La Atalaya

Esperanza en Iberoamérica

Un análisis superficial de Iberoamérica llevaría a conclusiones similares a las del Dante en La divina comedia: Lasciate ogni speranza. Pues bien, no conviene abandonar toda esperanza. Porque la comunidad de naciones iberoamericanas está ahí, llena de problemas, a primera vista insolubles, pero, y eso es lo que la diferencia de otras comunidades continentales, como, por ejemplo, la africana, vivita y coleando. Y ese afán de supervivencia lo ha demostrado en la reciente cumbre de Punta Bávaro aceptando el planteamiento realista formulado por el presidente Aznar de remodelar totalmente el modus operandi de estas reuniones, 12 años después de que se iniciaran a propuesta de Felipe González. Hasta ahora, la retórica había presidido las cumbres. A partir de ahora, esa retórica será sustituida por el pragmatismo y la formulación de políticas concretas.

Fernando Henrique Cardoso, el presidente saliente de Brasil, será el encargado de presentar propuestas concretas y realizables en la reunión del próximo año. Me consta que en muchos círculos nacionales e internacionales la credibilidad de Iberoamérica se encuentra a niveles de encefalograma plano. Los populismos resurgen en Venezuela y Ecuador; Argentina y Uruguay se encuentran al borde de la catástrofe; Colombia sigue ensangrentada con su problema terrorista, y la incógnita de Brasil sigue sin ser despejada, por no hablar de Centroamérica. Sólo México y Chile ofrecen un rayo de esperanza. Pero la situación es infinitamente mejor que hace unos años, cuando las dictaduras constituían la moneda corriente en el hemisferio sur.

Los experimentos neoliberales de la década de los noventa demostraron que el crecimiento es posible aplicando una política ortodoxa. Y lo que fracasó en Argentina no fue la aplicación de políticas económicas liberales, sino la corrupción de sus políticos y la ceguera de sus dirigentes. Y así lo confirma el Latinobarómetro 2002 realizado en 17 países, según el cual la confianza de las poblaciones en los partidos políticos sólo alcanza el 17%, frente a un 71% obtenido por la Iglesia. Como expresó con crudeza Ernesto Sábato, en el caso de Argentina, los políticos 'robaron más de lo que el país producía'. A pesar de las dudas sobre la efectividad de estas cumbres, no deben ser tan malas cuando las islas caribeñas de habla inglesa y Puerto Rico han expresado su deseo de unirse a los 21 países que participan en ellas. Sólo la pertenencia a bloques compactos les permitirán hacer frente a los retos comerciales del futuro. La Commonwealth iberoamericana de naciones puede y debe aparecer ante el mundo como un bloque unido y compacto, aunque esa unidad provoque recelos en otros liderazgos. España y Portugal deben convertirse, como ya lo son, en los portaestandartes de las aspiraciones de los pueblos hermanos de su estirpe. Los acuerdos de asociación firmados por Chile y México con la UE, y el próximo que se firmará con Mercosur son los ejemplos a seguir. No existe ninguna razón objetiva por la que Iberoamérica no pueda emular el ejemplo de los tigres asiáticos. Tienen muchos más recursos y un capital humano de primera clase. La democracia, más consolidada de lo que parece, acabará produciendo el liderazgo que todos esperan. Si Iberoamérica no sucumbe a la nefasta tentación populista, latente en algunos países, su futuro será prometedor. Como ha manifestado Cardoso, podrá construir 'un futuro de libertad, justicia y prosperidad'.