COLUMNA

Las cajas de ahorro y las sospechas

La opa hostil y todavía incierta lanzada por Gas Natural sobre Endesa ha producido, más allá de sus razones o sinrazones empresariales, unos efectos colaterales de gran alcance que se han hecho sentir en áreas tan diversas como las relaciones entre el Gobierno y la oposición, entre la Iglesia y el Estado, entre Cataluña y el resto de España, entre las distintas fuentes de aprovisionamiento energético basadas en el carbón o en el gas, entre liberales que despiertan como intervencionistas y a la recíproca, entre capuletos y zapatiestos, entre centralistas y periféricos, entre nacionalistas de diferente cuño y radio de acción, entre doctrinos y pragmáticos, entre oteadores del futuro y zahoríes de yacimientos históricos, entre globalizadores de ocasión y simuladores de los más rancios valores, dispuestos a izar bandera de conveniencia.

El movimiento sísmico de la citada opa, de intensidad 5 en la escala de Richter según el observatorio de Toledo, ha afectado de lleno a La Caixa y de rebote obliga a volver sobre el antiguo debate general en torno a la naturaleza de las cajas de ahorro.

Recordemos que desde hace años había al respecto distintas escuelas de pensamiento. La primera, consideraba que las cajas de ahorro constituían un modelo ventajoso en el ámbito de las instituciones de crédito. Un modelo que se diferenciaba de manera neta del seguido por los bancos con sus acciones, sus accionistas, sus dividendos y su canesú, conforme a las pautas marcadas por el capitalismo convencional. Un modelo que suscitaba admiración, que funcionaba con eficiencia y que, además, carente de la obligación de retribuir al capital, dedicaba sus beneficios a fines sociales en el ámbito de la infancia, de los mayores, de los discapacitados, del deporte, de la cultura o de la investigación.

Por el contrario, otro sector de la opinión nada más toparse con la expresión cajas de ahorro empezaba a segregar la bilis de las más agudas y generalizadas sospechas. A su parecer las cajas eran una anomalía heredada del trasnochado costumbrismo casticista y zarzuelero, carente de sentido en la hora actual. Las cajas eran un híbrido, una especie de OVNI o mejor de OFNI (Objeto Financiero No Identificado), un elemento perturbador de la competencia por el régimen fiscal favorable que se les aplica. Una res nulius que, perdidos en la noche de los tiempos sus orígenes asistenciales, caritativos, de beneficencia o en línea con las directrices pontificias de la llamada 'justicia social' conforme a la terminología acuñada por León XIII en la Rerum Novarum, terminaba primero por quedar en manos de sus gestores, que a nadie rendían cuentas, y después, con la llegada del Estado de las Autonomías, derivaban en instrumentos financieros al servicio de los poderes políticos regionales y municipales cuando no en meras canonjías fuera de toda responsabilidad exigible, salvo las atribuciones inspectoras ejercidas por el Banco de España.

Negros pronósticos avanzaron que necesariamente la contaminación política colorearía a las cajas y las privaría de la confianza de los que empezaron siendo impositores y ahora fungían de usuarios y clientes.

Pero las cajas siguieron cabalgando y cabalgando y hoy día suponen más del 50% del sistema de crédito y ahorro. Además, apenas han dado problemas si se comparan con la magnitud de las quiebras registradas desde la Banca de Siero del patriarca Ramón Rato en adelante, con episodios como el del Banco de Navarra, el de Valladolid, el del Noroeste, los de Rumasa o el de Banesto, que hubieron de recibir los cuidados paliativos de la UVI bancaria pagados por cuenta del contribuyente.

Mientras tanto, los bancos huyeron de su presencia en los sectores industriales y empresariales, a los que sólo se acercaron con inversiones circunstanciales a la búsqueda de plusvalías que sumar como beneficios atípicos en las cuentas de resultados que han de exhibir para alentar la cotización en Bolsa de sus títulos. Y aparecieron las cajas para tomar el relevo en muchos sectores como el eléctrico, además de su instrumentalización por los poderes territoriales siempre propensos a emular al INI de las empresas públicas. Pero el caso de la opa de Gas Natural sobre Endesa debe juzgarse por sus propios méritos. Si hay modificaciones necesarias en la regulación de las cajas adelante, pero sin incurrir en la legislación ad hoc para el caso concreto.