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Isla de Capri, de cine

Es uno de los mitos de cualquier viajero, sobre todo en época estival. A ello ha contribuido el cine y la lluvia de estrellas que ha caído y sigue cayendo sin cesar

No fueron los dedos de Dios, sino las furias del Vesubio las que formaron y modelaron aquella escenografía atormentada y plácida a la vez. Desde emperadores y patricios romanos al guaperas de Tom Cruise, la isla, como una sirena azul, no ha dejado de fascinar y de atraer a ricos y poderosos. Por cierto, ese último galán se cubrió de gloria, hace una década, salvando arriesgadamente a una familia suiza cuyo yate se había incendiado, a tiro de piedra de la Marina de Capri. Salió en todos los periódicos. Pero el nombre mágico de la isla ya había dado la vuelta al mundo en forma de canción festivalera -Capri, c'est fini!- y sobre todo de película - recordemos, a bote pronto, Capri, que rodó en 1959 Vittorio de Sica con Sophia Loren y Clark Gable, nada menos, o L'imperatore di Capri, de Luigi Comencini, con el cómico Totó, pero son muchas más.

La cosa es que se habituaron a venir las estrellas que alumbraban Hollywood allá por los años 50: Liz Taylor y su segundo marido, Michael Wilding, Kirk Douglas, que repostaba whisky con inquietante asiduidad en la Piazzetta, Joan Crawford, Jack Lemmon... Por no hablar de otros galácticos como Onassis y Jacqueline Kennedy, el bailarín Nureyev (que se compró una isla cercana, ahora convertida en hotel y casino) o el padre y señor de la Fiat, Gianni Agnelli.

Los primeros ricos y famosos metidos a promotores de Capri fueron los emperadores Augusto y, sobre todo, Tiberio, su sucesor. El cual, viejo ya y misántropo, se enrocó en la isla convirtiéndola en secreta capital del imperio. Se hizo construir doce villas (hoy se puede visitar Villa Jovis y Villa Damecuta) y vivió entregado a la lascivia y crueldad más inauditas. Eso, si hemos de creer a las fuentes históricas, que estaban financiadas por los herederos, interesados en convertir a Tiberio en un monstruo de maldad (unos plomos encontrados en la Bética andaluza permiten alimentar dudas sobre la exactitud de esa leyenda negra). Un día salió éste de Capri, y ese día lo estrangularon.

Tiberio salió de allí y lo estrangularon. Después llegaron los lombardos, los normandos y los españoles. Fue redescubierta en el siglo XIX por los poetas románticos

Luego vino la oscuridad, la zozobra común a aquellas costas, sucesivamente ocupadas por lombardos, normandos, aragoneses o españoles; eran éstos los que gobernaban Capri cuando los ataques berberiscos de Barbarroja y Dragut. Sólo entrado el siglo XIX recuperó la isla de Capri el lustre de la era imperial. La descubrieron los románticos alemanes. El poeta August Kopish y el pintor Ernest Fries, con un pescador y un notario, penetraron en 1826 en la Gruta Azul: no estaba repleta de basiliscos y sierpes marinas, como decían el cura y la leyenda local, sino que mostraba evidencias de haber sido un ninfeo romano. El poeta August von Platen hizo célebre la cueva entre escritores, artistas y aristócratas europeos.

Los cuales comenzaron a llegar como un enjambre. Los isleños tuvieron que acostumbrarse a las extravagancias de aquellos chiflados que se vestían con túnicas y coronas de pámpanos para sentarse a cenar.

No menos de cuarenta villas son históricas. Sólo se visita la del médico y escritor sueco Axel Munthe, Villa San Michele, un auténtico museo. Entre los pintores afincados se recuerda a Karl Wilhem Diefenbach, muerto allí en 1913, cuyos lienzos nutren un museo en la Certosa de San Giácomo. También vagaron músicos consagrados, como Félix Mendelssohn o Claude Debussy, pintores jóvenes como Renato Guttuso y Fortunato Dépero, y muchos escritores, como Oscar Wilde, Reiner Maria Rilke o el novelista ruso Máximo Gorki, que vino acompañado por Lenin. De talante muy diverso era Curzio Malaparte, autor de La piel (luego llevada al cine), quien se hizo construir, en 1939, una villa racionalista en Punta Masullo. Otros escritores asiduos fueron Alberto Moravia y su mujer, Elsa Morante, que también pertenecía al gremio, o los foráneos Norman Douglas, Graham Greene y la hija de Thomas Mann: éste había novelado las andanzas del industrial del acero y vecino de Capri Federico Augusto Krupp, trasladadas al cine por Visconti en El ocaso de los dioses.