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Una escuela para emular a Fernando Alonso

A finales de los 90, la escudería de Fórmula 1 AGS se recicló como escuela de conducción. Eso sí, no se trata de una escuela cualquiera, sino de un colegio de lo más especial. De hecho, es el centro de aprendizaje a la conducción de monoplazas de competición con mayor prestigio mundial.

En este sentido basta decir que la firma relojera suiza Tag Heuer, la misma que se ocupa desde hace años del cronometraje en los diferentes certámenes de Fórmula 1, es socio oficial desde 2003. El centro de adiestramiento está emplazado en Gonfaron, en plena Costa Azul francesa y a sólo 30 minutos de Saint Tropez. En su particular parque móvil dispone, entre otros muchos, de un total de diez Fórmula 1 monoplaza, complementados por sendas unidades biplaza.

Los cursos son impartidos en el circuito de Luc, en la región de Var. Se trata de un trazado limpio y muy técnico, de 2,8 kilómetros de extensión, en el que se alternan y suceden largas rectas y curvas muy rápidas, virajes de los que los monoplazas acostumbran a salir a una velocidad de unos 290 km/h.

Lo mejor es percibir que cuanto más rápido se circula, mejor va el coche

Y logran esas velocidades porque los coches de enseñanza son auténticos bólidos de carreras, modelos de Gran Prix. De hecho, los AGS Fórmula 1 se impulsan con propulsores de origen Ford, de ocho cilindros en V, con 680 CV de potencia -a 14.500 rpm. Es decir, apenas si ceden rendimiento frente a los Jaguar y Jordan de competición dotados de mecánicas similares, y que erogan unos 780 CV. Por otra parte, pesan 550 kilos -lo mismo que los modelos de carreras-, están dotados de un sistema antipatinaje -semejante a un control de tracción-, y transfieren su potencial a las ruedas traseras mediante una caja de cambios semiautomática con mandos de selección instalados en el volante, igual que el RS25 de Fernando Alonso.

El redactor que suscribe estas líneas tomó partido en uno de los cursos de este centro. En la escuela AGS nada queda al arbitrio. Dicho de otro modo, sus responsables son conscientes de que, aún con ciertas dotes al volante, la mayoría de los alumnos inscritos no son expertos en la materia, sino auténticos aficionados a todo lo que huela a gasolina. Por ello, antes de ponerse a los mandos de semejantes monstruos cada pupilo recibe una serie de nociones teóricas, y sobre todo prácticas, a los mandos de un Fórmula Opel de 180 CV. Por la tarde, y de nuevo embutidos en el mono de faena, se meten en harina.

Tras la señal del ingeniero, un mecánico procede al arranque -neumático- de la criatura, que cobra vida al instante. Conforme a las nociones recibidas, se acelera hasta 7.000 rpm a coche parado. Tras una salida a trompicones, se dedican las primeras vueltas a familiarizarse con las maneras de la montura. Curva a derechas, curva a izquierdas, muchas de ellas, en segunda, para tener todo bajo control. Se frena a cincuenta metros de cada una sin que se inmuten los discos de carbono, algunos de los bucles se superan en sexta a fondo. Lo mejor es percibir que, cuanto más rápido se circula, mejor va el coche. Se percibe con claridad la succión del alerón anterior y del spoiler posterior. La fuerza de aceleración es tremenda -en sólo dos segundos pasa de 60 a 220 km/h, y decelera hasta 90 km/h en uno solo-. Al final, y tras unas diez vueltas, se acaba extasiado… pero feliz.