Viajes

Verona, amor y ópera

El de Verona es uno de los festivales más célebres del mundo. Por su escenario romano y también por el fantasma

de los amantes más famosos de la historia, Romeo y Julieta, cuya casa y mausoleo son lugar de peregrinaje

Los turistas siguen alocados una sombrilla de rabioso carmesí. O de amarillo limón, el caso es no perderse. Vuelta al ruedo en la Arena romana, unas carreritas por la Piazza delle Erbe y tenderetes adláteres y llegada triunfal a la casa de Giulietta. El pequeño antepatio está a rebosar, no cabe un alfiler. A la casa entran pocos (hay que pagar), pero siempre hay algún japonés en el balcón, posando feliz. Abajo, en el cortile, todos quieren hacerse la foto con la estatua de Giulietta, que tiene los pechos de bronce bruñidos por el roce. Lo suyo con Romeo lo contó un tal Luigi da Porta, en 1530, y un tal Bandello, obispo dominico, lo hizo traducir al francés; también se vertió al inglés, y William Shakespeare se apropió del asunto para convertirlo en la más grande historia de amor jamás contada.

Hay otro motivo, además de la casa de Giulietta y la tumba de los amantes, para dejarse caer en verano por Verona: la ópera. La Arena o anfiteatro romano, con cabida para más de 20.000 espectadores, se queda corta para acoger día tras día a los melómanos, que también pueden asistir a veladas de ballet en el teatro romano. La Arena da de comer a unos 1.500 contratados de manera directa, pero lo que mueve más es el turismo, que da de comer a todos. El de Verona es uno de los festivales de ópera más célebres del mundo por su espectacularidad. Generalmente, se eligen tres o cuatro óperas, casi siempre las mismas, especialmente adecuadas para lucirse montando en las gradas romanas escenarios colosales y trayendo voces capaces de competir con el trueno. Este año se alternan en cartel la Carmen de Bizet, Aida, Nabucco y Rigoletto, de Verdi, y Turandot, de Puccini: casi nada.

Sorpresas para todos

Por Giulietta, por la Arena y otros motivos, Verona resulta ser la cuarta ciudad más visitada de Italia (tras Roma, Florencia y Venecia). Y eso que es pequeña -unos 250.000 habitantes, muchos de ellos estudiantes universitarios-. Pero Verona encierra sorpresas para todos. Los amantes de lo antiguo encuentran una urbe romana casi intacta, a un par de metros bajo el suelo, que aflora en socavones debidamente señalizados por el municipio. Eso, aparte del anfiteatro, prodigiosamente conservado, el teatro romano junto al río, algún puente (o su arranque), algún paño de muralla o puerta, algún fragmento reaprovechado, como ese togado al que pusieron testa y brazos en el medioevo y, convertido en Madonna Verona, preside la Piazza delle Erbe, el antiguo foro.

El esplendor medieval no fue menor. La familia Scaligeri dio a la comuna riqueza suficiente como para que Romeo y Julieta pudieran entregarse a sus amores sin dar golpe. O Dante eligiera la ciudad para un exilio de seis años. De esa época son las llamadas arche scaligiere (sepulcros góticos a la intemperie) o el Castelvechio (actualmente museo de pintura). Medievales son también la catedral y ocho iglesias en cuyos suelos, escarbando un poco, han aparecido basílicas cristianas o mosaicos romanos; como un sueño sin fondo, que contemplan desde sus retablos santos pintados por Tiziano, Mantenga o Pisanello. Luego vinieron los venecianos y Verona se convirtió en guarida de artistas. Aparte de las loggias y palacios, los venecianos dejaron tan buenas fortificaciones que los austriacos se encapricharon de la plaza. Se adueñaron de ella y la protegieron con un collar de 28 fortines en las colinas cercanas. Sólo en octubre de 1866 la comuna acordó en plebiscito unirse al reino de Italia.

El ambiente veraniego vuelve a ser, en Verona, muy cosmopolita. Los indígenas prefieren las riberas del Adigio (el Lungadige) para pasear o pescar. Los foráneos atiborran las terrazas omnipresentes, para dar cuenta de una pastissada de cavallo, un bacalao con polenta o una besaola (cecina típica). Artistas de todo el mundo (también algunos españoles) son clientes habituales del Antico Café Dante (el más veterano), de la Bottega del Vino (cenobio de bohemia ilustrada), de la librería Catulo o de las terrazas de Piazza del Bra: allí está la estatua del doctor Fracastoro, quien escribió en tiempos renacientes un tratado de morbo gálico (sobre el mal francés, la sífilis) y sostiene en sus manos una bola del mundo. Dicen los veroneses que cuando pase bajo la estatua una persona decente, Fracastoro dejará caer la bola; de momento, no se conoce ningún descalabro.

Localización

Cómo ir. Lufthansa (902 220 101) tiene vuelos directos desde Madrid y Barcelona a Verona, operados por Air Dolomiti; desde Madrid, hay un vuelo diario excepto sábados; desde Barcelona, un vuelo diario de lunes a domingo; hay una oferta para el mes de agosto de 219 euros, billete de ida/vuelta.

Alojamiento. Hotel Villa del Quar (Pedemonte, Verona, 045 6800681), villa renacentista entre campos y viñedos. Gabbia d'Oro (Corso Portoni Borsari 4ª, 045 8003060) elegante y lleno de detalles refinados. Torcolo (Vicolo Listone, 3, 045 8007512) muy céntrico y de precio asequible, trato personalizado. Colomba d'Oro (Via Cattaneo 10, 045 595300), céntrico y funcional.

Comer. La Bottega del Vino (Via Scudo di Francia) es un clásico de la bohemia local. El Tre Coronne, cerca de la Arena, en Piazza Bra, es uno de los sitios más lujosos y exquisitos. En los barrios populares del Lungadige (muelles del Adigio), en torno al Duomo o a la iglesia de Santa Atanasia, se encuentran las trattorie donde come cocina regional a muy buen precio.