La Atalaya

El demócrata Gore se rinde

Al Gore ha tirado la toalla y renuncia a un segundo enfrentamiento con George W. Bush, pese a ser el mejor colocado entre los aspirantes demócratas a la presidencia en 2004. La explicación pública de su decisión tiene sentido. El país no está para un segundo combate Gore-Bush, ha venido a decir el ex vicepresidente, sino para pensar en el futuro. Es verdad, pero no toda la verdad. La realidad es que, a pesar de la débil situación económica y las incógnitas sobre los resultados de una eventual operación bélica contra Sadam Husein, Bush tiene una posición imbatible, como demuestran todas las encuestas. Su popularidad y la aprobación a su gestión por los ciudadanos, dos años después de su mandato, alcanza unos niveles del 60% al 65%, un porcentaje ni siquiera obtenido en igual tiempo por Ronald Reagan, uno de los presidentes más populares.

Gore ha consultado con su familia, su mujer Tipper, sus dos hijas y su cuñado, únicos asesores a los que presta atención, y el veredicto ha sido el abandono. Posiblemente ha pensado que es mejor pasar a la historia como el hombre que ganó al actual ocupante de la Casa Blanca en el voto popular que arriesgarse a una segunda derrota. En su ánimo ha tenido que pesar, además, el escaso interés que despertó una gira emprendida hace meses a escala nacional, oficialmente para promocionar la venta de un libro dedicado a la exaltación de los valores familiares escrito en colaboración con su mujer, Tipper, pero, en realidad, destinada a pulsar la opinión popular sobre sus posibilidades electorales. El anuncio de su renuncia, hecho el pasado lunes en el programa 60 minutes de la CBS, sorprendió al ciudadano medio, pero no a los politólogos. Su vuelta a la escena política hace unos meses, con ataques a la política exterior y doméstica de Bush, parecían indicar el lanzamiento de su segunda campaña hacia la presidencia.

Pero influyentes dirigentes demócratas afirmaban en privado que Gore no se presentaría. Incluso una gran parte de su equipo electoral ya estaba ofreciendo sus servicios a otros posibles candidatos a disputar las primarias. No hay que olvidar las heridas abiertas y no cicatrizadas en el Partido Demócrata por la forma en que Gore desarrolló su campaña de 2000. Entre otras cosas, rechazó la implicación de Bill Clinton en sus actos electorales por temor a ser contaminado por el efecto Lewinski. Muchos demócratas, principalmente los líderes negros para quienes Clinton es un ídolo, no le han perdonado a Gore ese distanciamiento de su presidente.

Su renuncia ha abierto el melón de las candidaturas. Nadie ha anunciado oficialmente todavía su presentación, pero les adelanto tres nombres seguros y dos probables. El primero, el compañero de candidatura de Gore y senador por Connecticut, Joseph Lieberman, que había prometido no presentarse si lo hacía el ex vicepresidente y ahora tiene vía libre; el también senador, éste por Massachusetts, John Kerry, y el gobernador de Vermont, Howard Dean. Los probables son los anteriores líderes demócratas de la Cámara de Representantes, Dick Gephart, y del Senado, Tom Daschle, que nunca han ocultado sus ambiciones presidenciales. Tienen un dato muy negativo en su haber: ambos perdieron las elecciones del pasado noviembre. Los republicanos, contra todo pronóstico, aumentaron su control de la Cámara y ganaron el Senado. En un país donde se rinde culto al éxito, los fracasos no son una buena tarjeta de presentación.