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París, primavera impresionista

Creo que es en su película Manhattan donde Woody Allen enumera una lista de cien razones que le impiden suicidarse. Una de ellas es, naturalmente, París. A París no basta con conocerla. Hay que volver de tanto en tanto, como quien va a hacerse un chequeo de salud espiritual. París siempre tiene algo nuevo, y además, necesario. París no es un lujo, es una necesidad.

Lo último, o lo penúltimo, de París se está cociendo en Bercy. Era un suburbio de la zona sur, que en los viejos daguerrotipos aparece con un puerto destartalado y sucio. Ahora Bercy es el mayor chantier (zona de obras) de Europa. Allí se alza la faraónica Biblioteca de François Mitterrand, y el Palacio Omnisport (cuyas paredes tapizadas de césped ha copiado Nouvel para su museo de las Artes Primeras, a punto de inaugurarse), allí se han llevado instalaciones universitarias y culturales, como Cinecité, con diecisiete salas, o el Instituto del Mundo Árabe. Y allí se va a inaugurar el último puente de París, el número 37, bautizado con el nombre de Simone de Beauvoir.

Otra de las novedades, junto al parque que sirve de pulmón al barrio, es la Cinemathèque o Filmoteca Nacional. En realidad, el edificio ya estaba ahí, esculpido por Frank Ghery en su inconfundible estilo (era el American Center); desde hace seis meses se ha aposentado en él la Cinemathèque, con tres salas de exhibición, más otra para niños, un pequeño museo, mediathèque abierta al público, archivos, etc. Y espacios para muestras temporales, dos al año: la primera estuvo dedicada a Renoir (el nieto del pintor y patriarca del cine francés); la segunda estará dedicada a Pedro Almodóvar, con quien parecen fascinados los parisinos, con él y con la mouvance pop (movida). La muestra, supervisada por el propio Almodóvar, se inaugura el 5 de abril y estará hasta el 31 de julio (es probable que luego viaje a España).

Otra novedad primaveral: la gran exposición que en el Musée d'Orsay enfrenta a Pissarro con Cézanne (el centenario de cuya muerte se conmemora en toda Francia). Lo que más sorprende son las colas. La gente se pega por entrar (y no es gratis). Otra cosa que llama la atención es cómo los mismos objetos, el mismo paisaje, la misma calle, pintados al mismo tiempo por dos amigos (su contacto se extendió de 1865 a 1885) pueden ser tan diferentes. Pissarro y Cézanne coincidieron con sus caballetes en Auvers-sur-Oise, uno de los pueblitos a las afueras de París (a unos 30 kilómetros) a los que podían escapar los pintores ansiosos de aire libre, gracias al ferrocarril. Para Pissarro los cuadros pintados en Auvers son una meta, una gozosa plenitud; para Cézanne, sólo un punto de partida, su arte lleva un embrión imparable hacia la forma pura, hacia la esencia abstracta.

Auvers ha cambiado, aunque no tanto. En el castillo dieciochesco que domina el pueblo se puede visitar un Museo de los Impresionistas que no ofrece obras originales, sino un recorrido audiovisual por la aventura 'excursionista' de aquellos bohemios.

Otro de los afincados en Auvers fue Van Gogh. Allí pasó los últimos 70 días de su vida, en los cuales realizó 70 pinturas, 30 dibujos y un grabado. Se alojó en un cuartucho del Auberge Ravoux, que se visita, casi religiosamente, como lieu de memoire. La alcaldía, la iglesia y otros rincones del pueblo tienen delante un panel con el cuadro correspondiente de Van Gogh. El pintor salió un día a las afueras y se pegó un tiro. Tardó en morir. Dio tiempo a avisar a su hermano Theo, quien lo hizo enterrar en el pueblo. Theo murió seis meses después; su cuerpo reposa junto al de su hermano, con una sencilla lápida y una hiedra que arropa, como un colchón, ambas sepulturas.