Secretos de despacho

La difícil herencia de Solans en Pikolin

Dice que necesita estar arropado por su equipo. Porque si algo tiene el puesto de un alto ejecutivo es soledad. Y hay momentos en que es necesaria esa tranquilidad para pensar sobre las decisiones a tomar, aunque lo importante es crear un buen ambiente de trabajo, 'que roce la felicidad'. El discurso lo va desgranando, poco a poco, cigarrillo en mano, Alfonso Solans, presidente de Pikolin, del Real Club Deportivo Zaragoza y del Instituto de la Empresa Familiar, que heredó hace siete años el despacho de su padre. No le fue fácil ocupar el sillón de su progenitor y fundador y propietario de la firma, fallecido un año antes. 'Al principio no podía entrar en él, me costó tomar contacto físico con el espacio que había ocupado mi padre desde 1973. Tenía un recuerdo muy fuerte de él'. Pasado ese periodo de duelo, 'por facilitar el trabajo a los demás', no le quedó otro remedio que tomar posesión de ese espacio.

Lo primero que hizo fue cambiar el ambiente, 'necesitaba disipar recuerdos'. Cambió la moqueta por suelo de madera, que heredó del palacete de sus abuelos. Y procuró crear una habitación amplia y confortable, detalle 'que ayuda, pero no por estar cómodo sino porque favorece la propia relación laboral', afirma Solans, de 56 años, quien considera que toda empresa debe adaptar el entorno de trabajo a la singularidad del momento. 'Y ayudar a los que trabajan en ella a que tengan confort'. Cuando despacha con sus colaboradores necesita tener siempre a mano papel y un lapicero. Y una mesa de por medio. Con eso es suficiente. 'No me gusta que haya vasos ni nada que pueda distraer el ambiente de trabajo'.

Solans ha estado utilizando hasta hace apenas un mes la mesa que empleaba su padre, un modelo antiguo metálico. Con este gesto, asegura que ha intentado lanzar un mensaje de austeridad. 'No hay que cambiar las cosas por cambiarlas, sólo cuando hay necesidad'. La nueva mesa es de madera y piel de color tabaco. Se confiesa ordenado, 'en todos los ámbitos de la vida pero, sobre todo, en la ejecución del trabajo'. Si algo detesta es perder el tiempo. 'Ni aceptar respuestas que no vayan al meollo de la pregunta'. Es un ejecutivo que no se anda con rodeos, directo y exigente, 'para empezar conmigo mismo'. La exigencia le viene de cuando era un niño. Sus padres le pidieron un gran esfuerzo en su formación, le enviaron a estudiar interno a los nueve años, en verano a aprender francés e inglés, y todo esto combinado con la práctica de los deportes. Tenía que aprobar e intentar ser el mejor. 'Eso forjó mi carácter. Tienes que ser exigente y pelear, es la única manera de triunfar o de fracasar'.

'Mi padre me inculcó la seriedad, el compromiso y el valor de la palabra, que vale más que un papel escrito'

Siempre tuvo claro que quería trabajar en la empresa familiar, en buena parte por admiración a su padre y en otra por sus deseos de ayudarle. 'Desde pequeño mi padre me había hecho partícipe de la vida en la fábrica, me llevaba a las cenas de Navidad de la empresa. Se preocupaba porque yo desde pequeño viviera ese ambiente. Me quería meter esa droga de la empresa familiar'. Y lo consiguió. 'Mi padre me inculcó la seriedad, el compromiso, el valor de la palabra, que vale más que un papel escrito y trabajar pensando en que el objetivo de una empresa familiar es el crecimiento'. Estudió Empresariales y, tras algún escarceo profesional en alguna que otra compañía, ha acabado desarrollando su carrera profesional en Pikolin. Lo tiene todo preparado para su sucesión, que recaerá en sus hijos. Y a ellos ha procurado darles la mejor formación y mantenerles vivo el recuerdo y las enseñanzas del abuelo.

Un ejecutivo que siempre se duerme

Puede sonar a autopromoción, pero al presidente de la empresa de colchones Pikolin le cuesta levantarse de la cama por las mañanas. 'No me gusta madrugar, trabajo mejor por las noches'. Y debe ser así porque uno de los regalos que guarda con más cariño es un enorme reloj despertador que le regalaron unos compañeros de trabajo. En 1988 dejó Pikolin. Decidió desligarse de su padre por una temporada, y se fue a trabajar a una empresa de restauración de colectividades. Se trataba de una compañía de servicios y las jornadas de trabajo se prolongaban en exceso, por lo que todas las mañanas a Solans le costaba amanecer. Y llegaba tarde todos los días. Así que sus compañeros decidieron regalarle un reloj despertador, que guarda con mucho cariño en una de las estanterías de su despacho.

Aficionado a la pintura, mantiene un cuadro de Antoni Mut, que heredó de su progenitor. Entre los retratos, ocupa una especial posición el de su padre. Muy cerca, la fotografía del velero en el que aprovecha para relajarse cuando tiene tiempo libre, que cada vez es más escaso. 'No termino el trabajo nunca, porque además cuando eres presidente de un club de fútbol los fines de semana también tienes obligaciones'. Tanta actividad requiere de comprensión por parte de la familia. 'Yo sé que es difícil, pero hay que aceptar que cuando se tiene un puesto así es necesario que haya dedicación'.