La Atalaya

Poner la casa en orden

Nadie duda de que el mundo sería un lugar mucho más seguro sin personajes de la calaña de Sadam Husein. Si alguien tiene alguna duda, le recomiendo la lectura del libro del periodista palestino Said Aburish, Sadam Husein, la política de la venganza, donde se relatan los desmanes cometidos por el tirano durante sus 23 años al frente de los destinos de Irak. Pero, por mucho que se empeñen los halcones de la actual Administración estadounidense, Sadam no constituye una amenaza directa a la seguridad de EE UU y, si se me apura, ni siquiera a la de sus vecinos del Golfo, ninguno de los cuales, ni siquiera el invadido Kuwait, apoya, en estas circunstancias, un ataque contra Irak.

Si pese a todo, el dubitativo y vacilante George Bush decide intentar en solitario el derrocamiento de Sadam, EE UU habrá terminado con el concepto de guerra justa que ha caracterizado su comportamiento internacional desde la fundación de la República. Nunca en su historia había lanzado EE UU 'el ataque preventivo' que los actuales hombres fuertes del Pentágono pretenden desencadenar contra Irak. Incluso en Corea y Vietnam, Washington justificó su intervención por las amenazas comunistas a estos regímenes. En el caso de Corea, el presidente Harry Truman destituyó por telegrama al héroe militar más popular del país, el general Douglas Mac Arthur, precisamente porque intentó montar 'un ataque preventivo' contra las bases chinas del río Yalu.

La lógica de una guerra contra Irak ahora es tan endeble que ni siquiera cuenta con el apoyo de los estadistas más señeros del Partido Republicano. Figuras como Henry Kissinger, James Baker, Larry Eagleburger y Brent Scowcroft -los tres últimos figuras decisivas durante la presidencia de Bush padre- se han pronunciado en contra de un ataque a Irak. Baker, artífice de la coalición internacional durante la guerra del Golfo e íntimo amigo de la familia Bush, cree prácticamente suicida iniciar una guerra sin el respaldo de la ONU, el del Congreso y de una coalición internacional similar el obtenido en 1990 para expulsar al ejército iraquí de Kuwait. La propia Administración también está dividida. De un lado, los partidarios de una acción inmediata preventiva destinada, dicen, a impedir mayores males en el futuro, que se agrupan en torno al vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y su agresivo subsecretario, Paul Wolfowitz. De otro, los que ven muchos más inconvenientes que ventajas en una acción bélica contra Irak, representados por el secretario de Estado, Colin Powell, y la mayoría de la cúpula militar. Los militares temen una sangría en vidas humanas, difíciles de asumir por los ciudadanos, ya que para conseguir el derrocamiento de Sadam se precisaría la ocupación militar del país. Powell teme una aventura en solitario que sería catastrófica para los intereses estadounidenses en el mundo árabe y dañaría seriamente las relaciones con la UE, Rusia y China. A ello hay que añadir las razones económicas. La guerra del Golfo costó más de 60.000 millones de dólares, la mayor parte a cargo de Kuwait, Arabia Saudí, el resto de los países del Golfo y Japón. Esta vez, Washington sería el único pagano. Bush tiene que poner su casa en orden antes de decidirse a ordenar un ataque contra Irak. Como se preguntaba el columnista Jim Hoagland esta semana, si el presidente no logra convencer al propio Powell de la necesidad de invadir Irak, ¿cómo puede convencer al resto del mundo?