Protagonistas

Sadan Husein/ Un demonio Perfecto para Occidente

Dicen sus biógrafos que tuvo una infancia difícil. Los malos tratos a los que su padrastro le sometía y la precaria situación económica (nació en el seno de una familia campesina muy humilde) marcaron los primeros años de su vida. Analfabeto hasta los 10 años, pronto dejó su casa para buscar refugio en su tío, Khairallah Tulfah, principal responsable de que entrara en política y futuro suegro. Sadam se casó con su hija, Sajida, con la que tuvo tres hijas y dos hijos.

Nacido en el distrito iraquí de Tikrit el 28 de abril de 1937, Sadam Husein se convertiría años más tarde en el presidente de Irak. Y en el demonio de Occidente.

Violento, impulsivo, cruel y de una vanidad patológica, el dictador de Bagdad ha sido reclamado por EE UU como el principal detonante de esta guerra. Sus orígenes políticos se remontan a 1956, cuando entró a formar parte del Partido del Renacimiento Árabe Socialista, Baas. Tres años más tarde desempeñaba un papel clave en el intento de asesinato del entonces dirigente del país, el general Abdul Karim Qasem. Su participación le costó la cárcel y el exilio en Egipto y en Siria. Poco más conoce, pues nunca le ha gustado viajar. En parte por eso, es un apasionado lector y le encanta ver la televisión. Entre sus libros favoritos figura la novela de Frederick Forsyth Chacal, debido a su teoría de una conspiración contra un mandatario. En cuanto a las películas, El Padrino figura al principio de su lista.

Sadam entró en el Gobierno en 1968, cuando el Baas subió al poder. Fue elegido vicepresidente, pero en realidad era el hombre fuerte del Gobierno. El 22 de julio de 1979 dio un golpe de Estado y ocupó la presidencia, entonces en manos de su primo Ahmad Asan al-Bakr.

El carácter dictatorial de Sadam se tradujo en la eliminación de todos sus opositores; de ellos, unos 60 eran miembros del Consejo de Mando de la Revolución. Su predisposición a la venganza le hizo ordenar la muerte de sus dos yernos por abandonar el país y se cifran en 200.000 los desaparecidos en las cárceles durante los 20 años de su mandato. Otro ejemplo de su crueldad fue la gasificación de los kurdos del norte del país.

La vanidad de Sadam se reflejó desde el principio en la acumulación de títulos: presidente de Irak, presidente del Consejo de Mando de la Revolución, secretario general del Baas y general del Ejército, entre otros. Además, se inventó un árbol genealógico que le convierte en descendiente de Mahoma. Para la devoción de sus seguidores se expone un Corán en el museo de Bagdad escrito con su sangre, que se hizo extraer durante años, y las calles de la capital están además empapeladas con sus fotografías.

Como símbolo de poder en un país desértico le fascina el agua, por lo que en todas sus residencias hay piscinas y fuentes, e incluso ha ordenado hilo musical de cascadas en las oficinas públicas.

Pero Sadam es también responsable de la modernización del país. Puso en marcha un exitoso programa de erradicación del analfabetismo, abrió las puertas a los científicos árabes, construyó escuelas, hospitales y desarrolló una industria de armas no convencionales.

La riqueza de Irak, sin embargo, se desvaneció tras los ocho años de guerra con Irán (1980-88) y las sanciones impuestas por la ONU tras la invasión de Irak (1990).

Permanecen, no obstante, las dos docenas de palacios que tiene Sadam. Su obsesión por las conspiraciones hace que sólo unas pocas personas sepan dónde va a dormir, aunque todos los palacios deben estar listos, con vituallas para tres comidas al día, por si aparece.

Dos veces a la semana le llevan en avión alimentos frescos desde distintas partes del mundo, que una corte de chefs europeos se encarga de cocinar. Los alimentos pasan estrictos controles de seguridad y los platos son testados para comprobar que no están envenenados. Hasta el tinte que usa para el pelo está sujeto a controles. Quizá no sea para menos, teniendo en cuenta el número de enemigos que acumula.