Lealtad, 1

¿Un premio Nobel para Duisenberg?

Pocas disciplinas registran tal divorcio entre la teoría académica y las aplicaciones prácticas como la Economía en su vertiente financiera. Mientras en las facultades se estudian modelos que suponen, en un ejercicio de autoengaño, que todo el mundo tiene toda la información, en la Bolsa los operadores han de comprar y vender, muchas veces, sin saber apenas por qué.

Pero el último premio Nobel de Economía ha ido a recaer en dos académicos, Kydland y Prescott, cuyas teorías tienen reflejo en la realidad. De hecho, tratan sobre uno de los aspectos que más preocupan a los inversores: la articulación de la política económica. Kydland y Prescott señalan, a grandes rasgos, que si un banco central fija un objetivo de inflación pero después cae en la tentación de bajar tipos para compensar caídas coyunturales del desempleo, los agentes económicos asumen una expectativa de inflación superior a la oficial. En consecuencia, la política monetaria no cumple sus objetivos de inflación ni crecimiento. Los dos profesores aconsejan atar las manos de los banqueros para evitarlo.

Estas retorcidas disquisiciones tienen, no obstante, un reflejo en los mercados. La actuación del Banco Central Europeo desde su creación responde, intencionadamente o no, a las recomendaciones de Kydland y Prescott. Muchos observadores han planteado, desde que en su creación se estableció en el mandato el velar por la estabilidad de precios, que qué se puede esperar 'de un banco central lleno de alemanes'. Precisamente esa parte de la ecuación intentan explicar los nuevos premios Nobel. Como no se puede esperar nada de él, no altera las expectativas y no genera distorsiones.

Esta política gris choca de forma evidente con los métodos de Alan Greenspan. Este gurú no sólo influye en las expectativas del mercado, sino que las utiliza como una parte, a veces la principal, de su política monetaria. Son dos modelos opuestos. Pero, paradójicamente, hasta el momento el sistema menos intervencionista es vilipendiado por ese estado de ánimo al que llamamos la comunidad financiera, que profesa fe ciega hacia ese otro en el que se confía en un agente por encima del resto para garantizar la estabilidad. ¿Será consecuencia del proverbial anglocentrismo de dicha comunidad financiera o será que, en el fondo, el mercado piensa que necesita un control?