La Atalaya

La ONU somos todos

La frase que titula esta columna corresponde a la airada reacción de un bagdadí de mediana edad al atentado terrorista perpetrado el martes contra la sede de la ONU en Bagdad y resume mejor que cualquier otra proferida por sesudos estadistas la rabia mundial ante tamaña brutalidad. En la CNN, el bagdadí afirmaba que él hubiera estado dispuesto incluso a atentar contra George Bush. 'Pero no contra Naciones Unidas, porque la ONU somos todos'. Porque los ciudadanos del mundo se dan cuenta de que la ONU es la única organización capaz de garantizar el orden y la legalidad internacionales y de llevar a cabo una pacificación real y humanitaria de los países en conflicto, como ha demostrado en su historia y más recientemente en Bosnia, Kosovo, Timor Oriental y, en estos momentos, en Liberia.

El atentado de la Embajada jordana en Bagdad hace unos días, la barbaridad del martes, las voladuras de oleoductos y conducciones de agua, los ataques contra las tropas ocupantes, en suma, el caos en el que está sumido Irak, son hechos que demuestran que Bush se ha equivocado en su política de ganar la paz. Una política diseñada sobre una pizarra por los estrategas políticos de la Administración republicana, cada vez más asombrados por los acontecimientos y que parecen incapaces de reaccionar ante el desorden, provocado, atentados aparte, por su incapacidad de asegurar a los iraquíes los suministros básicos de agua, luz y combustible.

Washington tendrá que acudir de nuevo al Consejo de Seguridad en busca de una resolución que internacionalice la situación, aunque eso suponga ceder parte del control de la ocupación a Naciones Unidas. Bush no puede, entre otras cosas porque los estadounidenses no se lo van a consentir, seguir aplicando su rencor particular a la ONU por no haber conseguido la bendición a sus planes bélicos. La única forma de conseguir el envío de fuerzas de otros países, como Francia, India, Pakistán y las naciones árabes, claves para normalizar la situación y que puedan relevar a sus fuerzas sobre el terreno, pasa por la obtención del beneplácito del Consejo de Seguridad. Si no, tendrá que duplicar sus actuales efectivos en Irak de 147.000 hombres, como le han pedido repetidamente los responsables militares del Pentágono. Y el coste de un incremento de fuerzas es inasumible en unos momentos de galopantes déficit en el presupuesto.

En cuanto a la autoría del atentado, las opciones que ofrecen los expertos son dos: planificación nacional iraquí a cargo de elementos del antiguo régimen -el encuentro entre los restos del camión utilizado para el atentado de antiguo material militar soviético avala esta tesis- o implicación del terrorismo internacional. Mi opinión es que se trata de una operación combinada. Desde el final de la campaña y como consecuencia de la campaña de represión antiterrorista emprendida por algunos Gobiernos árabes, los servicios de inteligencia han constatado que 3.000 saudíes y 2.500 radicales islámicos han abandonado sus países con dirección a Irak en un intento de emprender una jihad contra el infiel occidental, segundo acto de la desarrollada en Afganistán contra el invasor soviético en los ochenta. Es muy posible que estos radicales hayan ligado con los partidarios del antiguo régimen en un intento desestabilizar aún más la ya caótica situación iraquí. Si eso es así, el tiro les puede salir por la culata porque su salvajismo chocará frontalmente con el deseo de paz y seguridad de los iraquíes.