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Secretos de despacho

Arte y esmeraldas en Ansorena

Jaime Mato recibe a sus clientes en una almoneda bermellón rematada con querubes de vainilla. Su pequeño despacho, casi diminuto para un consejero delegado, es el corazón de un laberinto de antigüedades y piezas de coleccionista. El otro gran negocio de la familia, creado en 1974 cuando el abuelo don Ramiro fallece y los Ansorena deciden emprender una nueva actividad sin abandonar la orfebrería, les ha dado más prestigio si cabe: su casa de subastas es hoy una de las más importantes de la capital.

Pocas cosas han cambiado en este establecimiento y en este despacho en las últimas décadas. Es difícil traspasar las puertas de la joyería y no evocar el parloteo de los clientes y el ruido de las cucharillas de alpaca removiendo el azúcar y el té. Ansorena abrió sus puertas en la calle Alcalá en el año 1941 y desde entonces conserva intacta la estructura del conocido salón de té Bakany, al que se accede por una doble escalera de hierro, de reducidas proporciones, oculta tras los tres arcos que hacen juego con los de la fachada.

En la oficina de este García-Ansorena no hay ordenador y el paso del tiempo ha desvencijado los sillones de cuero, pero el visitante apenas repara en estas minucias, deslumbrado por el caballito de porcelana de la dinastía Tang que asoma en la mesa de despacho o el Chagall que adorna una de sus paredes, disputándole el protagonismo a un óleo de Joos de Momper y Jan Bruegher. Si no fuera porque uno sabe que ninguno de estos lienzos son propiedad del consejero delegado y que mañana serán sustituidos por otros de igual valor, pensaría que tanta belleza colgando de las paredes o arrumbada junto al chester de cuero negro -las firmas, Dalí, Picasso, abruman- ha sido colocada allí para vanagloria de un coleccionista. Estos orfebres también son gestores privados de arte y piedras preciosas.

El joven Ansorena es consejero delegado de una empresa familiar donde las mujeres, Elena y Cristina, cedieron voluntariamente el bastón de mando al varón. Ellas, sin embargo, siguen siendo su mano derecha y su mano izquierda. Cristina al frente de la galería de arte, Elena, de la joyería.

El hermano se siente honrado con la confianza depositada y orgulloso del oficio heredado, para el que se preparó desde que era un adolescente: pudo haber estudiado administración de empresas, pero prefirió aprender arte y gemología y convertirse en el joyero que es y que aún hoy disfruta diseñando alguna que otra pieza exclusiva. Diez años después de su nombramiento, Mato sigue sin adornar su currículo con un máster financiero y prefiere dedicarse a cultivar su gusto artístico y sus dotes comerciales, una habilidad para la que se siente especialmente dotado. No en vano es el interlocutor de la firma con la Casa Real. Gran parte de su formación la realiza viajando.

Hay orgullo mal disimulado en este artesano, pero es la vanidad de quien se sabe depositario de una tradición a punto de extinguirse y por la que apuesta sin asomo de duda. Es curioso que Mato pronuncie sólo un nombre con reverencia, Harry Winston, la firma estadounidense con la que Ansorena comparte filosofía de negocio. El 90% de las piezas que comercializa esta joyería madrileña son talladas en el taller del establecimiento, donde trabajan diez operarios.

La tienda reclama su tiempo casi tanto como el despacho y el directivo suele acudir allí con frecuencia. Entonces abandona el traje de profesional y se convierte en amigo y consejero. Sus clientes, varones la mayoría, de todas las provincias españolas y de muchos países europeos, llegan con la secreta esperanza de que el entendido les ayude a acertar con el regalo. La amistad vendrá más tarde.

Las disputas familiares no son ajenas a esta casa. La última controversia que ha enfrentado a padre e hijo delata el carácter extremadamente conservador del joven Ansorena. Alfonso Mato demanda desde hace tiempo a su vástago una línea propia de relojes. Pero Jaime, que con exquisita elegancia declina hablar de dinero, reconoce que hoy por hoy 'no le salen las cuentas'.

Amante de las piedras raras y los rubíes

Jaime Mato tiene en su despacho un hermoso cabujón de esmeralda, pieza importantísima de la mina colombiana de Muzo que forma parte de la última colección de la firma. El ejecutivo se siente especialmente orgulloso de esta delicada piedra, aunque reconoce que prefiere los rubíes y que ya sólo admira los diamantes de tonalidades rosa o amarilla.Los Ansorena compran anualmente 1.000 quilates de oro y minerales. 'Hay que reconocer que la gestión del stocks que hace un joyero es antieconómica -confiesa resignado- pero así es este oficio'.Es su inversión y la de muchos de sus clientes que aún hoy ven en la pieza de joyería, y no sólo en el lienzo, una oportunidad de negocio.Este deportista de fin de semana, ex fumador de última hora, tiene todavía algún sueño pendiente. Tener un diamante de renombre entre sus manos, y venderlo, o hacer una diadema para doña Leticia.

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