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Vivir en un banco

Para algunos, claustrofóbico; para otros, un símbolo de comodidad. El Grupo Santander ha construido una ciudad en la que la frontera entre trabajo y vida personal se diluye

María ha vuelto a conducir. Y no un coche cualquiera. Su automóvil, de color rojo -el símbolo del grupo para el que trabaja- lleva impreso el logo de su empresa y publicidad sobre uno de los productos que en estos momentos comercializa. A cambio, paga sólo 150 euros al mes. Además, como el resto de compañeros que acuden a la ciudad en su vehículo propio, tiene derecho a una subvención anual de 900 euros en combustible.

æpermil;sta es tan sólo una de las facilidades que el Grupo Santander ofrece a los 5.000 empleados que, como María, trabajan desde abril en la ciudad que la entidad presidida por Emilio Botín ha construido a las afueras de Madrid.

Situada a unos 20 kilómetros de la capital, 'la ciudad' -como la llaman ya los que allí trabajan- ocupa casi 1,5 millones de metros cuadrados, la equivalencia a 126 estadios Santiago Bernabéu o a la distancia -si se mide en longitud- que hay entre la madrileña Plaza Castilla y el Museo de Ciencias Naturales, es decir, medio Paseo de la Castellana.

El traslado ha cambiado la vida de muchos empleados del banco que, como María Ruiz, que trabaja para la división de comunicación y estudios del banco, han tenido que modificar sus hábitos cotidianos. Para facilitar el acceso a la ciudad, los responsables del proyecto han intentado cuidar hasta el último detalle. Alrededor de 20 rutas unen la capital con el centro financiero situado en Boadilla y otras 10 los pueblos de los alrededores e incluso alguna llega a Guadalajara. A esto hay que sumar los 300 coches en régimen de renting que el banco entregó a los trabajadores que lo solicitaron hace unos meses. Para los que acceden en su propio vehículo, existen 4.500 plazas de garaje, cada una con su numeración y asignada a un usuario.

Los departamentos del banco se reparten entre los nueve edificios de oficinas que, con nombres como Maya, Pinar, Amazonia, Albufera o Marisma, son vigilados por el edificio presidencial, denominado Pereda, y que se alza en el centro del complejo. Allí se encuentra el despacho de Emilio Botín, que con 500 metros cuadrados de superficie, cuenta con jacuzzi, duchas y comedor propio entre otras comodidades.

Pero no todo es trabajo en la ciudad del Santander. Desde un campo de golf, en el que se ultiman los últimos trabajos, a un centro de formación y unas instalaciones deportivas, especialmente pensadas para los empleados, todo o casi todo tiene cabida en este espacio que muchos han dado en llamar Ciudad Botín.

Y es que el centro financiero del Santander ha intentado aunar trabajo y ocio. Hasta siete restaurantes y cafeterías conforman la oferta de restauración del banco. Distintos ambientes dentro de los propios comedores -que incluyen además, uno específico para directivos que cuenta a su vez con varios reservados para reuniones con clientes-, especialidades y cocinas diferentes (nueva cocina, restaurante italiano, cocina internacional), están a disposición del empleado, que tiene subvencionado el almuerzo diario.

Una agencia de viajes, un centro sanitario además de la imprescindible sucursal bancaria, del Grupo Santander y una segunda dedicada a los clientes de banca privada con una oficina de Banif, además de varios cajeros forman parte del mobiliario de esta peculiar ciudad.

Sin olvidar un detalle importante: la zona comercial. Para satisfacer cualquier necesidad cotidiana, 'la ciudad' cuenta con un supermercado que incluye desde los productos de consumo diario a los habituales de los gourmets. Un área de charcutería (donde se venden hasta jamones de pata negra), pastelería, floristería, servicios de tintorería, reparación de calzado, repuestos de automóvil, parafarmacia y hasta duplicado de llaves completan la oferta comercial que también reserva un hueco a la prensa, los regalos, los libros y la venta de CD.

El uso de estos servicios entre los empleados va en aumento. Así lo reconoce la encargada de la tintorería: 'Tenemos precios atractivos y funciona mucho el boca a boca. Muchos arreglos se hacen en el día y eso se valora mucho'.

En construcción todavía está el club social, en el que Emilio Botín espera se reúnan sus empleados una vez finalizada su jornada laboral, y el hotel en el que está prevista una gran número de habitaciones. 'Su fin', sostienen en el grupo, 'es albergar a los directivos de otras áreas territoriales o clientes importantes que se acerquen a la entidad'.

Un servicio de transporte que contempla microbuses cada cinco minutos para trasladar a los empleados de un edificio a otro o hasta la entrada, donde está la guardería son otros de los valores añadidos de la ciudad. De hecho, el grupo presume de tener la escuela infantil más grande de Europa.

Con una capacidad para 400 niños de cero a tres años, la guardería se abrió en septiembre. 'Por el momento hay 171 niños y somos 33 personas las que trabajamos en su cuidado y educación', sostiene María Pilar Casado, directora de la guardería. Cambiador, zona de juegos y hasta un espacio destinado a preparar los biberones son motivos de orgullo para Casado. 'Después de dos años y medio trabajando en el proyecto es un motivo de éxito ya que el banco no ha escatimado en recursos'.

Todo parece de color de rosa en una ciudad en la que, pese a las reticencias iniciales, todos parecen encantados de habitar. Incluso, pese a que ya han surgido las primeras rencillas entre los empleados y los subcontratados que no tienen derecho a utilizar los mismos servicios.

Y algo más. Dada la lejanía respecto al lugar de residencia, muchos empleados ya piensan en trasladarse a la zona. Será casi como vivir en el banco. Para unos, claustrofóbico para otros, símbolo de comodidad.

No sin mi tarjeta

Con la tarjeta al cuello. En el sentido literal. Casi cualquier movimiento, y sobre todo cualquier gasto realizados en la ciudad del Santander requiere de la presentación del plástico corporativo.

Desde que se accede a las instalaciones -que ya exige mostrar la tarjeta-, el empleado o el visitante pueden olvidarse del resto de sus objetos personales. No así de la tarjeta roja del banco. Identificativa para su titular, hace las veces de monedero, y desde las máquinas de café o refrescos, hasta el consumo de cualquier objeto en las tiendas repartidas por las instalaciones o el desayuno o almuerzo en uno de sus numerosos restaurantes, todos los gastos deben ser abonados con esta tarjeta prepago.

Su utilización es idéntica a la de cualquier tarjeta monedero y previa carga de la misma en las múltiples máquinas y cajeros que están repartidos por la ciudad, el usuario puede realizar cualquier consumo con la misma.

Además, acceder a distintas zonas de las instalaciones, desde las propias áreas de trabajo hasta el parking, exige la presentación de la tarjeta. Para los responsables, facilita la identificación de todos los que allí se encuentran y, además es una medida de seguridad. Además, y pese a las reticencias iniciales, cada vez son más los empleados que aplauden esta idea. 'Cuando llegas a la ciudad, te olvidas de coger el monedero y basta cargar la tarjeta para hacer la vida habitual'.

Murallas chinas en Boadilla

Valores, warrants, divisas... ârdenes de compra y venta. Gestión de colaterales. Negocio de renta fija. Si hay un área que trasmita gran actividad en un banco ésa es la sala de tesorería. En la ciudad sita en Boadilla este espacio integra a todos los operadores en una sala en la que pueden llegar a trabajar hasta 206 personas al mismo tiempo. La sala, totalmente diáfana y que ocupa casi una de las plantas de uno de los edificios de oficinas, se estructura en distintas áreas, los equipos de ventas destinados a inversores institucionales como compañías de seguros, gestoras o cajas de ahorros; el área de clientes corporativos, la destinada a la venta masiva de clientes, la de renta fija, la específica de divisas, los derivados y el diseño de productos.

Además, y como obliga la ley, en esta ciudad están establecidas las pertinentes murallas chinas, cuyo objetivo es que la información confidencial que manejan distintos departamentos no llegue a otros que podrían utilizarla en bien propio. Para ello, los operadores encargados de negociar en mercados OTC (over the counter o no organizados) o los que llevan a cabo la ejecución de órdenes de Meff están situados en una planta distinta del edificio.

'Desde esta sala llevamos a cabo la mayoría de operaciones de tesorería del banco', señala Amalia Fernández Navarro, directora de tesorería para Europa. 'Cubrimos las 24 horas de los mercados y salvo un corto periodo del día que las órdenes quedan en manos de nuestros empleados en Nueva York el resto de operaciones se vigilan desde aquí', añade.