Brasil

Lula afronta una crisis de la deuda que pone en peligro su programa social

Lejos de los agoreros pronósticos poselectorales, la transición política de Brasil se ha desarrollado sin sobresaltos. Dos meses después del categórico triunfo de Lula y de su Partido de los Trabajadores (PT), el real se recuperó ligeramente frente al dólar en las dos últimas semanas, mientras el FMI desembolsaba un nuevo tramo de 3.000 millones de dólares (una cifra similar en euros) de la ayuda de 30.600 millones pactadas con la Administración del presidente Fernando Henrique Cardoso en octubre.

Por su parte, el Banco Central ha ayudado a fortalecer la moneda al elevar los tipos de interés al 25% anual y, políticamente, las relaciones estructuradas entre el Gobierno saliente y el coordinador del PT, Antonio Palocci, han funcionado sin contratiempos durante los dos meses transcurridos desde las elecciones del 30 de octubre.

Pero la clave de este calmo devenir ha sido, sin duda, la actitud asumida por el ex líder obrero, hoy presidente de Brasil, ante el histórico cambio que le ha tocado protagonizar. Desde la designación de Palocci como coordinador del PT y el compromiso anterior tomado por Lula de respetar el acuerdo entre Cardoso y el Fondo, los mercados abrieron un compás de espera favorable al Gobierno en formación. La posterior decisión del presidente electo de colocar a Palocci en el Ministerio de Finanzas fortaleció la percepción positiva de los acreedores externos y de los empresarios brasileños ante el curso elegido por el otrora izquierdista PT.

Al promediar la transición, el clima era ya inmejorable. Tras el anuncio de que el moderado Palocci, en su juventud cercano a una tendencia trotskista, era el hombre fuerte del equipo económico, siguió otro aún más importante y de mayor impacto. Henrique Meirelles, ex presidente mundial del BankBoston, una entidad con fuerte peso en Brasil, fue elegido por Lula para reemplazar a Armínio Fraga al frente del Banco Central. Los banqueros recibieron esta noticia apenas como un cambio de guardia e, incluso, como una señal de fortalecimiento de la independencia del órgano monetario, reclamada por el FMI y aceptada por Cardoso y Lula aunque la Constitución brasileña no la contempla.

Las quejas del sector más izquierdista del PT ante esta decisión de su máximo líder no ha amilanado a Lula. La senador Heloísa Helena se indignó y acusó a Meirelles de haber estado 'siempre al servicio del capital financiero internacional'. Otro diputado del PT, Ivan Valente, también se opuso y señaló que 'el presidente del Banco Central no debe ser nominado para agradar al mercado, sino para impulsar el desarrollo'.

Demostrando su impermeabilidad a estas voces disidentes, Lula ha profundizado su camino de moderación y alianza con los mercados a lo largo de diciembre.

Entre dos deudas

La moderación y la adecuación del nuevo presidente a la realidad de una crisis económica y financiera de gran calado le ha permitido evitar contratiempos antes de asumir. Y, aún más importante, le ha granjeado la simpatía y el apoyo del sector financiero por su compromiso de pagar la deuda pública de Brasil.

Pero a nadie se le escapa, sin embargo, que Lula deberá navegar entre aguas procelosas. Además de la deuda financiera, el nuevo presidente deberá responder a la abultada deuda social de Brasil con los millones de pobres que confían en sus promesas y han depositado su voto y su confianza en él.

Sin poner en peligro la estabilidad monetaria y con una tasa de inflación anual que ha crecido casi 10% en 2002, Lula ha prometido activar el consumo y la demanda, al tiempo que pagar la deuda. ¿Cómo lo hará? Nadie puede responder a esta pregunta, que resume la la mayor incógnita del Gobierno que se inicia mañana.

El nuevo presidente tendrá que asegurar el pago de las amortizaciones y los intereses de las deudas públicas externa y, sobre todo, interna. No hay otra manera de evitar sobresaltos que impulsen la fuga de capitales, la caída del real y la falta de financiamiento externo para atender esas obligaciones. Y no será una tarea fácil.

Cuando se procede a sumar el monto del endeudamiento total, interno y externo de Brasil, se cae en la cuenta de que éste equivale a poco menos del producto interno bruto (PBI) del país, de alrededor de 500.000 millones de dólares. La cifra mayor está representada por la deuda interna del Estado, de alrededor de 250.000 millones de dólares. El 70% de esta cantidad está atada a la evolución del dólar o de los tipos de interés. La última subida del coste del dinero adoptada por el Banco Central ha incrementado la deuda interna, si bien el fortalecimiento del real la ha disminuido parcialmente.

Además, Brasil tiene una deuda externa de 210.000 millones, de los cuales unos 90.000 millones son obligaciones públicas y el resto son obligaciones del sector privado. En total, unos 460.000 millones entre la deuda externa e interna pública y la deuda externa de las empresas.

Desde el punto de vista macroeconómico, la situación parece bajo control. En 2002 Brasil logrará un importante superávit comercial, situación que se repetirá en 2003. Ha cumplido en exceso con la meta de superávit fiscal primario comprometido con el FMI, ya que ha logrado obtener un 4,25% sobre el PIB frente al 3,75% exigido por el organismo financiero mundial. Las reservas totalizan 38.000 millones, de los cuales la mitad corresponden a préstamos del Fondo. A lo largo de 2003, el FMI seguirá desembolsando los 24.600 millones de la ayuda de 30.600 millones concedida al país. Pero eso no alcanzará para hacer frente a los pagos de las deudas en 2003.

En el primer trimestre, los vencimientos de las deudas externa e interna pública no presentan problemas. En el caso de la interna, la mayoría de cuyos títulos están en manos de los bancos, el Estado deberá pagar, entre enero y marzo, unos 9.000 millones. Pero en el segundo trimestre, las obligaciones en amortizaciones e intereses suman 21.000 millones, según el Banco Central. En todo el año, los pagos de amortizaciones e intereses de la deuda externa demandarán 26.700 millones de dólares y los de la deuda privada, alrededor de 28.000 millones. Como puede verse en estas cifras, los pagos de la deuda interna superan ampliamente a los de la deuda externa, en su parte privada o pública.

Sólo la asistencia externa y la aceptación por el mercado de refinanciaciones de los vencimientos internos permitirá a Lula superar una crisis de la deuda de Brasil.

Un Gabinete de unidad nacional para generar confianza

El manejo de la transición política actual ha puesto de manifiesto la capacidad de percepción y la sensibilidad políticas de Lula. Así ha sido visto, al menos, por la prensa y los dirigentes empresarios de Brasil.'En el mercado financiero hay quienes piensan que con cinco Palocci podemos salvar al mundo entero', señalaba el pasado 24 de noviembre O Estado de São Paulo, unos de los periódicos más influyentes de Brasil. Lula pareció escuchar este mensaje. La composición de su Gabinete así lo demostró y terminó de configurar esta suerte de primavera entre el Gobierno en ciernes y los mercados. Así, el Ministerio de Agricultura será conducido desde mañana por el presidente de la Asociación Brasileña de Agronegocios (ABAG) y partidario del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), Roberto Rodrigues, alguien que tampoco es miembro del partido. Para la cartera de Desarrollo, Industria y Comercio, Lula ha designado a Luiz Fernando Furlan, uno de los mayores empresarios de Brasil, titular del grupo agroalimentario Sadía y del influyente Grupo Brasil en Argentina, además de consejero de Telefónica en Brasil. Las relaciones exteriores del país serán conducidas por otro destacado político, Celso Amorim, quien en la actualidad es embajador del Gobierno de Cardoso en Londres. Y, para completar el área económica, Palocci anunció el pasado domingo que el secretario del Tesoro será Joaquim Levy, hasta hoy economista jefe del Ministerio de Planificación con el Gobierno saliente. El resto de ministerios, de menor importancia relativa, serán ocupados por militantes del PT y por miembros de otros partidos. Entre los independientes destaca el músico Gilberto Gil, que cantará en la ceremonia de posesión de Lula. Un Gobierno de unidad nacional con fuerte ascendiente del poder económico que genera confianza.