser un hombre como los demás, ni siquiera eso, tenía que ser un mecanismo. Así que nos pusimos manos a la obra, un simulacro de operación quirúrgica mientras el resto de la gente desaparecía rampa arriba, y alguien preguntaba la hora. 'Las cinco en punto de la tarde'. Y aquel hombre, que no había hablado, sacó una sonrisa de no se sabe dónde, nos miró y dijo: 'Adelante, señores: la hora de la verdad'.

Jamás en mi vida había visto nada así. Era mucho más que complicado, era diabólico, dijo el jefe rompiendo a sudar. Esa tarde lo hizo antes que de costumbre. Media hora parece poco, pero es mucho cuando cada segundo se convierte en un mundo insoportable de tensión: hay que seguir los cables, desnudarlos, escudriñar poco a poco su intención y su sinceridad. Hay cables engañosos, hay otros que son lo que parecen, hay unos terceros que te llevan derecho a la muerte antes de lamentar ese estúpido error, tan evidente cuando lo has cometido, ni un segundo antes. Media hora parece mucho, pero se hace muy corta cuando estás cara a cara con tu futuro inmediato, ese planeta frágil en el que todo es posible todavía.

Aquel hombre hacía lo posible por facilitarnos el trabajo. Apenas respiraba, los ojos fijos en algún punto más allá de todos nosotros -y yo me preguntaba qué estaría viendo allí, tan lejos-, pero se deshacía en sudor a pesar del aire helado. 'Nunca hemos fallado', le dije. Y él volvió hacia mí sus ojos de alucinado como si no entendiera, y luego sonrió muy débilmente. Los dedos se entumecían por el frío, los dedos del jefe y los míos sujetando cables, eligiéndolos, usando nuestros instrumentos de cirujano en menos de un milímetro cuadrado y por eso noté aquel levísimo estremecimiento de sus manos en el mismo momento en el que cayó entre nosotros una pequeña gota de sudor. Miré al jefe y él me miró a mí. No había necesidad de hablar para hacer sufrir a aquel hombre inútilmente. Después de desnudar, perseguir, interpretar todos aquellos cables del demonio, habíamos llegado a lo que entre nosotros llamamos un callejón sin salida.

Eran las cinco y media de la tarde cuando nos fue comunicada la propuesta. Bajaron la rampa dos colaboradores de aquel hombre. 'Se acabó -dijeron-; esos hijos de puta quieren hablar'.

La cosa era sencilla. Una orden a cambio de que enviaran a uno de los suyos a deshacer el mecanismo. Nadie más podrá desarticularlo, dijeron. Y yo sabía que era verdad, pero también sabía que el hombre que latía entre mis manos jamás había cedido a ningún chantaje. Si él explota, explotaré con él, recuerdo que pensé. Y pensé también que tal vez era ese día de febrero el día que llevaba mi hora marcada entre las cinco y media y las seis de la tarde. Un día como otro cualquiera, un poco demasiado frío quizás, y también pensé entonces que iba a morirme sin haber sudado.

Hay dos maneras de proceder frente a lo que llamamos un callejón sin salida. Una es la explosión controlada; la otra es jugártela a cortar un cable: si no explota, has acertado. El jefe lo explicó cuando aquel hombre le preguntó, con una voz más firme que antes, por las probabilidades. Los demás se indignaron. No se la podía jugar, decían, él no. La única opción era negociar. Pero aquel hombre nunca había negociado. Así que les dije que yo estaba dispuesto a intentarlo. Hubiera estado bien, pienso ahora: cortar un cable y ver qué pasaba. Ruleta rusa, lo llamábamos, y nunca había tenido que hacerlo, pero en esos momentos me picaban las yemas de los dedos hacia los cables de colores. La muerte en un extremo y, en el otro, el triunfo más completo: en el otro, la gloria. Hubiera estado bien, pero ellos no quisieron. Nos agradecían nuestro coraje, dijeron. Habíamos hecho lo que habíamos podido. Dentro de poco, toda esa pesadilla habría acabado.

El jefe se marchó, pero yo me arrodillé al lado de aquel hombre. 'Déjeme intentarlo -le pedí-, que se vayan todos y nos quedamos solamente usted y yo. Imagine que lo conseguimos'. Sonrió otra vez, débilmente; le goteaba la barbilla y en sus ojos leí una vergüenza diferente a la de antes, cuando creía que iba a morir de esa forma impotente. 'Tiene usted un valor extraordinario'. Alguien, detrás de mí, habló de la nobleza de la gente corriente, alguien repuso que, al fin y al cabo, ése era mi trabajo, alguien recordó que las personas cuya vida es un símbolo constituyen una prioridad, y entonces comprendí que no había más que hacer. Así que me senté al lado de la columna, a esperar.

A las seis y media llegó aquel tipo. Nunca había visto a uno de ellos cara a cara. Parecía un adolescente canijo y desmedrado hasta que lo mirabas a los ojos. No quiso hablar con nadie salvo conmigo, y eso se lo agradecí. '¿Cómo lo hubieras hecho?' Se lo dije. Me miró brevemente. 'No te olvides nunca, de ahora en adelante, de que estás muerto'. Y deshizo el mecanismo en tres segundos. '¿Ya está?'. Se encogió de hombros sin contestar. 'No será un kamikaze', dijo alguien, y él sonrió con sonrisa torcida de desprecio. Pero yo sabía que no lo era. Y sabía que desde entonces, durante el resto de mi vida, me repetiría cada vez que me mirase al espejo que en realidad estaba muerto; que exploté en esa tarde helada de final de febrero con un símbolo a mi lado.

Estaba nevando de nuevo cuando salí a la calle. Vi alejarse la ambulancia con los cristales bien protegidos de curiosos, escoltada por las motos y los coches. El vaho casi se helaba al salir de la boca. Noté que el jefe me miraba fijamente y entonces fui consciente de mis mejillas húmedas, mis puños apretados y la barbilla temblona. 'Nadie lo hubiera conseguido -me dijo-; era imposible'. Los demás se acercaban ante mis ojos borrosos. Me tendió un pañuelo: 'Anda, sécate ese sudor'.

Era febrero, lo recordaré siempre: el febrero más frío en muchos años, decían los periódicos. El febrero más frío de mi vida.