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'El teatro tiene que estar al margen de los electoralismos'

Actor, director, gestor de teatro. El interés por conocer todos los resortes de las artes escénicas ha llevado a Mario Gas a complementar las tres actividades. 'Cuando me acucia la necesidad, aparece una en primer término y la otra queda agazapada', confiesa. Subirse al escenario es para él tan fascinante como quedarse entre bambalinas. O como organizar un equipo y transmitirle sus ideas para abrir al público el apetito del teatro, la música o la danza.

Con esas ganas llegó hace casi año y medio al Teatro Español, enseña cultural de Madrid. 'Creo que el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, y la concejala de las Artes, Alicia Moreno, querían dejar su impronta en las artes escénicas y tuvieron la idea de pensar en mí y la mala suerte de que me apeteciera y de que después de discutir ciertas cosas acabara diciendo que sí', bromea.

Mario Gas ha estado al frente del Saló Diana, en Barcelona, ha sido responsable de la l'Assemblea d'Actors i Directors, que puso en marcha el Festival Grec en 1976, ha llevado la gestión artística del Teatro Condal de la capital catalana, pero es la primera vez que dirige un teatro de titularidad pública. 'Por un lado, es un trabajo arduo y complejo, que conlleva una gran responsabilidad; por otro, es una experiencia que te permite ir un poco más allá de las leyes de mercado', y matiza, 'sin dar la espalda al público'.

'El teatro no está hecho por máquinas sino por personas y, tal y como está la economía, es caro producirlo'

Su trabajo no ha hecho más que empezar. Quiere hacer del Español una institución con más de cuatro siglos de historia, un teatro municipal abierto y que pivote siempre entre la tradición y la experimentación. Tradición, que no convención. 'Para avanzar en el arte, como en la vida, hay que contar con lo que tienes y a partir de ahí, con un afán de curiosidad y experimentación, adaptarse a los nuevos tiempos'.

Teatro, danza, música -popular o de vanguardia-, actuaciones en la calle, producciones propias, coproducciones, presencia de directores internacionales. Mario Gas no quiere corchetes en el Teatro Español porque, además, esa vocación de totalidad e intercambio no es ajena a la historia de un espacio escénico que entre el siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX estrenó ópera italiana y española, recuerda.

Consolidar el público del teatro y atraer a nuevos espectadores. 'Sorprenderles y abrirles las ganas de consumir teatro, música y danza de manera continuada'. La tarea no es fácil en un mundo dominado por el marketing, admite. En Madrid, la taquilla la nutren los musicales. ¿Desalentador? 'No. Sería desalentador si nadie quisiera ver ninguna propuesta escénica'. Con todo, cree que las cifras a veces son engañosas y que lo importante es la relación entre los contenidos del teatro y el público que asiste. Rechaza, en cualquier caso, que influya el precio de la entrada. 'El teatro no es caro. Es un oficio o un arte, casi siempre es un oficio y a veces se consigue que sea un arte, que no está hecho por máquinas, sino por personas y, tal y como está la economía, hoy en día es caro producirlo. Claro que si empezamos a pensar que el teatro es caro, iremos bajando los precios y seguirá siendo caro'.

Un teatro para el siglo XXI con infraestructuras de su tiempo. Mario Gas pretende dotar al Español de una sala b, un café concert, lugares de ensayo, biblioteca, videoteca, discoteca. Cuenta con un presupuesto anual de unos 5 millones de euros. 'Es el correcto, aunque peleamos para que cada año aumente y podamos ampliar nuestras actividades y poner a punto el edificio, que ha estado un poco abandonado en los últimos 20 años. No se trata de dilapidar recursos públicos, sino de dotar al teatro de mejoras para que pueda convertirse en un servicio público, para los espectadores y los profesionales'.

Mario Gas considera que le queda mucho camino por recorrer y que para desarrollar una tarea se necesita determinado tiempo, pero otra cosa es echar raíces en el cargo. 'Uno de los peligros es creer que el cargo público es uno mismo'. Las elecciones municipales, previsiblemente en 2007, marcan un límite. Después, si las personas que están en el poder le renuevan la confianza, decidirá. Y se lamenta de que en España se confunda teatro público con teatro al servicio de un partido político o Administración. 'El teatro tiene que estar al margen de los electoralismos'.

Independencia desde la responsabilidad

'Todo el mundo dice que me dejan hacer lo que quiero', responde Mario Gas cuando surge el tema de la independencia y libertad con la que ejerce el cargo. 'Es gratificante que en el diseño de la programación anual, el nivel de interferencia del alcalde y de Alicia Moreno sea cero. La independencia y la libertad también vienen acotadas desde mi responsabilidad'. El director, nacido en Montevideo (Uruguay) en 1946, ha invitado a directores como Jorge Lavelli, que presentó en diciembre La hija del aire, o Barbara Wagner, cuyo montaje Julio César estará en cartel hasta el 26 de junio. Hay muchos directores en los que está interesado, uno de ellos el alemán Peter Stein. 'Vamos a intentar que pase por aquí'. Le hubiera encantado traer a Ingmar Bergman, 'uno de los directores más descomunales que ha dado el teatro del siglo XX', pero lleva tiempo fuera del circuito.

Además de interpretar y dirigir teatro, Mario Gas ha puesto en escena óperas, ha diseñado la escenografía de alguna de sus obras y ha sido crítico teatral. En julio estrenará en el Festival de Mérida su nuevo espectáculo de este año, A Electra le sienta bien el luto, de O'Neill.

Antes, el Teatro Español acogerá los espectáculos de Ricardo III, por el Centro Dramático Gallego (del 30 de junio al 3 de julio); Romance de la valentía, con Miguel Poveda y Martirio (los días 7 y 8 de julio), y la reposición de La eterna canción, zarzuela de Pablo Sorozábal, con dirección musical de Manuel Gas y escénica de Ignacio García (del 15 de julio al 1 de agosto), que también estará en Peralada.

Y después del verano, estrenará La Zaranda y los espectáculos del Festival de Otoño, a cargo del teatro japonés Bunraku, el Odeón de París y los artistas Jordi Savall y Jérôme Savary.